Masacre Batman

HONGOS

Después de haber visto tantas películas, uno sabe de asesinos como si hubiera tomado un curso. Existen básicamente dos tipos de asesinos frecuentes. Los profesionales, que matan para ganarse la vida –los hitman , los sicarios– y los que matan por causas ajenas al dinero: los asesinos seriales y los asesinos masivos, como James Holmes, el que se presentó en el cine de Aurora, Colorado, en el estreno de Batman el 20 de julio y hoy enfrenta 24 cargos de homicidio.

Los asesinos, digamos amateurs, matan por una compulsión que sólo se les calma de esa manera, supongo que la descarga debe de proporcionarles un gran alivio. La motivación de ambos parece provenir de humillaciones, abusos y fracasos, cuyo resultado es un rencor espantoso. Los asesinos seriales matan a varias personas a lo largo del tiempo y en ellos se nota un mecanismo erótico que va más allá de las conductas sexuales atípicas, me refiero al deseo de ejercer el poder absoluto de matar: quitarle a una persona todo lo que tiene. Los asesinos masivos, en cambio, actúan una única vez en una explosión de muerte total, después se suicidan o los atrapan. Es decir, que la razón que los lleva a matar es más fuerte que sus ganas de seguir viviendo.

Los norteamericanos tienen una relación pasional con las muertes violentas. Fuera de estos casos particulares, el gran causante de muertes violentas es el propio Estado. En los EE.UU., todavía se aplica la pena de muerte, abolida en casi todas partes excepto en algunos países de Africa y Asia. Creo que la conservan más por tradición que por sus resultados; su efecto disuasorio no reduce los delitos capitales en mayor medida que la cadena perpetua. Además de lo que ocurre dentro de sus fronteras, los norteamericanos han participado en la mayoría de las guerras importantes de los últimos dos siglos. Para describir ciertas situaciones que han provocado ha sido necesario inventar palabras como megamuertos (cada “megamuerto” equivale a un millón de víctimas y es una medida del poder de los ataques nucleares, biológicos y químicos) y ecocidio, (palabra que viene de la época de la Guerra de Vietnam, donde usaron defoliantes como el agente naranja que causó daños irreparables). Esta familiaridad con la violencia está presente en buena parte de la sociedad norteamericana. Me recuerda el refrán: “El que a hierro mata, a hierro muere”. La violencia funciona como un modo tácitamente aceptado de resolver conflictos, en un país en el cual circulan demasiadas armas de fuego y demasiado odio racial. Como si ante las ofensas no hubieran desarrollado respuestas intermedias; hay una falta de escala, una falta de proporción entre la afrenta y su réplica. También contribuye a la violencia el rígido exitismo del sistema, la lucha por el prestigio divide a la gente en dos categorías: ganadores y perdedores. Los winners y losers que aparecen tan seguido en las películas. Supongo que parte de la locura de los asesinos masivos se nutre de la convicción de que no encajarán nunca jamás en ningún lado. Un resultado mortífero.

En su documental Bowling for Columbine, filmado a raíz del asesinato masivo ocurrido el 20 de abril de 1999 en una escuela secundaria del condado de Jefferson, Michael Moore se pregunta por qué ocurren estas masacres. ¿Por qué en los EE.UU. mueren tantas personas por año por armas de fuego? Teniendo en cuenta lo que muestra Bowling for Columbine, uno también podría preguntarse lo contrario: cómo hacen para que no ocurra más seguido, sobre todo después de ver a Charlton Heston, héroe de tantas películas de mi infancia y, en ese momento, presidente de la poderosa NRA (Asociación Nacional del Rifle), hablar en el lugar de la matanza, al día siguiente de ocurrida, reafirmando el derecho constitucional de los civiles de portar armas. Heston defendía su postura amparado en la Segunda Enmienda de la Constitución. En pocos países la posesión de armas es un derecho constitucional. Una tradición dice que estar armado es una responsabilidad de los ciudadanos. ¿Quién si no protegerá a tu familia? ¿La policía? Esta ideología refleja la falta de confianza en el gobierno federal. Para James Madison, uno de los Padres Fundadores de los EE.UU., el objetivo de este derecho es garantizar al ciudadano su defensa en caso de que el Estado se extralimite. Madison fue de los primeros políticos en reconocer que el ejército puede amenazar la libertad de la nación. Es cierto que en los EE.UU. no ha habido golpes de Estado, pero de todos modos suena ridículo pensar que los civiles pudieran detener a la primera potencia militar del planeta. Rambo, el personaje de Silvester Stallone, se encargó de demostrarlo. Gracias a su entrenamiento como “boina verde” y armado sólo con un cuchillo, derrotó a la policía local y a la Guardia Nacional, soldaditos de fin de semana.

Para algunos, el gobierno es demasiado lento y los mecanismos legales para atrapar y castigar a los criminales son insuficientes. Esto dio origen a los vigilantes, civiles armados que tomaban la justicia en sus manos. Robin Hood era un vigilante, también el Ku Klux Klan. Batman mismo es un vigilante. Se acusa a las películas de incitar la violencia. Creo que si no hay un trastorno de la personalidad, la identificación con los héroes (los asesinos buenos) es pasajera y el sujeto pronto vuelve a su poco heroica vida cotidiana. Pero el problema del cine es que provoca un sentimiento de irrealidad, de tanto ver asesinatos se puede perder de vista lo que significan, acostumbrarse a ellos hasta quitarles trascendencia y ya no identificarse con el sufrimiento de las víctimas. Me imagino la ausencia de empatía del asesino, me lo imagino divertido, masacrando a los espectadores en una explosión de locura fría, con cara de estar disparándole a los patitos en una feria. En general este tipo de matanzas ocurre, en colegios o lugares de trabajo, pero no me llamó la atención que el asesino eligiera un cine. Allí, frente a la pantalla, mezcló realidad y ficción. Al principio, los espectadores confundieron los disparos y el humo con efectos especiales de la película. El asesino se disfrazó de Bane, uno de los villanos, como si fuera a pelear con Batman o a burlarse de él cometiendo un crimen horrible delante de sus narices. El asesino contaba con un único rasgo de superioridad: él era real; Batman, no.

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