Más allá de la maldad

El padre del legendario experimento de la cárcel de Stanford, Philip Zimbardo, fue considerado durante años el psicólogo experto del lado oscuro del alma. A sus 78 años quiere deshacerse de esta imagen, además de promover la bondad en el ser humano.

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Varias filas de sofás se alinean en el vestíbulo del hotel Europäischer Hof. Este lujoso establecimiento sito en la ciudad alemana de Heidelberg ofrece el marco adecuado para un encuentro con, sin duda alguna, el más famoso psicólogo vivo. Philip Zimbardo acude a la entrevista apoyándose en un bastón, aunque su apretón de manos es firme. Su mirada despejada y curiosa. Y su sonrisa refleja cierta astucia.

El experimento de la cárcel, realizado en la Universidad Stanford y considerado uno de sus estudios más famosos, tuvo que interrumpirse al cabo de pocos días, ya que los probandos escogidos al azar para desempeñar el papel de prisioneros o vigilantes comenzaron a agredirse. ¿Qué razones le llevaron a desarrollar este experimento?
Durante la guerra de Vietnam participé en manifestaciones contrarias al conflicto. Me sorprendió la energía que mostraban los estudiantes. En clase comenté: «Siempre pensé que debía hacer todo el trabajo en los seminarios, pero ustedes tienen mucha más energía que yo. Les propongo diez preguntas que me interesan pero para las que no tengo respuesta ninguna». Los estudiantes, organizados en grupos de trabajo, eligieron cada uno una cuestión y recogieron ideas. Una de las preguntas se refería a qué ocurre con una persona que llega por primera vez a la cárcel. Los jóvenes estudiantes propusieron que el fin de semana se recrease en la residencia del campus la misma situación que se vive en una prisión. Al lunes siguiente llegaron a clase y contaron cuán mala había sido la experiencia. Algunos incluso empezaron a llorar. Me pregunté si la situación que habían creado los estudiantes realmente ejercía un poder sobre ellos, o se trataba simplemente de la reacción concreta de los participantes que se interesaban por este tema. Anuncié a mis asistentes que nosotros mismos realizaríamos el experimento. Intentamos recrear la psicología de la cárcel de la forma más realista posible, con la vergüenza y la indefensión que sienten los reclusos, pero también con el poder ilimitado de los vigilantes.

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