Marcos López: hipnotizador y pintor

Hasta ahora Marcos López era Tu-Sam: armaba una escena, dirigía a actores amateurs y les sacaba fotos. De a poco les hablaba, les iba diciendo qué hacer con las manos. Creaba sus obras pidiéndoles, por ejemplo: “Soltá y, desde este instante, vos sos tu papá”. Y ahí algo pasaba. Entonces, ¡click! Marcos apretaba tres veces la cámara, y aparecían las fotos. “Los buenos retratistas (y creo que, en el fondo, yo soy uno), además del punto de vista, de la luz y de la figura-fondo, tienen que percibir algo energético”, comenta ahora Marcos.

Pero desde este momento acá, en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, en donde Marcos López inaugura su exposición Debut y despedida, no hay fotos de escenas armadas sino que están las escenas mismas: la casa celeste prefabricada, puesta a tamaño natural, con el perro de yeso en la entrada; el empapelado dentro (“ahora lo noto, lo heredé, mi padre es un empapelador compulsivo”, comenta López); un hombre-sireno que hace de fuente gracias a la manguera que sostiene; Federico Klemm mirando desde el retrato en el mural; el altar con los vikingos, las vírgenes, los gauchos y los santos populares a los que Marcos les prende velas (“como mi madre cuando quiere que me vaya bien”); los tigres de Bombay y de Misiones, artesanías populares que son, en realidad, arte (“porque, ¿dónde está el límite, cuál es la diferencia?”, se pregunta). Por un rato, el artista se despide de la imagen documental y decide debutar de lleno en la pintura. Y lo hace con esta muestra. Y lo hace con todo.

Durante los últimos días, mientras armaba la exposición, sentado en un pesado sillón azul de jardín ubicado en medio de la Cronopios, Marcos observaba. Pensaba qué obras poner en la muestra y cómo. Porque el trabajo se terminó in-situ, durante el montaje. Y fue colectivo. “Acá la idea de autoría es conjunta”, explica Marcos, “trabajamos con pintores populares, con escultores, con ayudantes, todos pintando o cortando, no importa. Fue un trabajo grupal”.

“No hay concepto. Hay una compulsión maníaca por generar imágenes que expresen o movilicen emociones”, escribe López sobre su muestra. “Hay angustia, miedo a la muerte, resentimiento, sed de venganza, placer por mirar/registrar/coleccionar imágenes digitales de una ciudad –Buenos Aires– que va a colapsar dentro de 15 años. Felicidad”. Sí, hay felicidad, mucha felicidad, en estas obras. Las miro. Miro alrededor de la sala. La sordidez de la realidad que Marcos rescata aparece colada por un extraño poder que tiene, y que convierte lo más miserable en divino. Ocurre con esas acuarelitas que pinta durante sus viajes en avión, ante la mirada curiosa del resto de los pasajeros. Hay alegría en los colores que detecta alrededor y que repone en estas pinturas: colores populares (pop) y más, acrecentados, híperreales, más reales que la misma realidad. El gran, inmenso mural que es como una especie de popurrí de muchas, decenas de sus fotos más conocidas recortadas, ensambladas, intervenidas y pegadas una al lado de la otra y por sobre la otra. Hay alegría en los tigres de madera, hechos por manos anónimas. Hay alegría hasta en la acidez: allí donde Marcos señala lo cruel del sistema. La publicidad, por ejemplo. Marcos pinta, fotografía y escribe: “A ver si entiendo: my time is now. Ahora o nunca. Hay que llegar primero. Agarrar la pelota. La zanahoria delante del burro. Todo vale: pegarle un codazo y pisarle el dedo meñique al gordito amigo del costado, hacer trampas, hacerse el de la vista gorda, aguantar. El secreto es encontrar un objetivo. Una motivación: pensar en la familia, en el progreso, en la cuota del auto, ponerse como meta bajar la pancita de vino y mortadela… Hay que ganar ahora. No importan los muchachos de la barra de la esquina, los de la barra de San Telmo, que están todo el día hablando al pedo-birra-faso. Ese es tu pasado (…) No me distraigan. My time is now. Y ni se te ocurra pronunciar la palabraloser. Tú puedes. Only you. Y además, ya que estamos, vamos al punto principal: antes de hacer otra cosa, cómprate tus zapatillas X. Sé un hombre de zapatillas X. Demuéstrale al de al lado que tu zapatilla X es más grande. Más potente. Más juguetona. Demuéstrate tú mismo que puedes ganar. No importa qué, ni para qué, ni cómo, ni por qué. Eres un hombre X y tienes que ganar. Haz valer tu tiempo. Hazlo que cuente. Hazte un poco el boludo, pero no lo cuentes. Y no te preocupes si no entiendes bien. Don’t translate. Make it count!

Miro al costado de la Cronopios: está el cartel de la Inca-kola pintado. Al otro costado: el mozo de la casa de empanadas de la avenida Las Heras, pintado a la manera hiperrealista, enmarcado con unos troncos de madera. Atrás: una copia de la pintura de David Hockney sobre un empapelado rosa con florcitas. “My time is now”, decía desde su más pura acidez el artista. Y el mozo de Las Heras me mira. “Hay que llegar primero. Agarrar la pelota”. El sireno sostiene su manguera y de ella sale un chorrito de agua que cae en la fuente con mosaiquitos verde claro, en medio de la sala del centro cultural.

“Como concepto de la muestra, manejo el siguiente: el día anterior a comenzar el montaje, todo lo que entre en el taxi-flet”, me dice Marcos.

-Es sacarle el cuidado excesivo al arte, ¿no?
-Claro. Es transitar el error.

-Transitarlo, y exceder las disciplinas: en esta muestra abarcás de todo, pintura, instalación, fotografía…
-Es que tengo una necesidad expresiva que me pone feliz. Necesito comunicar, necesito ir hacia lo volumétrico, experimentar en la pintura una forma de aprendizaje que es, sin dudas, espiritual.

“Me gustaría ser otro”, escribe Marcos sobre la muestra. “Me gustaría pintar igualito a David Hockney. Me gustaría cantar en las iglesias, en el coro, las canciones que se cantan cuando entran los novios para casarse. Cantar el Ave María y llorar. Llorar mucho en la iglesia, escondido en el cuartito de los monaguillos.

“Ayer, iba en auto por una callecita empedrada cerca de Puerto Madero, miré de una manera demasiado fija, notoria, a un cartonero que estaba tirado comiendo fideos fríos con su compañera arriba de unos colchones, plásticos, botellas, decenas de objetos, y el tipo se dio cuenta de mi manera de mirar. Exagerada. Se paró, se acercó a 30 centímetros de mi cara, y me dijo: “Qué mirá, gato, pensá que te vuá chorear?” Bajé la vista y no le contesté. Obviamente. Esperé quince milisegundos a que se ponga en verde el semáforo y arranqué. Con la cola entre las piernas. Con una especie de vergüenza, emoción, desolación, que pienso que me va a durar hasta el año que viene. Hasta mediados de 2013.”

Esto es Marcos López, esta es su obra: pura fibra expuesta, vértigo, emoción.

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