Marcelo Birmajer: “Me asombra escuchar que en Argentina no se trabaja literariamente lo político”

León Zenok escribe relatos para enamorar a una compañera del colegio a la que le resulta indiferente. Zenok tiene la mala fortuna de ser un quinceañero en la Argentina de 1975, con la Triple A convirtiendo al país en un cementerio y el movimiento guerrillero en plena acción. Zenok está sólo en el barrio de Once –su padre ha viajado a España en busca de un horizonte laboral más venturoso y su madre es el recuerdo de un abandono– y, tras el suicidio del profesor Danilo Corvolán, advertirá cómo sus compañeros se rinden, incondicionalmente, al influjo del nuevo docente: Raúl Merista, el suplente, la encarnación de lo siniestro y el catalizador para que Zenok emprenda una serie de peripecias que le harán entender que el crimen también está presente en la cotidianeidad del aula, a través de la manipulación y el pensamiento sectario del reemplazante. Zenok es el protagonista de El suplente, la nueva novela del prolífico narrador Marcelo Birmajer: un texto –sobre el que habló vía Skype con Clarín– que combina terror psicológico y trama policial para contar una aventura truculenta ambientada en uno de los períodos más ominosos de la Historia argentina contemporánea.

–“El suplente” funciona como una alegoría sobre los años sangrientos de la Triple A, camuflada tras los resortes propios del género de terror clásico. ¿Qué lo llevó a incursionar en ese registro con la sombra del lópezrreguismo permeando un relato para adolescentes?
–La novela surge a partir de una propuesta de la editorial para una colección de terror. Pero el editor me pidió que no fuera de terror sobrenatural. Pensé: “¿A qué podría apelar para generar terror destinado y protagonizado por adolescentes?” En un libro para un lector adulto, hubiera podido recurrir a las relaciones sentimentales. El ambiente visiblemente opresivo signado por la Triple A me pareció fértil para hablar de un chico que deja atrás la niñez. A diferencia de la dictadura de Videla, en la que las cosas eran igualmente siniestras pero estaban más ocultas, con López Rega todo tenía nombre y apellido, y se sabía qué le había pasado a cada uno de los asesinados. Ese ecosistema me pareció válido para hablar sobre un chico que ha quedado temporariamente solo en Buenos Aires y al que le pasan cosas que lo llevan a tener un acceso directo al terror. Un terror que, por ley transitiva, también pueda experimentar el lector.

–¿Este libro supone un quiebre con su obra previa, marcada por el relato de la cultura judeoargentina?
–Es un libro de aventuras para jóvenes, con misterio y la estructura de un policial. No es ni una reflexión, ni un tratado filosófico, sino una mirada sobre la idea de secta y el poder de un adulto sobre un grupo de adolescentes, escrito con un estilo mucho más llano que el que uso cuando narro para adultos y con mucha más acción y recursos propios del género de terror.

–¿Se siente ligado a otros narradores que abordan el cruce entre política y literatura?
–Me asombra escuchar que en Argentina no se trabaja literariamente lo político. En 2001 publiqué mi novela Tres mosqueteros , que trata sobre tres jóvenes judíos militantes de Montoneros. Es una novela en la que me sumí en el registro político de lleno, con aventuras y humor. Es cierto que los críticos tienen derecho a desconocerme, pero he trabajado el registro político, aunque se diga lo contrario.

–Diversos autores (Leopoldo Brizuela, Alan Pauls, Martín Kohan, Guillermo Martínez, Carlos Gamerro, entre otros) han revisitado narrativamente los años 70 ¿Por qué esa década atrae a escritores con estéticas tan disímiles?
–Es algo muy subjetivo. A mí me parece la década más apasionante de la historia argentina y lo que más me atrapa de ella son los grupos armados como ERP y Montoneros. Y todos sus derivados: la ingenuidad del pensamiento político, el falso progresismo, el izquierdismo. Es una época muy graciosa, que cobra relevancia por lo peor que tuvo, que es la muerte. Si no fuera por la muerte, que la vuelve trágica, se limitaría a ser ridícula. Y el ridículo es un elemento muy atractivo para cualquier escritor.

–Ha planteado el prejuicio con que la academia norteamericana evalúa a un referente destacado del género de terror como Stephen King ¿Siente que la crítica argentina evalúa su obra con esos mismos preconceptos?
–En el ámbito académico, los pocos que me conocen, no me demuestran simpatía. Atribuyo ese rechazo a que soy un narrador entretenido. Me defino como un “artista de vaguedades”. Tengo la presunción de que un autor con oficio puede ser entretenido, pero que nadie con oficio puede ser profundo. Si sos profundo y tenés oficio, el hecho de ser entretenido no te quita profundidad. Pero si no sos profundo ni entretenido, entonces sos una maldición bíblica.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *