Malevaje porteño

Ni París, ni la bohemia porteña; ni la traición y el engaño ni las muñecas bravas; ni el malandraje ni los “gomías” podían estar ausentes en una novela que toma el tango como su eje vertebral. Desde la primera hasta la última página El tango que bailás conmigo respira al ritmo del 2 x 4 y cae, aunque sin tropezar, en cada uno de los clichés del género como si la intención fuera afirmar la continuidad de una tradición que sólo cambia de piel pero no de esencia.

Una constelación de personajes vaga por los distintos capítulos del libro, anclados en historias que convergen y le dan unidad conceptual a narraciones contadas como anécdotas en una ronda nocturna de tragos. Y en el centro de todo la milonga: la pista, los rituales, el baile y la música como un elemento que permanece y permite el traspaso generacional de un rito tan porteño como el obelisco.

Algunos personajes: el presentador histriónico que “parece hablar con cada movimiento de su cuerpo”; el laborioso y esmerado encargado del mantenimiento que se obsesiona con el rastro del bailarín que desarrolló garras en sus pies como natural evolución de la especie; la francesita deslumbrada por la hibridación rioplatense; la pareja infinita que ya lustró las pistas del mundo entero. Cada uno es un tango y cada tango ilustra una vida. El trazo grueso de la descripción no busca psicologismos ni reflexiones agudas. Sólo son relatos encadenados, bien contados en ritmo y cadencia, donde se despliega la cosmogonía reconocible de nuestra idiosincrasia. Somos tango porque somos fusión y puerto, pasión y desencuentro, nostalgia y pura aspiración.

La trama que unifica los relatos transita la geografía por los barrios de Palermo –en su mejor versión, la calle Armenia– Monserrat y Boedo. Pero si lo espacial es variado, lo temporal es uniforme: el tango sucede sólo de noche. La nocturnidad es el fondo permanente de la historia, las pocas escenas con sol son la mera transición hacia el terreno sombrío y mal iluminado donde se consuma el ritual pagano. Una mirada, un cabeceo y las fintas propias del baile realizan mejor su cortejo erótico si están amparados por la penumbra.

El libro tal vez sea demasiado breve, ya que algunas historias piden mayor desarrollo. Y sus páginas más logradas no son las que permiten correr el velo del mundillo tanguero en la actualidad –lugares, yeites, alternancias amorosas de los grupos que toman clases, etc.– sino aquellas en los que abreva en la composición descriptiva e histórica de los personajes (con Nina, la bailarina, y Federico, el artista plástico y ex ejemplar de la aristocracia criolla a la cabeza). En definitiva, la primera novela de Matías Castelli moldea el paisaje del gueto tanguero de Buenos Aires, aunque sin remarcar demasiado sus relieves. Y nos cuenta que alrededor de la mesa ubicada en los lindes de la pista, sucede la vida, que, como ya se sabe, es poco más que una herida absurda.

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