Luces y sombras del mercado editorial chino

Cualquiera sea el punto de partida que uno elija para hablar del mercado del libro en China, tal vez una de las primeras cosas que llama la atención, por la diferencia con respecto a lo que conocemos, es la forma particular en que funcionan las editoriales acá y el rol casi omnipresente de un actor (el Estado) dentro de la cadena del libro. La expresión “socialismo con características chinas” puede ser, en muchos aspectos, sólo una forma eufemística de referirse a una sociedad capitalista, pero al menos en lo que hace a los libros (al igual que a muchos otras áreas consideradas estratégicas), el Estado sigue siendo en China un actor decisivo, ya que no el único. Esto se verifica no sólo en el funcionamiento y composición de las editoriales, sino también en el de la distribución y las librerías, así como en el rol de las Asociaciones de Escritores.

La complejidad del sistema proviene de la superposición entre una estructura económica que ha avanzado rápidamente hacia la mercantilización y una superestructura legal que todavía refleja en gran parte el estado de cosas previo a las reformas de mercado. Existen en la práctica editoriales llevadas adelante por privados, pero siempre en asociación, de una manera u otra, con editoriales del Estado. Puesto que carecen de estatus legal, no están en condiciones de adquirir directamente un ISBN y deben comprárselo a las editoriales estatales o lograr que éstas se lo cedan gratuitamente, en el mejor de los casos. Quien aparece en la tapa del libro como responsable de la publicación no es la editorial privada, que en los hechos hace todo el trabajo de edición (desde la selección, la traducción, la impresión, etc.), sino la editorial del Estado, cuyo trabajo a veces sólo consiste en cederle el ISBN.

Recién ahora, me cuenta Gloria Masdeu, de Shanghai 99, una de estas editoriales de origen privado, la situación está cambiando un poco y se permite que aparezca el logo de la editorial privada, aunque siempre en segundo lugar con respecto al de la estatal. Gloria es, dentro del mundo hispano parlante, una de las personas que más saben del mercado editorial chino y cómo se inserta la literatura latinoamericana y española. Después 10 años en la agencia Carmen Balcells, hace dos decidió dar un vuelco en su carrera y se mudó a China. A los tres meses, consiguió trabajo en Shanghai 99, una de las editoriales con las que ya había tratado en la agencia, y desde entonces vive en Beijing, en el centro viejo de la ciudad, cerca del templo Lama y no tan lejos del Palacio Prohibido. “Prefiero Beijing, en primer lugar, porque es mejor para aprender mandarín. En Shanghai, entre el dialecto y que cuando ven que eres extranjera te hablan en inglés, es más difícil aprender. Pero además, prefiero la manera de ser de los pekineses, y me parece una ciudad con más vida cultural.”

Fundada hace casi 10 años, en teoría Shanghai 99 no es una editorial sino un club de lectores, con alrededor de un millón de socios distribuidos por toda China, y una librería virtual. Debajo de la pantalla del club y la librería virtual, se encuentra un catálogo de 1200 títulos, dedicado fundamentalmente a la publicación de literatura extranjera en traducción. Es un catálogo ecléctico, que incluye desde bést sellers y libros de autoayuda hasta grandes autores. Dan Brown y Bucay conviven con Salinger, Nabokov y Vila-Matas. Lo que hace especial a Shanghai 99 es la fuerte presencia de autores de lengua castellana dentro de su catálogo, como Bioy Casares, Vargas Llosa, Sábato, Carpentier y Onetti, entre otros. Mientras que la publicación de un escritor japonés o de lengua inglesa relativamente conocidos es una apuesta segura –explica Gloria–, los escritores españoles o latinoamericanos se enfrentan en China a un cierto prejuicio e implican un riesgo y una incertidumbre mayor. Para que funcione, muchas veces debe haberse consagrado previamente en el mundo angloparlante, como pasó con Guillermo Martínez, que agotó tres ediciones de su novela Los crímenes de Oxford, cada una de 10.000 ejemplares.

Uno de los problemas con los que se enfrentan editoriales como Shanghai 99 es el de la traducción. Los traductores se reclutan de entre los egresados de las carreras de lengua y literatura de las universidades, pero como las tarifas de traducción literaria son bajas (8-10 euros cada 1000 caracteres) sólo una pequeña parte de los que estudian lenguas extranjeras en la universidad se dedican a la traducción literaria. La mayoría prefiere trabajar como intérprete para alguna empresa multinacional, lo que le asegura un salario más alto y la posibilidad de viajar al extranjero. Entre los que sí están dispuestos, no todos están preparados o tienen el talento. La baja tarifa que se les paga a los traductores puede tener explicaciones diversas, pero al menos parcialmente está asociada a otro dato que sorprende al pasearse por las librerías: el bajo precio de tapa del libro en China, tres o cuatro veces menor que en Argentina. En el relato que hacen las editoriales privadas, que aspiran a aumentar el piso, estos los precios no se explican tanto por los menores costos de producción, como por la lógica de funcionamiento que predomina en las editoriales del Estado, que cuentan con un presupuesto para editar y no deben preocuparse por la rentabilidad.
Donde también el Estado tiene un rol determinante es en la distribución y la venta. Qinghua, la principal cadena china de librerías, presente en todo el país, es propiedad del Estado. Competir con esta cadena resulta difícil para las librerías de capitales privados que, a diferencia de Qinghua, tienen que lidiar con alquileres cada vez más altos. Wansheng, una librería-café privada de la zona de Wudaokou, en Beijing, estuvo a punto de cerrar el año pasado y fue salvada a último momento gracias al rescate de benefactores anónimos. La principal librería de Shanghai, la Shu Cheng (Ciudad de libros), no es una excepción dentro de este escenario y ofrece, además, otra prueba de que en China nada es lo que parece: aunque con otro nombre, se trata en realidad de una subsidiaria de la cadena Qinghua.

Vale la pena pasearse por este monstruo de 7 pisos que los fines de semana está se abarrotado de gente leyendo en los pasillos, sentada o de pie. Cerca de la puerta, hay una pila de Cien años de soledad, y varias de best séllers y recomendados, entre ellas del reciente ganador del Nobel, Mo Yan. En el segundo piso, junto con más pilas de libros de Mo Yan, hay una amplia sección de literatura extranjera, una de venta de lectores digitales, un Starbucks, una sección de venta de iPods, lapiceras y máquinas de afeitar, secciones de biografías, clásicos, novelas de artes marciales, narrativa china moderna y contemporánea, y mesas especiales para algunos autores, como Zhang Ailin y Wang Xiaobo.

Me quedé un rato parado frente a una de las secciones, cuyo nombre no lograba decodificar: guangchang xiaoshuo. Un amigo me explicó después: se trata de uno de los géneros más de moda en China en este momento: novelas con un funcionario del Partido como protagonista, que narran el ascenso o las vicisitudes de este personaje, con frecuencia carente de escrúpulos. Algunos autores del género parecen haber tenido problemas para publicar en los últimos tiempos, algo que remite, de nuevo, al tema de la asociación entre capital privado y estatal que caracteriza a las editoriales. En la medida en que dependen, para adquirir el ISBN, de una editorial estatal, las editoriales privadas se manejan con cautela a la hora de publicar material considerado sensible.

En el segundo piso de la Shu Cheng encontré también libros de Roberto Bolaño, actualmente un pequeño bést seller en China. Un poco en broma, Gloria se lamenta del hecho de que mientras trabajaba en Carmen Balcells, se encargó de venderle los derechos a otra editorial china. La existencia de un culto a Bolaño entre un grupo creciente de lectores jóvenes se me hace evidente cuando, en el medio de una maraña de callejones angostos que se abren a un costado de la avenida Nanjing Xi Lu, me encuentro con una pequeña biblioteca privada, bautizada con el título de una de las novelas de Bolaño: 2666. La biblioteca, ubicada en una casa antigua, es pequeña y acogedora: un cuarto con una o dos mesas largas en el centro y tres paredes con estantes repletos de libros. Le pido a la chica que atiende que me recomiende narrativa china. Quiero saber qué le gusta. Para mí sorpresa, dejando a un lado el libro que estaba leyendo (una novela de Margaritte Duras), me responde: “No me gusta la literatura china. Sólo leo autores extranjeros.”  Aunque ni la traducción ni los traductores tienen la culpa, la respuesta sugiere, contra el lugar común, que  la traducción no siempre enriquece.
Me había enterado de la existencia de 2666 por una de sus fundadoras, Yu Bingxia, quien también forma parte del equipo editor de la revista Chutzpah, dedicada a la publicación de poesía y narrativa joven, china y en traducción. Chutzpah tiene la particularidad de ir acompañada de un suplemento, con traducciones al inglés de algunos de los relatos incluidos en cada número. Bingxia (y también en parte la línea editorial de la revista) se identifica con una generación de narradores jóvenes, como Ah Yi, Cao Koua, Lu Nei y Wu Qing. Algunos de estos autores se hicieron conocidos primero a través de Internet y no necesariamente vienen de la literatura o de ámbitos intelectuales. Ah Yi trabajó varios años como policía, Lu Nei fue soldador en una fábrica; Wu Qing es un caso especial, dice Bingxia: “abandonó la universidad y se dedicó a escribir. En un momento ganó un premio y estuvo viajando un año entero por China. Ahora vive con 3 renminbi por día. Todos los días va con esos 3 renminbi al mercado, compra algo para cocinar y se pasa el día escribiendo”.

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