Los zapatos del otro Por Sergio Sinay- Revista la Nación 21/6/09

Oxígeno / Diálogos del alma

Los zapatos del otro
Por Sergio Sinay
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Domingo 21 de junio de 2009 | Publicado en edición impresa

Señor Sinay:

Como psicóloga, trabajo con jóvenes y una temática que deseo profundizar con ellos es la discriminació n. Al indagar y profundizar sobre acontecimientos históricos referidos al tema, observo que discriminar está vinculado con la amenaza que representa el otro para la propia identidad. La negación o el rechazo de la existencia del otro se basa en el temor a perder algún atributo o parecerse a algo temido; de ahí rechazo, consciente o no, al otro. ¿Será ése el germen de un acto discriminatorio? Me gustaría contar con sugerencias de películas o artículos para proponer a lo jóvenes. No creo que los discursos moralizantes contribuyan a la comprensión y al cambio de actitudes discriminatorias.

Lic. Cristina Insua

Tras unos violentos disturbios raciales que aquejaron a Long Beach, California, en 1992, llegó al Instituto Wilson, una escuela secundaria de la zona, la profesora Erin Gruwell, de 23 años, entusiasta y con poca conciencia de la espesa atmósfera de violencia, discriminació n y resentimiento en que debería tratar con sus indómitos alumnos. Pagó derecho de piso y fue desbordada por esa áspera realidad, hasta que decidió enfrentarla. En esa aula multiétnica aparecían a diario caricaturas anónimas de negros, latinos, orientales y judíos. Discriminaciones cruzadas. Agresiones físicas. Gruwell se salteó los protocolos y la burocracia. Corrió riesgos. Llevó a sus alumnos (a disgusto de ellos) al Museo de la Tolerancia, de Los Angeles (dedicado al Holocausto), le encargó a cada uno que investigara y escribiera la historia de una víctima. Les hizo leer el Diario de Ana Frank, organizó para los chicos una cena con cuatro sobrevivientes de los campos de concentración e invitó a la propia y octogenaria Mep Gies, la mujer que rescató el diario de Ana a riesgo de su vida, a que cruzara el Atlántico y les contara su experiencia. Por fin, les hizo llevar un diario en el que contaban sus experiencias y sentimientos. Esos diarios se publicaron en 1999 con el título de Freedom Writers (Escritores de la Libertad) y en ellos se reflejaba la profunda transformació n sufrida por sus autores. Gruwell, cuya vida cambió en el proceso, abandonaría al tiempo la docencia para liderar una fundación que lleva ese nombre y que se dedica a impulsar, a través del método que ella mejoró y divulga en escuelas e instituciones, la experiencia real de la aceptación, la lucha concreta, a través de acciones, contra la discriminació n. El libro Freedom Writers se tradujo al español como Escritores de la calle y la película, dirigida en 2007 por Richard LaGravanese y protagonizada por la magnífica Hilary Swank, no sólo se consigue, sino que haría mucho bien si se declarara de exhibición obligatoria en todos los colegios del país.

Como dice nuestra amiga Cristina, acaso haya una saturación de discursos moralizantes sobre el tema y acaben por ser estériles. Decía Aristóteles que antes de juzgar a una persona había que caminar un kilómetro con sus zapatos. De eso trató el exitoso empeño de Gruwell. Sometió a sus alumnos a una vivencia. Nada enseña tanto como lo que nos atraviesa, lo que hemos vivido. Quienes discriminan no sintieron la diversidad, no se nutrieron con la maravillosa experiencia de lo distinto, no se mejoraron a través de lo diferente. No lo han hecho porque se les negó la oportunidad adoctrinándolos desde temprano. O por temor a que sus pequeños y frágiles egos de­saparezcan (en lugar de enriquecerse, como ocurre) en el contacto con lo diverso. O porque no advierten que nadie elige la nacionalidad, la conformación física, la raza, la religión, la clase social o cualquier otra circunstancia con la cual o en la cual nace, y que, por lo tanto, hacer de eso un valor o un diferencial a favor o en contra es la más patética forma de la miopía, aquella que no se corrige con anteojos ni con cirugías: la mental y espiritual. La cura es trascender las diferencias en el encuentro.

«Como en otras cosas que valoramos, debemos preguntarnos qué sostiene la tolerancia», dice Michael Walzer, profesor de Ciencias Sociales de Princeton, en Tratado sobre la tolerancia . Y concluye: «Sostiene la vida misma, porque la intolerancia frecuentemente conduce a la muerte, y también sostiene la vida en común, las diferentes comunidades en las que vivimos». La práctica de la tolerancia puede adoptar muchas formas, dice Walzer. Lo importante es que sea eso: una práctica. Un verbo, no la mera enunciación de un sustantivo. Acciones. Caminatas en las cuales calzamos los zapatos del otro.

sergiosinay@ gmail.com

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