LOS UR

Ur, el gran mercado de Mesopotamia
Entre los siglos XX y XVIII a.C., Ur fue una urbe cosmopolita y bulliciosa, presidida por el gran zigurat dedicado al dios lunar Nanna, a cuya sombra se movían sacerdotes, banqueros y mercaderes.

A orillas del Éufrates, Ur era una ciudad bulliciosa y cosmopolita, sobre la que la enorme construcción dedicada al dios Nanna proyectaba su sombra bienhechora. Abraham, el patriarca, el hombre escogido para sellar la alianza con Dios, precursor de Moisés, de Jesús de Nazaret y de Mahoma, nació en Ur. Este dato biográfico de casual apariencia contiene, como muchos de los pormenores bíblicos, un fondo de esencial importancia: de Ur hace el Antiguo Testamento el origen de todas las cosas, cuando menos las que atañen al pueblo elegido. Sabían desde luego los doctos redactores del libro del Génesis, como sabemos hoy por la arqueología, que los orígenes de Ur se pierden en la noche de los tiempos, y que aquella urbe próxima al litoral del golfo Pérsico fue escenario de la primera civilización. Iniciar la historia o «su» historia en Ur otorgaba, por tanto, prestigio y autoridad. Sin embargo, más allá de la Biblia no hay rastro alguno de Abraham, ni de su padre Tera, ni de su esposa Sara; y tampoco hay huellas de su existencia en los archivos y vestigios exhumados en la Ur de hace cuatro mil años. Entonces Ur era uno de los mayores centros de Mesopotamia y, por tanto, una de las mayores urbes que existían sobre la faz de la tierra. No había tardado mucho en restañar sus heridas, tras la amarga y atroz destrucción sufrida en 2002 a.C. a manos de las tropas elamitas. Con el saqueo concluyó la época gloriosa de la llamada III dinastía de Ur, que había convertido la ciudad en capital de un vasto imperio. Los reyes de Isin, nuevos amos del país de Mesopotamia del sur, quisieron devolver cuanto antes el esplendor perdido de la que había sido durante un siglo la capital de un vasto imperio y, con ello, mostrarse ante el mundo y los dioses como los legítimos sucesores de aquella gloriosa dinastía. Pronto se reconstruyeron sus murallas abatidas, se rehicieron sus casas y volvieron a edificarse sus templos derruidos, elevando nuevamente la cúspide del zigurat de Nanna, el dios lunar sumerio también llamado ahora Sin en acadio, hacia los cielos. De hecho, Ur se engrandeció como nunca hasta entonces; y las ciudades que encarnaría en los siglos y milenios siguientes tampoco verían dimensiones iguales. Las murallas de adobe encerraban un núcleo urbano de figura ovalada de aproximadamente sesenta hectáreas (dos veces la superficie de la ciudad medieval intramuros de Ávila). Ceñían el recinto amurallado de Ur las aguas del Éufrates, que, próximas a verterse finalmente, después de su larguísimo recorrido, en el golfo Pérsico, se fundían primero, perezosas, a escasos kilómetros de allí, en paradisíacas y verdes marismas. El carácter insular de Ur debió de fascinar a cuantos la visitaban. La urbe entera pudo albergar hasta veinte mil vecinos. En el paisaje absolutamente horizontal del sur de Mesopotamia del sur, sobre el cual la vista se pierde en una lejanía monótona y aparentemente infinita, el zigurat, pese a su limitada altura (poco más de veinte metros) se presentaba, dominante, como único y excelso promontorio. Como la Basora de hoy en la edad del petróleo, Ur fue la ciudad mercantil del sur de Mesopotamia, a la vez portuaria y continental; abierta hacia el mar y las rutas de Oriente, y unida a tierra firme por la vía principal que formaba entonces el caudaloso Éufrates. Su «Pireo», su puerto exterior, donde atracaban las grandes y pequeñas embarcaciones mercantiles y pesqueras venidas del salado mar, yace todavía sepultado en algún lugar próximo a la capital, río abajo. El comercio con Dilmun, la actual isla de Bahrain, fue uno de los pilares de la prosperidad económica de Ur. Dilmun representaba sobre todo la fuente de abastecimiento de cobre, seguramente originario de las ricas minas de Omán; pero aquel emporio comercial internacional también proveía de maderas preciosas de la India, especias, marfil, lapislázuli y otras piedras semipreciosas que no se encontraban en Mesopotamia. A cambio, los mercaderes de Ur aportaban y vendían los clásicos productos de denominación de origen mesopotámica, a saber: cebada y sus derivados, como panes y tortas, aceite de sésamo, y vestidos, especialmente hechos de lana. El tejido urbano laberíntico característico de Ur estaba compuesto por vías irregulares de las que fluían calles estrechas, algunas de no más de dos metros y medio de anchura, pasajes y callejones sin salida, todos ellos flanqueados por las típicas casas de adobe en forma de cubo, que perviven hoy en el Próximo Oriente, adosadas, diríase apretadas las unas contra las otras, con fachadas interrumpidas tan sólo por las angostas puertas que daban acceso a viviendas o almacenes. Ku-Ningal fue sacerdote y administrador mayor del templo de Nanna. En Mesopotamia, el templo, junto al palacio, era la mayor de las instituciones económicas. Como administrador y sacerdote, Ku-Ningal sabía leer y escribir perfectamente, tanto en sumerio, la lengua culta y religiosa de la época, como en acadio, la lengua vernácula y oficial. Y allí, en su domicilio, se dedicó a formar a futuros administradores y oficiantes del culto, entre ellos sus propios hijos Eshulujuru y Enamtisud, convirtiendo el 7 de Quiet Street en una verdadera escuela de escribas, depósito de libros de texto de arcilla y del viejo saber mesopotámico. Enamtisud residía aún en la casa familiar cuando ésta fue presa de las llamas, las mismas que asolaron la ciudad entera en el año 1739 a.C., tras el asedio y asalto final de las tropas del rey de Babilonia Samsuiluna, hijo de Hammurabi. Con su destrucción quiso el monarca poner fin a las sublevaciones que venían sucediéndose en la Mesopotamia del sur, encabezadas en buena parte por la clase patricia de aquella ciudad milenaria.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *