Los testamentos de indígenas

Como he dicho los testamentos son un producto de la cultura cristiana, católica, y del derecho castellano. En razón de su naturaleza tuvieron una amplia popularización entre hombres y mujeres. Y, a pesar de que poseen un aspecto patrimonial, éste no determino su elaboración. Los testamentos eran hechos por hombres y mujeres de todos los grupos sociales. Tanto los nobles y poderosos, como gente de condición media o muy modesta los hacían. Incluso, aquellos que se conocían como «pobres de solemnidad», en razón de su mucho fervor cristiano hacían sus testamentos. En el momento de la conquista de América testar era una actividad corriente. Podríamos además considerar que con el auge del catolicismo y la prosperidad económica, los testamentos tomaron un mayor auge en el siglo XVI y no lo perderían hasta el siglo XIX. Así, los testamentos eran un componente importante de la cultura de los conquistadores que arribaron a América.

Los testamentos de indígenas debemos considerarlos parte del proceso de aculturación y miscegenación. Los distintos sínodos y concilios provinciales realizados en México, Lima, Santafé de Bogotá, y Quito conminaban a los clérigos a asistir a los moribundos y a motivarlos a hacer sus testamentos. En la difusión de los testamentos entre la población, tanto española como indígena, tuvo especial desempeño la iglesia católica, tanto a través de las órdenes regulares como de los seculares. Uno de los grandes propósitos de los religiosos era la salvación de las almas. Es decir que éstas alcanzaran el paraíso y tuvieran un descanso eterno. Religión que insistía con imágenes y descripciones en lo terrible del infierno. Cabe recordar que el testamento es un preparativo para el momento de la muerte y el juicio final. Una frase de los testamentos recuerda que todos somos mortales. Este tema de la muerte, central y casi obsesivo en la religión de la época, explica que los religiosos hubieran insistido a los naturales en la necesidad de hacer sus testamentos. Una evidencia significativa de este hecho es la de que los testamentos aumentaron notablemente en las épocas de epidemias y hambrunas. Tres fechas memorables en Nueva España a este respecto son las de 1579, 1643 y 1737, cuando se presentaron agudas epidemias de viruelas, inundaciones y sequías13.

De otro lado, tal parece, al menos entre los azteca existía la tradición de testar. Es decir, en un acto solemne y verbal, los mayores cercanos a su muerte distribuían sus bienes y su dignidad entre sus parientes14. Existen códices y pictogramas en los que se representa, por ejemplo, la transmisión de mando. Así que los indígenas entendían muy bien la practica de testar, de legar. Y a esa tradición sumaron su sentido religioso. Esto es lo que explica que los testamentos hubieran tomado tal arraigo entre la población indígena mesoamericana. Los primeros testamentos de indígenas que se conocen corresponden a 1531, una época demasiado temprana, que enseña el rápido éxito de los evangelizadores.

Los indígenas que hicieron estos testamentos tenían nombres propios, nombres hispánicos. Estos nombres tienen una asociación con el santoral cristiano. Entre las mujeres el más corriente es el de María, sólo o compuesto. También el de Catarina, Ana, Magdalena, Juana, Francisca, Isabel y Paula. Entre los hombres los más corrientes eran los de Pedro, Pablo, Juan, Nicolás, Francisco, Santiago, Agustín, Diego, etc. Nombres que fueron introducidos por los religiosos y que eran asignados en el momento del bautismo. El nombre de Jesús, fue un nombre muy tardío entre los católicos. No todos los indígenas llevaban apellidos, muchos sólo tenían el nombre. Otros tenían por apellido el nombre del pueblo del que eran originarios. Aunque en el caso de México se mantenían vigentes muchos apellidos tradicionales. Y otros tantos llevaban el apellido de sus amos, sin que ello significara que fueran sus hijos. Nombre y bautismo, nos aluden a algunos de los mecanismos esenciales utilizados por la iglesia para la incorporación de los indígenas al nuevo orden cultural.

En los testamentos de los indígenas americanos que conocemos también descubrimos una amplia gama social y estamental. Tanto hay testamentos de nobles y caciques, como de macehuales o comunes. Los hay de ladinos y chontales, incluso de yanaconas. Tanto hombres como mujeres testaban en una proporción diversa, que ameritará un comentario más adelante. Indígenas de diversos oficios testan: labradores, comerciantes, tejedoras, hilanderas, chicheras, sastres, carpinteros, zapateros, albañiles, constructores y pintores.

Con todo, tal parece, los testamentos fueron una poderosa herramienta para defender los derechos sobre predios y lotes, tanto rurales como urbanos. Los testamentos sirvieron para manifestar derechos antiguos, o adquiridos, sobre posesiones rurales, y para defenderlos de los encomenderos, los hacendados, las autoridades españolas, la comunidad y vecinos. En los testamentos, si bien se observan los principios de comunidad, su defensa, también se pueden ver los conflictos de los indios con las autoridades españolas y con la comunidad. Esto indica el panorama diverso que enfrentaban las comunidades indias. Unas regiones donde con mayor fortaleza se conservaron los vínculos comunitarios y las lealtades hacia los caciques, y otras donde la atomización, el fraccionamiento y la individualización aparecieron primero. En éstas segundas, que fueron muchas, y entre los indígenas de la ciudad, es muy claro advertir la conciencia de la importancia de la propiedad privada. Más allá de la retórica jurídica, estos testamentos enseñan la asimilación de los indígenas de un sentido práctico en el que nombrar linderos, particiones, bienes indivisos e hipotecas resultaban sustanciales en su existencia.

Un asunto importante de los testamentos de Bogotá, Santiago y Cuenca, es que fueron dictados por los indígenas y copiados por escribanos españoles. Aunque en muchos casos los escribanos requirieron un lengua (traductor). Mientras que en el caso de México muchos fueron escritos directamente por los indígenas en su idioma, fuera nahuatl (mexicano), otomí, zapoteco o mixteco. En ocasiones estos testamentos fueron escritos por escribanos indígenas que residían en los pueblos indios. Fueron esos mismos escribanos bilingües los que tradujeron muchos testamentos al castellano. Claro está, otros testamentos fueron dictados a escribanos españoles. La presencia de escribanos y traductores en los testamentos ha llevado a interrogarse sobre quién realmente habla en el testamento. Surgen innumerables interrogantes sobre si la voz de los indígenas no es suplantada por la del escribano y el traductor. O cuando menos alterada, transformada, adaptada. Es una cuestión muy difícil de establecer. ¿A quién pertenece, por ejemplo, la expresión, «…ya se contentó mi corazón, ya no me apura nada..» (queriendo decir que ya está preparado para la muerte), a su testador, un indígena del pueblo de Metepec, o a su testador? En cierto sentido se percibe una mayor flexibilidad en los testamentos elaborados en los campos y en los pueblos indígenas. En ellos, por ejemplo, el testamento no iniciaba con la clásica expresión «In Nomine Dei», o «En Nombre de Dios», sino con «Señor Nuestro». Con todo, bien sabemos hoy, el lenguaje fue un campo de intensa reelaboración durante los siglos XVI y XVII. El nahuatl apropió términos castellanos, el castellano apropió términos nahuatl, quechuas, muiscas y aymaras, en las distintas regiones de colonización.

Los indígenas que testaron fueron, por supuesto, un pequeño número de la población indígena de la época. Quizá los más vinculados a la cultura de los colonizadores. Con todo, los testamentos son documentos excepcionales. Son síntesis, pequeñas biografías de los indígenas que vivieron una de las épocas más caóticas, cambiantes y dramáticas de la historia moderna.

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