Los secretos relámpagos cerebrales de Hans Berger

A qué punto habráse escindido la especialización psiquiátrica de la neurológica que el común de psiquiatras seguramente ya no sabe leer el trazado de un electroencefalograma -aunque desde luego sabe cuándo solicitarlo e interpretar sus resultados-. E indudablemente, además de la perplejidad ante el abigarrado número de ondas y de espículas, la mayoría desconocemos que el inventor del electroencefalograma fue un psiquiatra: Hans Berger (1873-1941).

H Berger

Este psiquiatra alemán, antes de consagrarse a la medicina pensaba consagrar su vida a la astronomía. Se cuenta que un accidente juvenil que sufrió mientras cabalgaba, incidente ‘adivinado’ casualmente por su hermana, lo inclinó a interesarse por la telepatía, luego por la medicina y finalmente por la psiquiatría.

Desde el inicio de su carrera psiquiátrica estuvo interesado en el estudio de la actividad objetiva del cerebro en su correlación con la vida mental subjetiva: evaluó parámetros fisiológicos tales como la circulación sanguínea y la temperatura corporal pero sus intentos fueron frustros. Hasta que, premunido de distintos instrumentos trató de captar la actividad eléctrica de las células cerebrales -experiencias que ya se habían efectuado antes en animales-. Pero ésta actividad era del escaso orden de decenas de microvoltios, una cifra ínfima comparada con las más pequeñas pilas existentes… por lo que sus primeras experiencias debieron efectuarse en individuos portadores de trepanaciones óseas por lesiones traumáticas craneanas -esto es, los electrodos en contacto directo con las membranas cerebrales-. Pese a las enormes dificultades, entre las que no se debe dejar de enumerar su limitada formación en electrofísica, Berger logró su primer registro adecuado el 6 de julio de 1924.

Uno de los primeros trazados electroencefalográficos de Berger.

Varios años siguió desarrollando sus experimentos en absoluta discreción, sin ningún reporte publicado y empleando a su hijo para los registros electroencelográficos, ya con electrodos aplicados sobre el cuero cabelludo. De hecho, en su entorno era conocido como un médico excéntrico, más preocupado por la telepatía y el espiritismo que por su propia práctica científica. Sus mismos hallazgos eran descreídos hasta que fueron replicados por colegas suyos británicos y norteamericanos que confirmaron su genial hallazgo.

Se especula que tras el receso de la II Guerra Mundial, Berger seguramente habría obtenido el Premio Nobel por su contribución seminal al conocimiento de la fisiología cerebral. Pero el maltrato sufrido por el régimen nazi con el que mantenía marcada discrepancia y su jubilación en 1938, aparentemente lo sumieron en depresión profunda que lo condujo al suicidio por ahorcamiento en 1941.

Autógrafo de Hans Berger.

Ahora, en esos largos e intrincados pepelotes que a veces portan los pacientes con la reverencia de quien aquilata algun recóndito arcano sobre la magia del cerebro -aunque hay que reconocer que ahora su uso es limitado y le llevan la delantera en prestigio, para el común de la gente, las tomografías y las resonancias magnéticas- podemos atestiguar la primigenia labor de Berger cuando logró proyectar la presencia de los secretos rayos y relámpagos de la actividad cerebral mas allá de la calavera rústica que los contiene.

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