Los secretos de un hombre originario en la naturaleza barroca del Delta

La cinematografía de Jorge Gaggero se caracteriza por indagar en cómo se relacionan dos personas ante situaciones difíciles. En Cama adentro (2005) Beba, una mujer de clase media alta, no se resignaba a perder a Dora, su mucama de toda la vida, a pesar de no tener dinero para pagarle. Y en Vida en Falcon (2005) Orlando, que vive dentro de un Falcon estacionado en el barrio de Núñez, le enseña a Luis cómo sobrevivir dentro de su propio auto.

Juan de Dios Manuel Montenegro, el protagonista de Montenego, su tercer filme, no cree en la amistad y vive solo en una isla con sus perros como única compañía. Pero es a través de la relación que mantiene con César, su vecino que cría cerdos, que se podrá descubrir qué motivaciones llevaron a Montenegro a elegir esa vida de aislamiento.

El director eligió retratar a este hombre ermitaño, que vive bajo sus propias reglas y que no está interesado en agradar a los demás y que puede recordar a “un hombre originario” en medio de la naturaleza barroca del delta del río Uruguay.

Jorge Gaggero, el director de Montenegro, habló con Revista Ñ digital desde Ushuaia, donde se encuentra filmando una serie de ficción que se podrá ver el año próximo. Vía Skype, contó qué puntos de contacto encontró con su protagonista y cómo fue el proceso de rodaje del documental. “Quería indagar en la mínima representación de una sociedad: dos personas. Y en esta posibilidad o imposibilidad de relacionarse”, aseguró el director.


-¿Cómo conoció a Juan de Dios Manuel Montenegro?

-Lo conocí durante el rodaje de Botnia (2007), un documental de la serie Fronteras argentinas que había dirigido para el canal Encuentro. A mí me tocó la frontera con Uruguay, justo en la época del conflicto con la pastera. Lo primero que me atrajo de Montenegro fue que su vida no parecía estar afectada por las fronteras que imponen los estados: vivía en la naturaleza como una suerte de hombre originario, sin tener que seguir las reglas impuestas por la sociedad. Con él filmé imágenes para el documental para Encuentro. Pero al tiempo me di cuenta de que su historia era muy interesante, así que no lo incluí en Botnia que es una historia coral, y empecé a filmar una nueva película con Montenegro como protagonista.


-¿Cómo fue ese primer encuentro con el personaje?

-Me quedé con él cinco días, y logramos filmar escenas muy potentes donde pude ver varios conflictos que lo atravesaban. Una noche preparó la cena y empezó a llamar a gritos a César, su vecino, quien no apareció. Esta es una de las escenas que se pueden ver en la película. A partir de allí comencé a filmarlo por períodos cortos de tiempo, porque en la isla no hay luz ni una infraestructura que nos permitiera quedarnos más de cuatro días. Por eso el rodaje se fue haciendo por etapas en un lapso de tres años.


-En sus películas, los protagonistas siempre se definen por su relación con otro personaje…

-Al principio pensé que el proyecto se trataba sobre un ermitaño y luego me di cuenta que para develarlo era interesante su relación con César, su vecino que cría chanchos. Y como en todas mis películas, volví a caer en esta cuestión de dos. Siempre me pregunté qué tipo de relación podían establecer dos hombres solos en una isla. Quería indagar en la mínima representación de una sociedad: dos personas. Y en esta posibilidad o imposibilidad de relacionarse. La Isla del Corte presentaba un territorio interesante porque está muy alejada de la sociedad de consumo. Se encuentra a media hora de lancha de la ciudad de Gualeguaychú. Fue construida artificialmente por los presos, cuando abrieron un canal por medio del delta para acortar la distancia entre la ciudad y el río Uruguay.

-¿Con qué actitudes de Montenegro usted sentía empatía?
-Con muchas. En Montenegro vive una contradicción, porque por un lado es un hombre hosco, pero al mismo tiempo tiene la necesidad de relacionarse con otros. Él confiesa en la película que nunca tuvo un amigo. Es un hombre que no sabe leer ni escribir pero cuenta con una gran sabiduría. Siento empatía también con su deseo de libertad, de no tener un jefe, de vivir la vida bajo sus propias reglas a pesar de las dificultades que esta decisión le conlleva. Me atraían su tozudez y la forma en que me contaba su vida, de una manera cruda, franca y directa. Creo que carga una gran pena, alguna experiencia del pasado que le imposibilita por momentos conectar con los otros. Pero la verdad es que no sé cuál es la causa de eso. Y la película devela lo mínimo e indispensable de su vida para dejar espacio para que el espectador complete la historia. Creo que todos arrastramos cosas no resueltas que nos condicionan.

-Por otro lado, César se presenta en la película como un personaje más liviano, más relajado. ¿Es realmente así, o fue una construcción de opuestos para el filme?
-Mientras Montenegro se abrió mucho y me contó cosas de su vida, con César me costó más tiempo que confiara en mí. Lo que me interesó de los dos es que, si bien vivían en el mismo lugar, cada uno tenía una elección de vida distinta. Montenegro le reprocha a César que tiene jefes y que le cocina a los patrones pero no a él. Lo que hace es remarcarle que eligió ser servil. El orgullo de Montenegro es ufanarse de que él no tiene patrón. De que va por la vida siendo dueño de sí mismo. Allí aparece una base de conflicto que define a los dos personajes.

-Montenegro utiliza la canoa de César para recoger la pesca diaria. Después de que se pelean, ¿cómo logra Montenegro asegurar su supervivencia?
-Cuando empezamos el rodaje, Montenegro tenía en trámite su jubilación. Después de unos años finalmente empezó a cobrarla y eso le cambió la vida, ya no dependía del trueque y de la pesca diaria. Esto no está incluido en la película porque la historia se desarrolla hasta que César se va de la isla.


-¿Por qué cree que César deja la isla?

-Creo que le costaba mucho vivir en soledad. Si bien le gustaba la isla e ir a pescar todos los días, no aguantó el aislamiento. Así que eligió volver a trabajar a la ciudad. También me parece que el conflicto que tuvo con Montenegro de alguna manera ayudó a que tomara esa decisión. César tuvo varios motivos para irse de la isla, pero yo utilizo su partida con fines narrativos dentro del filme.

-Montenegro tiene familia en la ciudad de Gualeguaychú, pero cuando los visita se lo ve ansioso por volver a su casa de la isla.
-Cuando va a cobrar su jubilación los visita y se vuelve. Le cuesta seguir los códigos de convivencia de la ciudad. La última vez que fui a verlo a Gualeguaychú fue para mostrarle la película y había estado en la casa de su sobrino más de diez días porque tuvo que hacerse unos análisis en el hospital. Lo único que quería era volver a su casa porque extrañaba mucho a sus perros.

-El protagonista tiene una relación con sus animales diferente también…
-Creo que Montenegro tiene una relación más sincera con sus animales. En la ciudad uno está acostumbrado a escuchar que a los perros hay que cuidarlos, pero en realidad los animales forman parte de un ecosistema. La tarea de Montenegro es elegir a los más fuertes y sacrificar a los otros, porque no tiene comida para todos. A nosotros nos suena mal, pero eso forma parte de cómo se vive en el campo. Y si bien él lo cuenta con naturalidad, creo que le dolió matar a los cachorros. Me interesaba confrontar al espectador con este tipo de decisiones.


-Montenegro es un personaje políticamente incorrecto.

-Es un personaje crudo que tiene un discurso complicado hasta cuando habla de las mujeres. Me interesaba mostrar todas sus facetas, con las que estoy de acuerdo y con las que no. Creo que no hay que juzgarlo antes de conocerlo y ver bajo qué circunstancias transcurrió su vida. Creo que sería muy aburrido hacer documentales de personas lindas y llenas de buenas intenciones.
-Su documental dura 56 minutos, ¿por qué?
-Es la duración que sentimos con Alejandro Brodersohn, el editor, que tenía que tener. No quería agregarle escenas para convertirla en un largometraje. Y creo que finalmente nos favoreció no haber especulado, porque Montenegro ganó la competencia de mediometraje del Festival Internacional de Documentales de Ámsterdam (IDFA). Si hubiéramos competido en la categoría de largos, no sé cuántas chances hubiera tenido la película. Vida en Falcon dura un poco más de 60 minutos. Cuando realizo documentales de observación prefiero ser conciso. Colocó sólo las escenas que creo que pueden narrar cosas importantes. Si veo que las escenas que filmé no definen cosas claramente, prefiero no utilizarlas para no confundir al espectador.

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