Los secretos de traducir al chino, o dominar el arte de perder

Los secretos de traducir al chino, o dominar el arte de perder

Dos de las películas en cartelera actualmente en China son películas sobre viajes. Una de ellas, Perdidos en Tailandia, que ya se convirtió en la película más taquillera de la historia del cine chino, es una comedia de enredos centrada en la competencia entre dos compañeros de trabajo, cada uno con proyectos y éticas contrapuestas pero embarcados en una misma carrera por ganarle de mano al rival. La otra es una mezcla de comedia y cuento de hadas, basada libremente en Viaje hacia el oeste, una de las cuatro grandes novelas clásicas chinas, escrita en el siglo XV, que cuenta las peripecias de un monje, un cerdo y un mono en su peregrinaje por tierras míticas. La novela, a su vez, reformula en forma fantasiosa el viaje del monje budista Xuan Zang a la India, a comienzos del siglo VII, en busca del “pensamiento iluminador de tierras extrañas”.

La historia de Xuan Zang es la historia de un viaje y también de un proyecto de traducción que tiene un lugar clave dentro de la historia china. Nacido en Luoyang en 602, en época de la brevísima dinastía Sui, en el marco de una familia de rigurosa tradición confuciana, Xuan Zang se inició desde temprano en el estudio del budismo y ya a los 13 años ingresó en el templo Jingu. En el 618 se produjo el derrumbe de la dinastía Sui y Xuan Zang, con solo 16 años, tuvo que abandonar Jingu. Se dirigió primero a Chang’an, la capital de la flamante dinastía Tang, y de Chang’an a Chengdu, donde terminó de ser ordenado monje. Viajó por diferentes lugares dentro de China, consultando los textos budistas y aprendiendo de diferentes maestros. En el 629, descontento con la calidad de las traducciones que había encontrado en sus viajes, decidió ir a la India en busca de los textos originales. Tardó un año en llegar, a través de desierto y montaña, por las tierras de lo que son hoy Uzbekistán y Afganistán, y luego pasó 13 años visitando sitios de culto y estudiando en la Universidad de Nalanda. Cuando volvió a China, 16 años después, el emperador Taizong lo recibió en persona y ordenó la construcción de la Pagoda del Ganso Salvaje, para conservar los íconos y escrituras que el monje había traído de su viaje. Xuan Zang estableció un instituto dedicado a la traducción y se pasó el resto de su vida traduciendo y formando traductores.

Xuan Zang no fue el primer traductor del sánscrito al chino pero el avance que produjo, tanto por la cantidad como por la calidad, no tenía precedentes. Antes de él, la calidad de los textos traducidos era tan mala como para motivar a Kumarajiva, un monje indio del siglo IV, a comentar que la traducción era como “arroz pre masticado: no sólo pierde su sabor original sino que también da ganas de vomitar.» La contribución de Xuan Zang está, además, en la sistematización y en la formulación de una serie de principios para la traducción del sánscrito al chino, el más importante de los cuales era el wuzhong bufan: literalmente, “los cinco tipos de palabras que no se traducen”. Esto es, cinco tipos de palabras que elegía “no traducir”, entre las que se incluían palabras esotéricas, palabras con más de un significado, palabras sin equivalente en China (por ejemplo nombres de plantas), términos ya establecidos y de uso común, y palabras que sonarían menos impresionantes una vez traducidas.  Estas palabras, en lugar de traducirse, debían ser transliteradas fonéticamente. El principio opuesto al wuzhong bufan era el geyi, que consistía en la búsqueda de un término equivalente en chino. El problema con este principio es que, en el camino de salvar las diferencias entre las dos lenguas, podía terminar por asimilar y absorber toda diferencia. Es lo que sucedió con una de las primeras versiones de la Biblia en chino, donde la traducción de “El verbo” por el “El Dao”, una palabra de origen taoísta, corría el riesgo de tergiversar completamente el contenido del original.

 

El arte de perder

Hace poco en una cena alguien de la mesa me mostró en su celular una foto de una página de la flamante traducción china del Finnegans Wake. Noté que sobre algunas palabras de la traducción aparecía a manera de sobretítulo la palabra original, lo cual me pareció como una confesión de que la traducción no alcanzaba a ser legible por sí sola. Dije, con la suficiencia del apresurado, que la traducción había fracasado, y mi comentario produjo de inmediato una risa que no entendí hasta que me explicaron, un instante después, que uno de los comensales, directamente en diagonal mío, era uno de los editores del libro. Para tranquilizarme, el editor se apresuró a chocarme amablemente el vaso mientras decía: “Yo también creo que fracasamos.” No en el plano comercial, claro. El libro, me comentó el editor, había agotado la tirada de 10 mil ejemplares, a menos de dos meses de su lanzamiento, y ya estaban pensando en la reedición.

La traductora, Dai Congrong, una egresada de la Universidad Fudan de Shanghai especializada en literatura inglesa e irlandesa, dedicó ocho años a la traducción de esta primera parte del Finnegans wake. Antes de comenzar con la traducción en sí misma, pasó dos años buscando las referencias, alusiones y citas del libro, como una plataforma mínima de trabajo. Aunque es fácil imaginar la dificultad que implica la traducción de una obra en la cual casi el 50% de las palabras son palabras inventadas o neologismos, Dai Congrong al menos contaba con un antecedente importante dentro del chino: la traducción que Zhao Yuanren hizo de A través del espejo, de Lewis Carroll. Zhao era un lingüista y musicólogo genial con un talento innato para los idiomas. Antes de los 18 ya había aprendido francés, alemán e inglés, además de varios dialectos chinos. Dominaba los idiomas rápidamente y en forma casi perfecta: unas horas estudiando un dialecto de la boca de un hablante local, en un tren, le alcanzaban para que al llegar lo confundieran por un nativo de esa ciudad. Zhao publicó la traducción de Alicia en el país de las maravillasen 1921 y luego, en 1938, reincidió con una traducción del A través del espejo. Si había alguien con la capacidad para traducir al chino los juegos de palabras y el sin sentido de Lewis Carroll, ese era Zhao. Este optó por aprovechar el potencial de la escritura china, inventando ya no palabras nuevas sino directamente ideogramas nuevos. Para buscar un equivalente en castellano, habría que pensar en palabras compuestas de letras inventadas. El resultado de este experimento fue un texto por momentos ilegible, pero lleno también de juegos gráficos y lingüísticos que a Lewis Carroll y Alicia quizás les hubiera divertido.

Dai Congrong estudió el trabajo de Zhao pero su abordaje frente a la traducción de las palabras inventadas es diferente al de Zhao, al menos en el sentido de que no llega a inventar ideogramas nuevos. Por un lado, trata de responder a los juegos de palabras del original con juegos de palabras en chino. Por otro lado, consciente de “que un traductor es incapaz de agotar la cantidad y la riqueza de significados contenido dentro de cada palabra”, se apoya en las notas y en la superposición, en algunos casos, de la palabra original y la traducida. Como si esto fuera a poco, en letra más pequeña, aparecen otras opciones de traducción. Así, donde el original dice “nor avoice”, traduce como “no se escuchaba ningún sonido”, y al lado, en letras más chica “Nora Joyce”, a la vez que explica en la nota correspondiente el doble sentido del original. El resultado es algo que, como ella misma admite en el prólogo, “no es del todo ni una traducción ni un libro anotado”, o el libro de alguien que no ha dominado todavía el arte de perder.

Dai Congrong contó que un día, cuando ya llevaba varios años trabajando en la traducción, se quedó absorta mirando los pantalones de su hijo, llenos de palabras en inglés mal escrito, que le hicieron pensar en los juegos de palabras de Joyce.  También está convencida de Joyce mismo previó que ella traduciría el Finnegans wake y lo dejó registrado en clave en el texto. La prueba está, según ella, en una de las páginas donde aparecen, en forma separada pero no a mucha distancia, las dos sílabas de su nombre: “Cong” y “Rong”. Estas dos anécdotas indican que la traducción, además de un oficio, puede ser una enfermedad capaz de conducir al delirio. Xuan Zang, Zhao Yuanren y Dai Congrong parecen compartir en ese sentido, más allá de la distancia temporal, los mismos síntomas.

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