Los puntos de fuga de la literatura argentina

Escapar de la barbarie del país natal en busca de la civilización en Europa fue, durante años, la gran motivación de los escritores argentinos como Cortázar y Manuel Puig. Pero esto, según escribe Gonzalo Garcés, hoy cambió.

En Literatura argentina y política David Viñas hablaba de los escritores argentinos que escapan de la barbarie del país natal para buscar la civilización en Europa. Ahora, en el ensayo Los prisioneros de la torre (Emecé), la crítica Elsa Drucaroff indaga qué pasó con esa costumbre nuestra. Desde mediados del siglo XIX, se sabe, nuestro imaginario está marcado por el viaje a París o Londres; a veces, desde allá, el emigrado contempla la Pampa turbulenta con nostalgia, a veces con resentimiento. Otras veces regresa para traer a los hermanos bárbaros la luz. Pero ahora, apunta Drucaroff, eso no corre más. Lucio V. López se paseaba por el boulevard de l’Opéra y sentía que la eternidad áurea de esos balcones y esas cúpulas lo rescataba del desbarrancadero sudamericano. Quién sabe, tal vez hasta de su condición de hombre a secas. Sarmiento tronaba con toda la fuerza de su prosa contra la llanura argentina porque estaba llena de gauchos y no de tiroleses con sombrerito. En cambio ahora María, la protagonista de El año del desierto , de Pedro Mairal, se exilia en Europa porque su país ha sido arrasado, pero en Europa no aprende nada. Los personajes de Frenesí , de José María Brindisi, viajan ellos también a Europa, pero sólo para languidecer en trabajos miserables, en relaciones afectivas pueriles, iguales a las que podrían tener, más baratas, sin moverse de Caballito. Todavía en 1962 el personaje más emblemático de Julio Cortázar podía deambular con las solapas levantadas por la Rive Gauche en busca de su mandala; en 2012, en vez de mandala hay salarios bajos, alquileres demasiado caros, trámites para conseguir la residencia. En 2012 nuestro expatriado argentino empieza por fin a advertir que también en Europa hay mal sexo, entropía, soledad existencial, cola en el McDonald’s, desamor, descuentos por seguridad social. Seguiremos escribiendo sobre personajes que viajan a Europa, pero Europa no es más un lugar encantado.

UNA COARTADA MENTAL

Las observaciones de Drucaroff son estimulantes y me mueven a agregar una o dos cosas. La más importante: la figura del afuera áureo, la ciudadela al otro lado del mar donde se produce la iluminación, no es un lugar geográfico, sino una coartada mental. De lo que se trata es de esquivar algo acá y ahora –a uno mismo, tal vez– y para eso las coartadas que sirven son variadas y pueden asumir diversas formas. Ortega y Gasset escribió que el argentino, típicamente, vive en el futuro, es decir que funda la imagen que tiene de sí mismo y que quiere ofrecer a los demás no en su realidad presente, sino en un hipotético tiempo por venir. No sé qué tanto pueda defenderse hoy la idea del español, pero una cosa es exacta: la representación que históricamente ha hecho del “yo” la literatura argentina es un cuadro en cuyo ángulo hay siempre un punto de fuga. El cuadro cambia: las guerras gauchas, la llanura de Quiroga, el París del criollo ascendido a boulevardier , el arrabal metafísico de Borges, los taxistas solecísticos de Bioy, los ancestros tenebrosos de Sabato. El Buenos Aires helenizado de Marechal, el París para adolescentes de Cortázar, la sala de proyecciones enloquecida de Puig, el Entre Ríos conspirativo de Piglia. En todos los casos el “yo” habita el cuadro, pero quiere ser definido por el punto de fuga, que lo proyecta fuera del cuadro. Es preciso que yo no sea juzgado, en ningún caso, por lo que soy: un tímido, un rentista, un indeciso, un argentino, una mujer, un hombre, una cosa en formación, sino por ese afuera intocable que habrá de salvarme. Cuando se me pregunte “¿Quién fuiste?”, responderé: “Fui el que aspiraba a algo más.” Borges paga un tributo simbólico al abuelo heroico, al compadrito de buena estocada, para que alguien allá arriba, a la hora de juzgarlo, sepa de qué lado estaba. Sarmiento habla de su propio doble, de Quiroga, pero lo juzga (se juzga) desde una Europa idealizada. Ese juicio “europeo” es su coartada. No quiere ser para la posteridad su lujuria, su violencia, su intolerancia, sino la sentencia que dictó contra la lujuria, la violencia, la intolerancia. Puig no soporta a la Argentina homofóbica, crasa, peronista, y muy temprano se escapa de ella; pero en Pubis angelical el personaje que se le parece más, Ana, se deja aleccionar por su amante montonero, tácitamente se inclina ante su razón superior. Paga tributo él también, del mismo modo que en El beso de la mujer araña Molina no conocerá descanso hasta conseguir el amor, y sobre todo el reconocimiento, de Valentín, para que su condición real quede equiparada, en el juicio de las generaciones, a su condición ideal encarnada por el duro militante. El compadrito, el juicio europeo, el montonero: puntos de fuga. El punto de fuga, por supuesto, tiene que asumir una apariencia deseable, estar nimbado de algún prestigio, que puede cambiar según los años y los vientos políticos que soplan, pero lo esencial es que nos sea ajeno, para que no lo toque el sucio devenir cotidiano; y así uno descubre que el boulevard, el arrabal, la cárcel, la unidad básica o la mugre en este juego son lo mismo, porque cumplen la misma función: la coartada.

ARQUETIPO Y REALIDAD

El asunto es complejo, porque se puede argumentar que no hay individuo que pueda vivir sin apelar en alguna medida al ideal –otra forma de decirlo: no hay identidad que pueda sostenerse sin apelar al arquetipo–, y es cierto que todo escritor busca al menos en parte redimir con el palacio imposible de la obra el puré desesperante de la experiencia. Quizá pueda decirse que la literatura más potente dramatiza esta tensión entre el arquetipo –ilusorio pero necesario– y la real condición del sujeto, y que en la literatura argentina quien se acercó más a esto fue Roberto Arlt. Lo cual explicaría por qué Arlt sigue lastimando, por qué es desagradable y sin embargo no se puede olvidar. Pero entretanto, ya podemos empezar a discutir de un modo diferente la literatura argentina actual si consideramos que el punto de fuga nunca desapareció, sino que se ha revestido de otros trapos y nos sigue sirviendo como coartada. Hace muchos años, es verdad, estuvo en Europa. Ahora lo encuentro (entre otros inesperados lugares) en el conurbano de escritores argentinos como Iosi Havilio o Juan Diego Incardona.

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