Los primeros modernos

Todo el asunto comenzó por un barco que nunca llegó. Corrían los comienzos del siglo XX y las incipientes revistas argentinas solían publicar tiras cómicas de autores yanquis. Acá lo que se hacía era adaptarles el tamaño, traducir sus brevísimos textos y poco más. Y eso fue así hasta que el barco que traía desde Nueva York los originales de la historieta Spareribs and Gravy, del legendario George MacManus, no apareció por el puerto de Buenos Aires. Los editores de Caras y Caretas, donde se publicaba la tira, decidieron salir del trance “fabricando” una versión local que se convirtió de inmediato en un verdadero fenómeno popular. Le pusieron Las aventuras de Viruta y Chicharrón y así fue como, en 1912, nació la primera historieta argentina. Por un barco que nunca llegó.

Peripecias como estas abundan en las páginas de La historieta salvaje, un libro que bucea en los orígenes del cómic nacional, estableciendo una travesía gráfico-textual por las revistas, los personajes y los autores que sentaron las bases de un arte que luego florecería hasta convertir a la Argentina en una de las grandes canteras de talento a escala mundial. Realizado por los investigadores Judith Gociol y José María Gutiérrez, el libro propone además un viaje a un país todavía en construcción, en el que todavía se estaba delineando el “relato” de la identidad nacional, un sistema de íconos y símbolos culturales al que la historieta le hizo un sinfín de aportes.

Belleza e incorrección

La historieta salvaje, publicado por Ediciones de la Flor, está muy lejos de ser un mamotreto teórico. Es, más que cualquier otra cosa, un libro de historietas. Compila una deliciosa selección de tiras cómicas publicadas entre 1907 y 1929, en las que aflora el talento de los grandísimos artistas de aquellos años pioneros, gente de la talla de Dante Quinterno (quien a finales de los años 20 crearía a Patoruzú), Juan Sanuy, Arturo Lanteri y René González Fossat, entre tantísimos otros, que publicaban en revistas míticas como Caras y Caretas, PBT y una recién nacida llamada El Tony, que con el correr del tiempo marcaría toda una época.

Ante la ausencia de referentes (la historieta como tal apenas estaba naciendo) el estilo de aquellos tipos bebía de la pintura y el afichismo europeo, en el estilo modernista forjado por maestros como Toulouse-Lautrec y Théophile Alexandre Steinlen. Esas páginas de cómics que leían los porteños de comienzo de siglo eran verdaderos lienzos, plagados de referencias al art-decó y a la iconografía de los “años locos”. Cada página era concebida como un territorio pictórico en el que las imágenes cobraban vida gracias a la dinámica de las escenas sucesivas que traía consigo la historieta, un lenguaje que, desde Estados Unidos, venían delineando autores como Richard F. Outcault (en su tira The Yellow Kid) y Windsor McKay (autor de la fantástica serie Nemo en el País de los Sueños).

“La idea inicial del libro fue recuperar aquellas primeras historietas argentinas, para que la gente pudiera leerlas y disfrutarlas”, cuenta Judith Gociol. “El desafío que le proponemos al lector es hacer el esfuerzo de situarse en esos tiempos en los que todavía se estaba armando el lenguaje y los códigos de la historieta. Desde el punto de vista de un lector de historieta actual, se perciben muchas dudas y titubeos en cuanto a la utilización del código y las formas del género. Pero, a la vez, hay un increíble despliegue gráfico, y también ideológico y temático, en el que aparecen muchísimas cosas políticamente incorrectas. Tanto desde lo gráfico como desde los temas, son obras que tienen mucha libertad, mucho tanteo, mucha búsqueda. Por eso nos pareció bien llamarlas historietas salvajes”.

Cuando habla de “incorrección política”, Gociol se refiere a tiras como Página del Dólar, de Arístides Reachain, que se basaba en tomarle el pelo a un personaje de piel negra, poniendo en juego una clase de bromas que hoy provocarían una tan segura como fulminante intervención del INADI. La misma despreocupación por cualquier tipo de corrección era compartida por el resto de las tiras de la época. Papamovski, de Arturo Lanteri, narraba en clave paródica la vida de una familia de rusos-judíos, a los que –previsiblemente– retrataba como tacaños y sagaces para los negocios; mientras que Las aventuras de Tarantelli y Peteneras, de Luis Bello, construía el tópico del gallego bruto y el italiano gritón.

Esta libertad de acción que gozaban estas tiras pioneras, en “estado salvaje”, también se reflejaba en lo formal. Series como Las aventuras de un matrimonio sin bautizar, de Tommey y Soldati, rozaban el surrealismo, un registro casi lisérgico. Si uno no supiera que fueron creadas a comienzos del siglo XX diría que las hizo algún historietista de la generación hippie, tipo Robert Crumb, con la cabeza volada de LSD.

Identidad en construcción

En tiempos en los que no existía la TV y la radio aún andaba en pañales, las historietas jugaron un rol fundamental en definir los arquetipos de la nueva sociedad que estaba cristalizándose en estos confines de América. La tira de Viruta y Chicharrón, por ejemplo, se convirtió en un fenómeno de profunda raigambre popular a partir del momento en que dejó de ser una traducción semi-literal de las series creadas por MacManus y se “argentinizó”. Los personajes –que llegaron a ser protagonistas de publicidades de la época y hasta inspiraron un tango– empezaron a “vivir” Buenos Aires, a reflejar su identidad urbana, sus acontecimientos y su gente. Sus frases se incorporaron al habla de la calle y su éxito se extendió hasta bien entrada la década de 1920, muchos años después de que la tira original hubiera dejado de publicarse.

Este sendero fue el mismo que recorrieron personajes como Don Goyo Sarrasqueta, El Negro Raúl, Don Salamito y Doña Gaviota, Jimmy y su pupilo, Anacleto Bataraz, Nenucho y Don Gil Contento, entre tantos otros. Cada uno en su estilo y con su tipo de humor particular retrataba elementos socio-culturales muy característicos de la Argentina que estaba emergiendo, como la vida en los conventillos, la presencia masiva y multicolor de inmigrantes llegados de todo el mundo y, también, algunos estereotipos que se perpetuarían con el correr del tiempo, como el porteño chanta y el hombre de campo noble y trabajador.

La batalla del lenguaje  

Otro aspecto fascinante del libro es que abre una ventana a la forma de hablar de aquel Buenos Aires de los años del primer Centenario. En aquella Babel en plena ebullición, fusionando la jerga de cada comunidad inmigrante, se constituyó un habla particularmente porteña. Frases como “ganar una ponchada de pesos”, “sos un otario y un pelandrún”, “ojo que ése tiene un bufoso” o “vamos a calotearle la plata al guitudo”, se suceden en las páginas del libro, seguramente salidas del melting pot lingüístico de los conventillos y, también, del imaginario tanguero, que aún estaba escapándole a su origen canalla y marginal.

“Al leer estas historietas se perciben un montón de aspectos relacionados con la conformación social. Era una sociedad mucho más partida: los aristócratas por un lado y el pueblo común por el otro”, reflexiona Judith Gociol. “Uno de los grandes temas de esa época era definir o redefinir la identidad nacional en un momento en el que la inmigración era fenomenal. En ese contexto tremendamente multicultural, el gaucho aparece como una especie de ícono de ‘lo nacional’. Y como tal se difunde en numerosas historietas de la época”.

Revistas emblemáticas como Caras y Caretas apelaban a un público nuevo, conformado mayormente por los inmigrantes, que se estaba constituyendo en la emergente clase media. Les proponía una manera moderna de leer, mucho más urbana, irónica, dinámica, en la que el humor gráfico y las historietas juegan un papel fundamental. Elegante, caótica, cosmopolita y altamente politizada: la sociedad argentina que capturan las tiras de La historieta salvaje es, en definitiva, la matriz de la que existe un siglo más tarde. Nuestras virtudes y nuestros defectos parecen haberse moldeado en aquellos tiempos fundacionales.

Al menos esa es una de las tantas lecturas que emergen de esta travesía por los orígenes de la historieta argentina; un gran trabajo de “curación” que se nutrió del muy buen archivo de historietas que puede encontrarse en la Biblioteca Nacional. Y que, de alguna forma, derivó en que Gociol y Gutiérrez acabaran creando dentro de la Biblioteca Nacional el Programa Nacional de Investigación en Historieta y Humor Gráfico argentinos, un nombre pomposo para una suerte de archivo del género que, a partir de donaciones, viene reuniendo libros, revistas, originales y bocetos dedicados a una de las más antiguas y significativas pasiones de los habitantes de estas pampas.

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