Los partidos de la violencia

HONGOS

Quién es el culpable de la violencia en el fútbol? Desde hace treinta años que la respuesta ha sido siempre la misma, siempre incorrecta e incompleta: las barras bravas, como sostiene la infinita mayoría de los interesados. La única excepción es la AFA, para la que, directamente, no hay violencia (o es simplemente inseguridad urbana). Sin embargo, tamaña coincidencia no ha permitido desarrollar ninguna política adecuada. Peor aún: las únicas acciones reales desplegadas hasta hoy han sido las condenas judiciales que recibieran, respectivamente, los grupos liderados por José Barrita, Rafael Di Zeo y los hermanos Schlenker. Sin embargo, esas condenas reales sobre sujetos reales no han significado ninguna disminución de la violencia: antes bien, han coincidido con su agravamiento.

El reciente lanzamiento de un “novedoso” sistema para detectar, mediante el análisis de huellas dactilares, a los barras y prohibirles el ingreso a los estadios parece apuntar en la misma dirección: es decir, en la de los barras como únicos culpables del fenómeno y en su persecución y exterminio como solución final y definitiva. Insisto: es la dirección en la que coinciden casi todos y todas. El Estado, los dirigentes deportivos oficialistas u opositores, los políticos, el periodismo, alguna ONG. Sin embargo, entre ellos se disparan acusaciones de complicidad e ineficiencia que debilitarían el esfuerzo por “borrar esa lacra del tejido social” (palabras textuales de un dirigente deportivo post-passarellista).

Me temo que los disensos internos no son la causa de que el fenómeno, lejos de retroceder, florezca. El problema estriba en que, lamentablemente, ninguno de los actores entiende demasiado del tema, a pesar de que están convencidos de que su propia perspectiva es la única posible. “Entender” es, según todos ellos, ser parte del fútbol, ir a la cancha: una argumentación narcisista que reduce el campo de la crítica literaria a los escritores, el de las finanzas a los empleados bancarios y el de la violencia a víctimas y policías.

En este caso, estamos frente a una ignorancia hecha de medias verdades y perspectivas incompletas, acompañadas por el viejo mecanismo de la estigmatización social. Afirmar la responsabilidad de las barras permite limitar el fenómeno a ciertos actores; señalar su –indudable– complicidad con las dirigencias políticas y deportivas permite escamotear la –menos visible, pero también indudable– complicidad social, que incluye a periodistas, dirigencias territoriales y policiales, pero también a las comunidades que, orgullosas del “aguante” de sus hinchadas, las condenan sólo cuando se les va la mano. El ejemplo de Marcelo Tinelli festejando el último campeonato de San Lorenzo junto a la Butteler –la barra brava del club originalmente asentado en Boedo– en su celebérrimo programa televisivo me dispensa de mayores explicaciones.

Hace más de diez años que la sociología y la antropología argentina vienen demostrando otra cosa, con argumentos y pruebas que no son las dominantes. Las barras son actores notorios del fenómeno, como es indudable: pero el problema es de mucha mayor magnitud, e incluye a toda una cultura futbolística, alimentada y renovada entre otros por los mismos que señalan a las barras como únicos responsables (por ejemplo, periodistas deportivos que agitan el dedo con furia mientras descuidan los modos en que sus propios lenguajes se han vuelto parte fundamental de la moral aguantadora).

Para simplificarlo en pocos caracteres, la violencia es producto de la convergencia de dos elementos: el aguante, por un lado, que es antes que nada una moral (una serie de mandatos éticos que enseñan lo que está bien y lo que está mal, lo que es de “macho” y lo que es de “puto”), y que como moral atraviesa a mucho más que a los barras, a los hinchas, a los dirigentes, a los periodistas y a los publicistas. Por el otro: la corrupción estructural del fútbol argentino, esa que ha permitido que el dineral de Fútbol para todos produzca clubes aún más quebrados que hace tres años.

La combinación de hinchas aguantadores y legitimados por sus comunidades, junto a una ingente cantidad de dinero clandestino: ambas cosas producen los fenómenos de violencia.

A eso deberíamos sumarle otras condiciones estructurales: por ejemplo, el estado de los estadios, edificios que afirman continuamente que la vida, la muerte o la salud son detalles insignificantes. O las transformaciones que la cultura futbolística global marcó sobre el rol de los hinchas, criaturas agigantadas sobre cuyas espaldas recaen enormes deberes morales (fidelidad, pasión, color, carnaval).

De ello hablaba, y celebraba, la presidenta hace unos días –con ligereza asombrosa, por cierto–: de hinchas que son hinchas de las prácticas de las hinchadas. Pero frente a las críticas igualmente ligeras de sus opositores, cabe recordar que esa celebración es la que hizo célebre al programa televisivo El aguante que transmitía TyC Sports o que lanzó al estrellato al Nick Hornby del libro Fever Pitch (Fiebre en las gradas), luego llevado al cine.

Las soluciones, que existen, pasan por más conocimiento. Y más radicalidad en la investigación, la crítica y la acción: por eso, deben comenzar por la intervención de la AFA, porque no se puede pretender seriamente que los grandes culpables de este enorme desaguisado sean los que vayan a autocondenarse. Pasan por transformaciones estructurales: de los estadios, que deben ser todos demolidos, y de la cultura futbolística, que debe ser radicalmente reconstruida. Pasan por una responsabilidad decisiva de los actores de la sociedad civil: es decir, los propios hinchas y sus comunidades, que deben reivindicar sus derechos democráticos –y consecuentemente, asumir sus deberes ciudadanos, entre los que está descartar la violencia como forma de relación y acumulación de poder.

Y pasan por una responsabilidad crucial del Estado, que ostenta su ignorancia en el tema mientras que con su mano izquierda financió la investigación sociológica y antropológica en los últimos diez años.

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