LOS NIÑOS SON MAS SUTILES QUE LOS “INTELECTUALES”

Le trajeron entonces a unos niños para que les impusiera las manos y orara sobre ellos.
Los discípulos los reprendieron, pero Jesús les dijo:
«Dejen a los niños, y no les impidan que vengan a mí,
porque el Reino de los Cielos pertenece a los que son como ellos».
Y después de haberles impuesto las manos, se fue de allí. (Mt 19, 13-15)

Quisiera comenzar esta editorial transcribiendo textualmente parte de un más que interesante diálogo entre el uruguayo historiador, filósofo y teólogo Alberto Methol Ferré y el sacerdote milanés Luigi Giussiani, editado por el periodista italiano, hoy residente en nuestro país, Alvert Metalli, con ocasión de la celebración de los veinticinco años de pontificado del beato Juan Pablo II:

“A.M: Al observar este Papa hay algo que impresiona, y es el impacto que tiene en la gente. En Europa este impacto fue muy fuerte al comienzo de su pontificado y en otros continentes, como América Latina y África, sigue ocurriendo hasta el día de hoy. En cambio quienes lo critican y lo atacan, en diferentes partes del mundo, son sobre todo los intelectuales. ¿Por qué el pueblo lo ama y los intelectuales lo atacan? ¿Y qué relación tienen entre sí, en América Latina y en Europa, el pueblo y los intelectuales?

GIUSSANI: Me parece que los intelectuales lo atacan porque usa un sistema de categorías que se deduce inmediatamente de la conciencia del acontecimiento cristiano como un hecho, como un evento en la historia, un hecho y un evento que apunta directamente a lo humano en sus exigencias elementales produciendo un despertar y una nostalgia, un sentimiento de afecto y luego una adhesión a su destino. Un destino que además coincide con el contenido del evento mismo, es decir, con Cristo. Mientras que el intelectual, si no conoce el cristianismo de este modo –vale decir como evento y como hecho que abre todas las puertas de la jaula de las categorías ideológicas- se encuentra limitado e inevitablemente percibe el discurso del Papa como algo no culturalmente evolucionado, porque el Papa no asume las categorías ideológicas de la cultura dominante.

METHOL FERRÉ: Quiero responder contando una anécdota. Cuando el Papa visitó México, yo estaba participando en la Conferencia de Puebla como experto. A la noche, cuando terminaba la jornada de trabajo, tenía la costumbre de volver al hotel siempre en el mismo taxi. Y durante el viaje conversaba con el taxista. Era la primera vez que Juan Pablo II visitaba América Latina y que un Papa iba a México. El taxista era un indio bastante viejo, y una noche me dijo “¿Ha visto que cada día que pasa el Papa habla mejor el español?” Yo no le di mucha importancia a su exclamación, mitad pregunta y mitad afirmación, y le contesté algo como “así será…”, como dando a entender “si tú lo dices, puede que sea cierto”. Y él, levantando la voz, me dijo: “Sí, es así. ¿Y sabe por qué? Porque nos quiere”. ¿Por qué relato este episodio? Para mostrar que los intelectuales, incluso en Puebla, estaban concentrados en analizar lo que decía el Papa, sin darle importancia al contexto y al modo en que hablaba. En cambio el pueblo, que comprende el concepto a través del gesto, había sido sensible a los cambios en la pronunciación, había percibido la mejoría, cosa a la que ningún intelectual había prestado atención. El pueblo es mucho más sutil que los intelectuales. Las miles de madres que observaban al Papa acariciar un niño sabían con exactitud si lo hacía con amor o en forma distraída, percibían sin error la verdad de un testimonio.”

Ambas respuestas nos pueden servir para la reflexión, sobre todo en el contexto de haber querido, desde Consudec, retomar las jornadas de formación para educadores de los niveles inicial y primario. Niveles fundantes de las posibilidades para el desarrollo integral de la persona humana.

Santa Teresa de Ávila decía “que los cosas son como se las principia y estos son dos niveles del sistema escolar que dan “los principios “sobre los que se cimenta todo el proceso de enseñanza-aprendizaje. Por lo que, y lo sabemos muy bien, los buenos maestros son fundamentales para no hipotecar las posibilidades del desarrollo bio- psico- social y espiritual de los niños.

¿Qué maestros, necesitan nuestros niños? Sin lugar a dudas maestros que hablen cada vez mejor “su idioma” porque los quieren. Maestros que “les impongan las manos” de la cercanía, el afecto, la seriedad profesional, la formación permanente, la oración por ellos, el preocuparse por curar sus heridas. Maestros que no queden entrampados en una autoreferencialidad autista y victimizada que deje a los alumnos en la pampa y en la vía.

Los niños son como ese viejo taxista indio de la anécdota de Methol Ferré, solo comprenden el concepto que “viaja” a través del gesto. No hay ninguna posibilidad de educarlos desde intelectualismos pedagógicos salidos, al decir de Giussiani, de “las jaulas de categorías ideológicas”, y que en nuestro tiempo y en muchas propuestas de reformas curriculares, los hay y muchos. Todo acto educativo es un acontecimiento de encuentro, es una experiencia de comunión de vida, de bienes, de saberes, de conocimientos que se sustenta en el testimonio que hace patente el valor que enseña y en la palabra que explicita lo testimoniado.

Nuestros niños tienen una sutileza infalible para detectar sin error la verdad en el testimonio. Son mucho más sutiles y perceptivos que nosotros “los intelectuales”. Lamentablemente el modo de detectarlo no es expresándolo en palabras sino en el “hipotecamiento” de sus posibilidades de desarrollo integral.

Los miles de niños que nos observan en nuestras aulas nos toman inexorable y diariamente examen de humanidad. Dios quiera que no nos bochen.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *