Los laberintos de un país monumental

Los libros abren universos desconocidos. Aun aquellos que nos proponen viajes a lugares conocidos o reconocibles pueden resultar una sorpresa cuando los viajeros los revisitan desde perspectivas inesperadas. Y hay cronistas de viaje que nos proporcionan el deleite de sumergirnos en esos espacios desde el ojo de un observador agudo, capaz de ir más allá de lo que las ciudades, sus monumentos y sus gentes ofrecen. A distancia de la mirada del turista ávido de consumar una rápida aproximación a la tentadora oferta cultural al alcance de la vista.

Es el caso de Bajo el cielo de Italia, de Gustavo Víttori, publicado por la Universidad Nacional del Litoral, un libro que sería inapropiado clasificar sólo como una rica crónica de viaje. El autor profundiza su observación, investiga sobre lo visto y despega las capas de cebolla que recubren edificios, sitios históricos, obras de arte, personajes corrientes, calles y rincones desconocidos, volviéndolos singulares porque quedan atravesados por su mirada humanista y reflexiva.

Víttori tiene la pluma privilegiada del cronista, de la que pocos periodistas pueden vanagloriarse. Hombre de redacciones periodísticas, es un enamorado de Italia, de su cultura, su geografía, su historia. Desde ese enfoque, que es claramente subjetivo, propone un recorrido atractivo en este libro, empeñado en despejar los laberintos de sus centros urbanos, en develarnos secretos ocultos bajo sus obras arísticas, contándonos historias capaces de conmover nuestra atención.

Florencia, Venecia y el Laberinto de Borges, Verona, Milán, Turín, Bomarzo y su comparación con la obra homónima del inolvidable Manuel Mujica Lainez, Ciudad del Vaticano y una reflexión sobre la silenciosa belleza de la casina de Pío IV, y el final del periplo en Roma, nos absorben con sus historias ocultas, su riqueza patrimonial, sus fantasmas, sus luces capaces de iluminar incluso las sombras de su Historia.

A la manera de los cronistas que, en los siglos XV y XVI, renovaron la literatura con sus escritos impregnados del pensamiento renacentista, las reflexiones del autor sobre los lugares que le salen al paso en su periplo se alimentan del periodismo narrativo y de las referencias literarias.

“Cuando esa mañana en Milán caminábamos al acaso por vía Lanzone, de golpe sentí esa aceleración pulsátil que se suele experimentar cuando se entra en la frecuencia de la comunicación artística, cuando se recibe la señal emitida por la obra de su creador”, dice el autor, extasiado ante las piezas artesanales de Antonio y Giuseppina Piluso, artífices de Pilgio Joyeros. Pero también se deslumbra frente a la casa de los Omenoni, esculturas gigantes emplazadas en el exterior de un edificio próximo a la plaza del Teatro de la Scala, a los que define como “ermitaños peninentes, genios benéficos escapados de alguna lámpara de Oriente”.

En su trasiego por Venecia, el autor da con la muestra conmemorativa de Jorge Luis Borges por el centenario de su nacimiento en la Biblioteca Marciana. En la ciudad “de cristal y crepúsculo”, Víttori dice que “nadie mejor que Borges para ocupar el lugar de los elegidos”. En Florencia, que se lleva una buena parte del libro dado que es una de sus ciudades italianas preferidas, el autor confiesa: “El paso de los siglos no ha mellado el poder seductor de la ciudad, su potencia irradiante, que no emana de la fuerza sino del genio, el talento y la belleza en casi toda la gama de la creación humana… Es la tercera vez que la visito y recién ahora tengo alguna noción de lo que encierra y una idea aproximada de lo que ignoro… La conciencia sobre la magnitud de mi ignorancia… me sofoca pero también me excita, me moviliza”. He allí la curiosidad del periodista que, consciente de todo lo que aún no ha descubierto del lugar que lo conmueve, resuelve indagar en profundidad, no ya para extraer más información sobre la materialidad de la ciudad, sino sobre el alma que la convierte en un espacio singular e inapresable.

Roma cierra un recorrido que el lector no desea que concluya, porque hasta ese punto de encuentro, el viaje de Víttori ha sido ilustrativo de una cultura, pero también del alma de un país, que es tan cercano al corazón argentino. En Roma, “ciudad laberíntica, impregnada de fábulas y secretos, inasible” como las imágenes del cine de Federico Fellini, el escritor toma de la mano al lector y lo conduce por las calles retorcidas de la ciudad, “sube a las colinas y desciende a profundidades en las que, por ejemplo, se puede caminar por los corredores de la necrópolis pagana”, al tiempo que desmadeja, con erudición, el intrincado tejido histórico y cultural de la ciudad eterna.

El libro está profusamente ilustrado con bellísimas imágenes de calles, obras de arte, esculturas, rincones y edificios monumentales, así como de anécdotas de personas que disparan otras tantas reflexiones sobre la condición del hombre frente a su propia obra. Y luego de colegir que “la verdad absoluta es inatrapable”, el autor concluye que “Roma es uno de los teatros históricos más reveladores y fascinantes de la humanidad”.

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