Los intelectuales y el “efecto Don Quijote”

Cuando surge el interrogante acerca de si la voz de los intelectuales conserva prestigio y autoridad en la sociedad contemporánea es difícil no atribuirle un velo de la nostalgia a esa formulación. Ocurre que el papel sigue estando habilitado como expresión de esa tradición pero se encuentra ante un escenario en el que sus grupos, instituciones y estilos de acción se han visto afectados por un proceso de reacomodamientos estructurales y simbólicos y han perdido posiciones en un sistema de jerarquías habilitados para hablar con autoridad de la virtud pública.

Esta situación de desajuste entre lo incorporado como parte de una experiencia histórica que aparece desvalorizada y resignificaciones de sensibilidades y formas de organización del mundo social y cultural que no se corresponden con esa experiencia es denominada por la sociología “histéresis” cuando se imagina más científica clásica y cuando es seducida por la literatura, “efecto don Quijote”.

En todo el mundo occidental ocurre algo parecido. No obstante, en la Argentina de los últimos años parecen haber resurgido los debates entre intelectuales. Centralmente y planteado de manera condensada, entre tres posiciones: 1) Grupos que apoyan al gobierno del que saludan su salida de los noventas y su pelea con la hegemonía neoliberal; 2) Otros que observan sólo modificaciones superficiales de las instituciones construidas por esa hegemonía neoliberal, y 3) Los que reeditan los temas del antiperonismo cultural tradicional denunciando lo que ven como el desprecio a la cultura e instituciones republicanas. Todos ellos son portadores de discursos débiles. Todos ellos, también, en tanto iniciativa, resultan a la vez un tanto extemporáneos y familiares.

Es que este tipo de intervenciones forman parte de la historia occidental del último siglo y medio: referentes del mundo de la cultura y la ciencia emiten opinión, con autoridad, sobre cuestiones públicas.

Claro que hay algunas diferencias sobre todo en lo que hace a la cuestión de la autoridad, al grado de reconocimiento social entre estas manifestaciones y los espacios concretos que las avalan, y las existentes en momentos anteriores.

La ciencia y el arte, de algún modo en el siglo XIX avanzado, parecían desplazar a la religión del podio utilizado para proclamar valores universales, y se convertían así en un espacio prestigiado no solo para hablar de sus especificidades, sino para intervenir sobre cuestiones morales: por ejemplo, el escritor francés Emile Zola fundacionalmente, Leopoldo Lugones en Argentina, y Jean-Paul Sartre como el último gran faro.

La diferencia con el presente es que hay un campo cultural dramáticamente inficionado en su autonomía. Además hay nuevos espacios con significativa capacidad de imposición de visiones del mundo. Básicamente tres: a) El de los nuevos medios de comunicación que, entre otras cosas, resultan en una democratización de la opinión; b) El de los clásicos medios de comunicación de masas con sus periodistas de opinión e intelectuales habitués revalorizados por el deterioro de la autonomía cultural y académica; y además c) El espacio de organizaciones fuertes que conforman un mercado de la virtud pública internacional, que algunos han denominado la “nueva filantropía hegemónica”. Este último es quizás el más poderoso simbólicamente y con una gran capacidad económica.

Estas organizaciones que acolchonan su heteronomía de los poderes políticos y económicos a través de las grandes fundaciones internacionales ligadas a políticas de estados poderosos y de corporaciones, se mueven con rapidez en el mundo a la manera de una transnacional de servicios simbólicos. Así, entre otras muchas, Médicos Sin Fronteras, Greenpeace o Human Rights, por ejemplo, reclutan sus cuadros entre jóvenes profesionales con vocación por lo público, desconfiados de los estados nacionales y enemigos de la política tradicional que, con proclamada independencia de las instituciones del viejo orden como el Estado-nación, actúan llevando la antorcha de algunas cuestiones que remedan de un modo pragmático la vocación universalista de los espacios clásicos y parecen más compatibles, en sus legítimas acciones, con las nuevas prácticas y el clima de época.

La vieja trascendencia de la alta cultura se encuentra frente a este potente mundo heterónomo, cuyo discurso es inmediatista y corrector. Es, efectivamente, una voz que apunta a corregir errores. Se asienta en un presente en el que no hay una alborada soñada sino un día más o menos luminoso que ya llegó y se actúa sobre algunos nubarrones.

Es que las ilusiones de trascendencia son expresiones de proyectos o, más ambiguamente, de climas colectivos encarnados socialmente. Y lo predominante en el mundo occidental del presente, producto de las políticas de la revolución neoconservadora, es la fragmentación estructural y un individualismo pragmático, que se relacionan muy débilmente con las instituciones del viejo orden incluido el ideal de república liberal burguesa.

En ese clima predominante es que las intervenciones del intelectual clásico resultan en un desfase: los conceptos usados con voluntad de trascendencia se asientan sobre experiencias históricas anteriores o sobre ilusiones de esas experiencias (nacional-populares, republicano-liberales, socialistas) y se rearman ahora confusamente para dar cuenta de un mundo que tiene características que no se terminan de aprehender.

Hay, al fin, un efecto Don Quijote, pero debilitado, porque quienes llevamos adelante estas acciones estamos estructuralmente habitando una zona desde donde los molinos no dejan de verse como tales. Pero a veces los imaginamos subsumidos en una niebla en la que nos esforzamos por adivinar viejos fantasmas, gigantes de algún modo añorados, que no terminan de conformarse y terminan diluyéndose.

Y si, pese a todo, continuamos con la ilusión de su presencia, avanzamos con dudas, con voluntad sobreactuada, con desconciertos, por supuesto con errores, y, lo que es peor, como consecuencia de la creencia débil, con la ausencia clara de pasión.

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