LOS IBEROS

Cuando las primeras oleadas de pueblos indoeuropeos llegan a la península, se encuentran ya con unas tierras densamente pobladas, que se mantienen con una alta estabilidad política y poseen un status cultural altísimo, como lo prueba la existencia del imperio de Tartessos.

¿Qué sabemos de nuestros antecesores en pisar las hermosas tierras de España? Por ellos mismos nada, porque de la literatura tartesia milenaria de que nos habla la tradición, nada conservamos, exceptuando aproximadamente un centenar de inscripciones sin traducción.

Conocemos sus nombres. La que hoy llamamos España ha sido conocida, en el paso de los siglos, de diversas maneras:

Anaku es quizá su nombre más antiguo. Se lo dieron los asirios, llamándola la Tierra del Estaño.

Meschech, la Tierra de los Massienos, de los Pueblos del Mar, le decían los sirio-palestinos en el siglo X a.C.

Tarschisch, como la conocían los fenicios, y como aparece nombrada en la Biblia, en las referencias al vivo comercio mantenido con el rey Salomón.

Sphan, también así la llamaron los fenicios, Tierra de Conejos, aludiendo a las grandes cantidades que de ellos podían cazarse en los bosques que casi cubrían la península.

Ophiussa, Tierra de Serpientes, la llama Avieno en su Ora Marítima, por el mismo motivo que los fenicios la llamaron tierra de conejos.

Hesperia, la Tierra de Vesper, la Tierra de Occidente, la llaman Homero y Hesiodo al incluirla en los viajes de sus héroes.

Iberia, un nombre que, contra lo que se cree generalmente, no viene del río Iber o Ebro, sino del Híber, antiguo nombre del Odiel, en Huelva. Así lo dice Avieno, y Herodoto también escribe el nombre con H.

Hispania la llaman los romanos. España se llama. Hasta en nombres ha sido rica.

Al iniciarse la conquista romana, a fines del III a.C., los pobladores de la península ofrecen una gran mezcla: hay un fondo tartésico autóctono, elementos púnicos, ciertos aportes líbicos y, al menos, tres inmigraciones indoeuropeas. Y connotaciones griegas, y una fuerte influencia céltica, que España siempre fue tierra de brazos abiertos para quienes por las buenas venían. Por las malas, ya era otra cosa…

Todos los historiadores griegos y romanos se han ocupado de las tierras de Iberia. Hecateo da a sus habitantes el nombre de iberos confundido con los tartesios, igual que hace Polibio. Estrabón, en cambio, diferencia ya perfectamente las diversas tribus. Plinio hace más: a las conocidas añade una, los surdaones, a quien nadie más parece conocer, ya que no vuelve a ser citada por autor alguno. Avieno incluye a los iberos de la costa en su Ora Marítima. Tenemos que ver lógico el interés de todos ellos por nuestro pueblo, si tenemos en cuenta que en él se ha situado la morada de Hades. Que es la tierra de Occidente, el lugar misterioso donde muere el sol y a donde le siguen las almas de los muertos.

Estrabón dice que los iberos tenían cantos y leyes escritas con más de seis mil años de antigüedad, en verso, para facilitar su aprendizaje por el pueblo, lo cual nos habla de una participación del mismo, no de una mera aplicación de las leyes sobre un pueblo inculto y sojuzgado. Como ya hemos dicho, nada queda. Nos han llegado documentos de una cierta extensión, como los llamados plomos de Gádor y La Bastida, y algunos platos que llevan como ornamentación pequeñas inscripciones. Pero en la mayoría de los casos se trata sólo de algunas palabras sueltas, inútiles para cualquier intento de traducción, ya que respecto al idioma escrito ibero, se ignora incluso en qué punto se separan los vocablos. Ni siquiera se pueden aventurar hipótesis sobre su origen indoeuropeo, como es una de las teorías. Algunas palabras enlazan directamente con el alfabeto fenicio en su vertiente más arcaica, pero también se le han añadido vocales griegas y se pueden encontrar coincidencias con algunos testimonios escritos del Asia Menor.

Hay también un curioso dato que indica la separación de culturas dentro de la península: los iberos escriben de izquierda a derecha, y los tartesios de derecha a izquierda, con el añadido de que algunas veces se encuentran escrituras en espiral y por el sistema bustrofedónico, es decir, “como ara el buey”, alternando el sentido de las líneas.

El origen y difusión de la escritura tartesia debe situarse en Huelva, lugar donde se asienta Tartessos. Pero casi simultáneamente nace también la escritura entre los mastienos de Almería y de Sierra Morena.

Pero dejemos la escritura y continuemos con el pueblo. Hay tradiciones que nos cuentan cómo Túbal, hijo de Jafet y nieto de Noé, fue atraído en uno de sus viajes por las aguas de un río misterioso. Lo siguió a través de tierras desconocidas, y llegó hasta Bares. Esta tradición de un lejano viajero es la más antigua, y curiosamente es también la mejor documentada: Plinio, Estrabón y Tolomeo la citan en sus escritos. Y desde luego, la toponimia gallega está llena de recuerdos de ese abuelo viejísimo que Túbal se dejó atrás: Noega, Noeda, Noya…

Ha quedado dicho que la Biblia cita a Tartessos como Tarschisch, pródiga en riquezas y en belleza, a la que acuden para comerciar las naves fenicias, y con las cuales va a mantener relaciones el quizá no tan mítico rey Gerión, que más tarde va a ser sometido por ellos. Gerión, que va a apacentar sus inmensos rebaños de toros rojos en las praderas del Guadalquivir hasta que el periplo trabajador de Hércules se los lleve.

De lejos le vienen los toros a los llanos de Andalucía.

Los fenicios han comerciado mucho tiempo con Iberia, y luego la han dominado; pero cuando Salmanasar V y Sargón I, en 724-720, ocupan Fenicia, es de suponer que tiene lugar la liberación de las tierras tartésicas de que habla Isaías: “Tú, pueblo de Tarschisch, al que ya no oprimen más ligaduras.” Ligaduras que volverán a atarse con la restauración del poder fenicio entre 660-680.

Es el celtíbero Marcial quien por primera vez utiliza la expresión “Hispania Nostra”, abarcando la totalidad de la península, por encima de la división territorial provincial organizada por la administración romana. Y no es ya un escritor de raigambre hispana, sino que va a ser una constante en los escritores latinos la exaltación sin límites del valor de los guerreros de la tierra ibera. Trogo Pompeyo dice: “Tienen los iberos las más excelentes virtudes castrenses: prestos a la lucha, resistentes a la abstinencia y a la fatiga, fieles a su jefe hasta el punto de juzgar honroso no sobrevivir a su caudillo muerto. Pero son hombres inquietos, individualistas e indisciplinados”.

Tal carácter determinó un movimiento de simpatía de la misma Roma, de modo que al cónsul Cepión se le negaron los honores del triunfo al estimársele conseguido mediante la traición. Y la crueldad con que Escipión arrasó Numancia se criticó duramente como símbolo de la decadencia de Roma frente al heroísmo de los defensores.

Y cuando los hispanos llegan al gobierno de Roma en las figuras de los Balbo, Trajano, Arriano, la Historia los va a situar al nivel de los más grandes.

ZONA IBÉRICA

En el Algarve y Andalucía se encuentran los pueblos que habían integrado el reino de Tartessos. Están los turdetanos en Sevilla y Cádiz, y un poco más al norte, los túrdulos. A su izquierda, los elbisinos, ileates y etmaneos en Córdoba y Jaén. Deitanos en Murcia. Contestanos del Júcar al Segura. Edetanos y beribraces al norte del Segura. Ilergetes del río Aragón al Segre. Lacetanos en los Pirineos. Ceretanos, indigetes, ausetanos, una rama de los lacetanos, laietanos y dessetanos en Cataluña. Ilercavones en la desembocadura del Ebro.

Todos ellos, según las fuentes, nos da un total aproximado de unos dos millones más o menos. Los escritores clásicos llaman iberos solamente a los habitantes de las cosas mediterráneas. Herodoto los hace llegar más allá de los Pirineos, como raza, hasta el Ródano, pero Polibio no los saca de la península, lo mismo que hacen el resto de los autores. Como opción más históricamente aceptable, los iberos deberían ser los habitantes de la zona levantina, descendientes directos de las razas argáricas. Culturalmente, en cambio, sí hay una unidad desde Tartessos al Pirineo, por toda la costa, y penetran en el sur de Francia.

CREENCIAS RELIGIOSAS

Conocemos muy poco del espectro religioso de la vida de los pueblos ibéricos, aunque sí se sabe que ocupaba un lugar importantísimo en sus actividades diarias. La abundancia de la escultura religiosa hallada en sus entornos y el gran número que se ha ido conociendo de dioses y seres mitológicos nos hablan de esa plenitud.

Tenemos conocimiento de un culto al toro, primitivo y muy arraigado, en las zonas costeras. Esta particular ubicación se podría relacionar con el culto a Poseidón. Abundan los toros en la estatuaria menor, atestiguando Diodoro el carácter sagrado de los mismos, lo cual abunda en la idea anteriormente expuesta del culto a Poseidón. Que además muestra su máximo desarrollo en las islas Baleares.

Existen testimonios de cultos solares y lunares. Debió de sobresalir mucho el de la luna, Noctiluca, deidad protectora de lo femenino y de las actividades guerreras nocturnas, posteriormente asimilada a Diana. Posiblemente era solar y guerrero Neto, después asimilado a Marte. Y había un dios de las profundidades del submundo, Endovélico. Pero en general hay escasas referencias a las divinidades autóctonas, en razón a su desaparición bajo los cultos romanos. La mitología debió ser complicada, a juzgar por las representaciones de animales fantásticos, genios alados, centauros y animales relacionados con los dioses, como lobos, aves de presa y jabalíes. Las interpretaciones las desconocemos casi en su mayoría.

Los santuarios se encontraban muy diseminados y eran muy abundantes. Los más conocidos son El Cigarralejo y Nuestra Señora de la Luz en Murcia, la Serreta en Alcoy, el Cerro de los Santos y el Llano de la Consolación en Albacete y Collado de los Jardines y Castellar de Santisteban en Jaén. Son terreno santuario, y en todos debió, lógicamente, haber templos, pero no nos han llegado. Hay indicios de que los de Jaén fueron rupestres.

En las gentes de Los Millares se advierte una vida religiosa nueva, con existencia de unos sacerdotes plenamente dedicados a su ministerio y creencias en la vida del más allá. Aparece un nuevo sistema de enterramiento en grandes sepulcros colectivos construidos con megalitos, y que se difunden por toda España llegando incluso hasta el Sur de Francia. Muchos de sus motivos decorativos recuerdan el culto solar egipcio, y se han encontrado también betilos como en Oriente, por lo que sería lógico suponer unos contactos muy lejanos en el tiempo, si no unas mismas ideas sobre unos mismos temas.

LA ARQUITECTURA

Dadas las características de la península, el material más utilizado para la edificación es la piedra y el barro, aunque también, por la abundancia de bosques, se empleó mucho la madera para elementos auxiliares. Para las construcciones civiles se utilizó la piedra, ya fuese como mampostería en seco o adherida con barro. Los sillares escuadrados se dejaban para las cámaras funerarias y las fortificaciones. En éstas, los paramentos son muy gruesos, de grandes piedras ligeramente desbastadas, de forma regular, con las aristas escuadradas y en algunas ocasiones, sobre todo en la zona celta, utilizándose muros dobles, entre los cuales se macizaba con un relleno de tierra y pequeñas piedras, lo cual les proporciona una dureza similar al cemento.

Para las casas humildes se usaría el barro, y por lo mismo no nos han llegado restos. Pero debió de constituir una arquitectura menor con detalles de interés, porque Plinio nos habla de ella. Describe sus muros hechos con dos paredes de madera, relleno el hueco con barro y piedrecillas siguiendo el mismo sistema de las murallas de las fortificaciones.

Pese a que apenas haya conocimiento de las grandes ciudades españolas, suponemos que la arquitectura civil era de alto estilo, basándonos en que algunas necrópolis como las de Galera en Granada y Peal de Becerro, dan unas formas constructivas muy desarrolladas; y si esto era así en el siglo IV a.C., es lógico pensar que las mismas soluciones estarían aplicadas a los edificios de la vida civil. Polibio una vez más nos da noticias de la vida cotidiana de Iberia y dice haber conocido el palacio de un rey ibero “que emula la leyenda”.

Todas las ciudades iberas se edificaban en cerros para facilitar la defensa, cosa que se ha prolongado a lo largo de los siglos en la construcción de castillos, para los que si no se encontraba una elevación adecuada se construía una artificial; son las que recibieron el nombre de “motas”, y de las cuales abunda la toponimia española: Mota del Cuervo, Motilla del Palancar…

Las torres son una forma muy particular de la arquitectura española. Son construcciones aisladas, mezcla de fortaleza y atalaya, que se localizan en elevaciones, costas y zonas de necesaria defensa. Debieron existir en gran número, aprovechando las anfractuosidades del terreno, aunque quedan pocos restos. Pero todos los historiadores latinos las nombran. Las llaman turres, praesidia o castella, éstas sobre todo las de la meseta. Abundaron sobre todo en las zonas de mayor poblamiento, riqueza y por tanto posibilidades de asalto.

LA ESCULTURA

Predominan las figuras humanas, a veces de guerreros a caballo, damas orantes y oferentes, toros, carneros y pájaros. También están representadas las partes del cuerpo que han sanado por mediación de los dioses: ojos, dentaduras, brazos, piernas…

Entre los exvotos de animales abundan los de perros, bueyes y caballos, éstos últimos donados como ofrendas para su conservación por la riqueza que representaban. En cambio los de osos, lobos y zorros deben más bien interpretarse como propiciación de cacerías o como protección para los poblados, caso de tratarse de animales sagrados.

De mucha mayor importancia que los bronces son las figuras de piedra de los santuarios del Cerro de los Santos y del Llano de la Consolación, al sureste de Albacete. Son unas trescientas piezas que constituyen el conjunto más valioso de la estatuaria íbera, si bien no son culturalmente puras, sino que muestran influencia oriental en unas ocasiones y romana en otras.

El nombre de Cerro de los Santos viene de la gran cantidad de “santos” de piedra que estuvieron apareciendo cada vez que un campesino metía el arado, que tengamos constancia, desde el siglo XVI, e indudablemente desde mucho antes, y que desgraciadamente se han perdido para siempre. Sabemos que en el cerro se alzaba un templo romano. Lo más importante de las figuras halladas en la zona es la llamada Gran Dama Oferente: en pie, erguida y majestuosa, observando en su factura una estricta frontalidad, sostiene con ambas manos un vaso y se toca con un amplio manto cuyos dobleces caen geométricamente recordando a las figuras arcaicas griegas. Viste tres túnicas superpuestas, que se ven cada una bajo la otra. Su tocado y sus joyas son muy complicados, suntuosos y barrocos, formando un conjunto de enorme atractivo y que infunde un extraño respeto. El rostro es hermosísimo, severo, misterioso, produciendo la impresión de hallarnos ante una auténtica figura sagrada, de entrever a través de los siglos el misterio del culto del que, con seguridad, era sacerdotisa.

Obra cumbre de la antigüedad española y de las primeras del ámbito mediterráneo es la Dama de Elche, busto hallado en 1897 en la localidad de la Loma de la Alcudia, en Elche, por unos trabajadores que, alertados por su patrón sobre la posibilidad de hallazgos, ya que antes debió de haber otros que no nos constan, iban ahondando con cuidado en la tierra de la finca.

La noticia del descubrimiento de una “reina mora” hizo acudir gentes de todos los contornos, que, asombrados, contemplaban a la Dama en el lugar en que su dueño la había colocado: en un taburete, en el balcón de su casa. De momento no se nos antoja mal emplazamiento: la hermosa sacerdotisa sale de la tierra para recibir el homenaje de los descendientes de aquellos que la reverenciaron dos mil años atrás.

La tercera de las Grandes Damas ibéricas sería la de Baza, no inferior en majestuosidad y grandeza, pero sí con un mayor aporte de orientalismo. Menos recargada en su atavío, conserva sin embargo mayor rastro de policromía en su vestimenta. De rostro igualmente hierático, se presenta sedente, rígidamente ritual en su actitud, y con una ofrenda en las manos.

En cuanto a las figuras de animales, muchas de ellas son monstruos, y su técnica varía mucho de unas a otras. Algunas formaron parte de edificios. Su significado se ignora en la mayoría de los casos, pero sí se advierte que algunas proceden de prototipos orientales.

La más característica es la llamada Bicha de Balazote. Algunos autores la han relacionado con Mesopotamia, pero sabemos que llegó a Iberia por medio de los italiotas, entre los que estaba extendido el culto a una divinidad en forma de toro con cabeza de hombre: el Acheloús de los ríos.

La Bicha de Balazote es una pieza única en Occidente, y una de las más misteriosas de la arqueología española. Tiene cuerpo de toro, echado, con cabeza masculina barbada, y una curiosa expresión con los ojos como esperando algo, las pequeñas orejas de bóvido, unos incipientes cuernecillos y el gesto entero de la cabeza vuelta y levantada hacia el espectador. Todo el magnífico ejemplar sugiere mil ideas de misteriosos cultos, pero no conocemos nada acerca de él, excepto su posible identificación con el mencionado Acheloús, corriente primigenia de las aguas terrestres y telúricas. Se le adoró en Epiro, Ática, Asia Menor, Magna Grecia y Sicilia. Es posible que a su llegada ya hubiera en Iberia algo similar, dado el culto general que desde lo más remoto hubo hacia el toro.

Muchas otras cosas nos dejamos sin mencionar por falta de espacio; ha sido un picoteo en cada plato del enorme banquete que nos ofrece la civilización de la tierra de Iberia. Si ha servido para cogerle el gusto, nos sentimos felices.

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