Los dramas íntimos de una chica mala

Las noticias sobre los escándalos protagonizados por Tracey Emin se superponen. Unos cuentan que se emborracha, otros que gritó y abandonó un panel de televisión diciendo que le importaba un carajo, que tropezó con una alfombra roja, que vomitaba sus resacas delante de todos y que convirtió en obra la lista de toda la gente con que se acostó. Ciertas y no, su presentación en Buenos Aires estuvo precedida de esa bien ganada fama de chica maldita. Acaso la más mala de los Young British Artists, lo que ya es mucho decir. Todos chicos malos de los noventa, devenidos señores célebres en lo que va del nuevo siglo. La artista contemporánea que hoy goza del mayor pico de popularidad en el Reino Unido inauguró el jueves pasado en el Malba su primera muestra en América y, como tal, se prestaron a acompañarla el director del British Council y una corte de circunspectos funcionarios de la Embajada británica. En tanto, ella misma, botas vaqueras y bonito vestido de nuevo diseño británico, se parecía un poco a Miss Amelia, la desafortunada chica de la Balada del Café Triste, finalmente congraciada con una vida que le ha empezado a sonreír tras haberla tenido a los tumbos por años .

¿Pero es cierto que la vida finalmente le sonríe a Tracey?

De sus éxitos, desventuras y de la íntima relación que todo ello mantiene con su obra, habló en una entrevista pública que ofreció en el auditorio del Malba al día siguiente. Colmado de gente que conocía más las anécdotas sobre su persona que su obra misma. Aunque en verdad poco importa la diferencia entre ambas ya que son parte de la misma herramienta con que moldea un proceso creativo, que es inseparable de su propia persona.

Solitaria, furiosa y frustrada, rica, sexy, inteligente y talentosa, un buen sentido del humor. Así empezó por definirse. En el mismo tono confesional que desliza en sus obras y en especial en los videos que integran el conjunto que presenta en Buenos Aires, Emin se fue descubriendo ante el público como un ser vulnerable, necesitado de amor pero lo suficientemente fuerte como para enfrentar los ribetes más problemáticos de sí.

Para expresar todo esto Emin se ha valido indistintamente de pinturas, dibujos, objetos, letreros de neón, performances e instalaciones, como “Mi cama”, que trasladó al Premio Turner el desquicio de su intimidad. Pero son los filmes los que le permitieron desplegar la faceta narrativa de enorme potencial afectivo que se muestra ahora en el Malba. Emin empezó a hacer filmes al promediar los 90 y desde entonces ese capítulo de su producción quedó marcado por la singular aptitud de narrar que posee. De todas las cuestiones que revela esta exhibición acaso la más interesante sea su talento para la escritura, que hizo popular a través de sus periódicas columnas en The Independent, junto a un gran manejo de los tiempos narrativos y de los tonos de su propia voz.

Los cinco filmes elegidos por el curador Philip Larratt Smith dan cuenta de esos recursos que la artista pone sabiamente en juego. Reforzados en este caso por un diseño de montaje que compone una suerte de collage de situaciones simultáneas en la penumbra al no separar en espacios cerrados cada proyección. Así se produce una convivencia significativa de imágenes y sonido. De manera tal que el drama íntimo que la artista devela con insospechada franqueza en su doble rol de directora y protagonista, se potencia con el sonido de lo que se proyecta alrededor, que a su vez, forma parte de la misma saga personal. Por momentos una música contagiosa y por momentos un grito desgarrador.

Uno de los más crudos y conmovedores es el que da nombre a la exhibición, How it feels. Originalmente llamado Abortion, How it feels. (Aborto, lo que se siente), Este corto que dura veintidós minutos y fue realizado en 1996, abre con una placa que dice: Esta es la verdadera historia aunque mi interpretación personal de acontecimientos que tuvieron lugar en la primavera de 1990. Lo que le sigue es una larga caminata por la ciudad durante la cual la artista va relatando las circunstancias que se fueron encadenando desde que supo que estaba embarazada cuando jamás imaginó que podía llegar a estarlo, hasta que tomó la decisión de hacerse un aborto con las complicaciones que atravesó antes y después. Vestida como si fuera un muchacho, pelo corto, pantalones, saco y camisa a rayas avanza a paso firme mientras la cámara la sigue.

Desde un punto de vista dramático-religioso, esa caminata podría asimilarse a la tradición del vía crucis que la lleva a detenerse básicamente en un par de estaciones: las escalinatas de la iglesia donde supo que estaba embarazada y el hospital, donde se le practicó el aborto y luego el raspaje en que derivó por haber sido mal hecho.

Emin cuenta todo serenamente, sin golpes bajos, como una simple conversación con una amiga que ocasionalmente cuestiona sus conclusiones pero por sobre todo la ayuda a pensar. Por momentos se detiene y continúa su marcha como si en esa actitud corporal reflejara la decisión de seguir firme, adelante. O también un particular modo de canalizar el enojo consigo misma. Lo interesante de la reflexión que ocupa los veintidós minutos de duración del filme es que no culpa a nadie. Incluso trata de entender los argumentos de los otros, tan diferentes de los de ella.

Como si la mujer sola, que se sentía incapaz de sostener a un hijo no deseado y el médico cristiano que intenta persuadirla de lo contrario desde su cómoda situación económica y su vida feliz, sólo fueran parte de una coincidencia fatal. Hay algo que le permite desdoblarse y presentar las cosas así. Privilegiando la estrategia del narrador en medio de la bronca que impulsa su enérgica caminata. El recorrido es también el doloroso camino hacia sí misma que se animó a remontar recién años después.

La palabra aborto finalmente desapareció del título. La juzgó restrictiva. Así quedó simplemente “Lo que se siente”, que va más allá de este episodio, crucial y por cierto definitivo en su vida. Es una reflexión sobre la frustración, o como ella misma lo expresó: sobre “el sentimiento de fracaso al mirarse a uno mismo en retrospectiva y lo que se siente al ser un artista”. Todo eso se cruza en “How it feels” de un modo seco y perturbador. El calor, la bebida fría y los calmantes que tomó en medio de la fiebre que tuvo tras la intervención mal hecha y la enorme sensación de pérdida.

“Dejé la pintura, dejé el arte, dejé de creer, dejé la fe… concluye en la última confesión que cierra el filme. “Me di cuenta de que había una idea mejor de la creatividad. Mejor que cualquier otra cosa que yo podía hacer con la cabeza o con las manos. Me di cuenta de que había algo, la esencia, lo más importante, el ser mismo de todo. Y me di cuenta de que si iba a hacer arte no podía ser una pinturita de mierda… Si no podía llenar al mundo con alguien a quien amar para siempre y por siempre, entonces no podía llenar el mundo con pavadas. Eso es arte”, después dijo: “Necesito al arte como necesito a Dios”.

En tanto, el relato confesional de “How it feels” se mezcla con el sonido de “Homage to Edvard Munch and All My Dead Children” (Homenaje a Edvard Munch y a todos mis hijos muertos) que se proyecta en el espacio contiguo al de la exhibición. Aquí sólo es la figura desnuda de Emin, acurrucada como un molusco en un muelle frente al mar y un grito desgarrador que no cesa y contamina a “How it feels” con un eco imposible de evitar. Sólo este ingrediente, originalmente no pensado por la artista, agrega al drama impacto adicional. Lo demás es sólo el relato desnudo y su voz.

El otro filme íntimamente relacionado con éste es, “Why I Never Became a Dancer” (Por qué nunca llegué a ser bailarina). Realizado un año antes de “How it feels”, en formato súper 8 como los otros dos, está dominado por la cautivante imagen de ella misma bailando sin parar, al ritmo “You make me feel Mighty Real”, el tema de Sylvester. La danza opera como una suerte de rito de redención a través del cual logra transformar la vergüenza y la humillación en alegría, como ha dicho Sally Munt. El filme abre con el título escrito en un tosco grafiti sobre una pared descascarada y recorre lugares significativos de su infancia y adolescencia en Margate. En ese reducto plebeyo de la costa de Inglaterra donde se crió y descubrió la vida a través del sexo, se enfrentó a la compleja situación de advertirse deseada y al mismo tiempo rechazada. El filme habla de la ilusión de superar el rechazo extendido y redimirse a través de la danza. Pero también del fracaso de esa ilusión que en última instancia la empujó a buscar horizontes fuera de Margate. A ese asunto remite también en “Riding for a Fall”, (Tentando a la suerte), 1998, que toma el título del reggae de la banda de sonido y tiene que ver con la ambición de un regreso con gloria. La vuelta triunfante al sitio de origen.
“Siempre que caí y logré reponerme, pude llegar más alto”, confesó ante una de las tantas preguntas que se le formularon el viernes pasado en el Auditorio del Malba. Su vida en ese sentido se ha parecido bastante a una montaña rusa. De las zonas más oscuras ha logrado empinarse a las más luminosas. Y no siempre está allí el amor, tópico central en su producción a través del cual ha podido canalizar reflexiones de gran hondura sobre el poder y la libertad. “Love is a Strange Thing“ (El amor es una cosa extraña), el más reciente de los videos, de 2000, remite a un sueño y alude a esa condición central en su vida y su obra. “Es una fuerza que puede transformar a Emin, escribió el curador. Estar enamorado es entrar en un grado más alto de conciencia, dependencia y vulnerabilidad extrema”. Un estado de alto riesgo que al menos hasta ahora le funcionó como fuente de su lúcida creatividad.

 

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