Los cristianos tienen que ofrecer a Cristo como verdad y vida


Corrientes, 31 May. 12 (AICA)
Jesús en la Eucarístia

Jesús en la Eucarístia

En su sugerencia para la homilía del próximo domingo, solemnidad de la Santísima Trinidad, el arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que “la formula bautismal sintetiza toda la Verdad que los hombres necesitan incorporar a sus vidas para salirse definitivamente de la dispersión causada por el pecado de origen”, y aseguró que “a partir de ella podrán caminar en la verdad”, por eso la urgencia de “exponer sus exigencias y solicitar, a quienes crean, la aceptación del Bautismo”.

     El prelado señaló que el mandato es “conviértanse y háganse bautizar” y subrayó que “esto confirma la necesidad, por parte del ministerio de la Iglesia, de ofrecer explícitamente el bautismo – o el cumplimiento fiel de sus exigencias a quienes están bautizados – aún en circunstancias desfavorables como las actuales. Para ello es preciso despertar un verdadero interés en quienes comparten el mismo espacio geográfico y social”.

Monseñor Castagna insistió en que “es el momento de tomar en serio el mandato misionero de Jesús, el día de la Ascensión. La urgencia de la evangelización se acentúa notablemente ante el espectáculo dramático de esa preciosa Sangre desperdiciada. Los creyentes cristianos no pueden ocultarse y sepultar su fe en la tierra escabrosa de una sociedad que fue cristiana y ya no lo es. Gracias a Dios hay cristianos, muchos y buenos, que actuarán como ‘resto’ – y fermento – en una masa que no sabe reconocer que lo necesita”.

“Para llegar a ese mundo, cada cristiano debe recorrer el camino de la Encarnación y abajarse a los débiles reclamos de salvación. Así integrará una Iglesia cercana del mundo, no para mundanizarse sino para ofrecerle a Cristo como verdad y vida”, concluyó.

Texto completo de la sugerencia
Para caminar en la Verdad. Jesús establece la ley del Bautismo, en Nombre de la Trinidad, para quienes crean en el testimonio apostólico: “Vayan y hagan que todos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado” (Mateo 28, 19-20). La formula bautismal sintetiza toda la Verdad que los hombres necesitan incorporar a sus vidas para salirse definitivamente de la dispersión causada por el pecado de origen. A partir de ella podrán caminar en la verdad. De allí la urgencia de exponer sus exigencias y solicitar, a quienes crean, la aceptación del Bautismo. En el libro de los Hechos hallamos corroborada esta verdad: “Al oír estas cosas, todos se conmovieron profundamente, y dijeron a Pedro y a los otros Apóstoles: ‘Hermanos, ¿qué debemos hacer?’ Pedro les respondió: ‘Conviértanse y háganse bautizar…’” (2, 37-38). Esto confirma la necesidad, por parte del ministerio de la Iglesia, de ofrecer explícitamente el bautismo – o el cumplimiento fiel de sus exigencias a quienes están bautizados – aún en circunstancias desfavorables como las actuales. Para ello es preciso despertar un verdadero interés en quienes comparten el mismo espacio geográfico y social.

Cristo redime porque ama. Para llegar a valorar el Bautismo como inicio de la Vida Nueva que Jesús inaugura y genera por su Espíritu – en medio del caos y dispersión causados por el pecado – es preciso aceptar el Misterio trinitario como lo presenta el mismo Señor. La Iglesia, al celebrarlo solemnemente, se pone en continuidad con aquella primera comunidad discipular y reactualiza su importancia. Cristo resucitado, después de la declaración formal de su poder divino: “Acercándose Jesús les dijo: ‘Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra.” Mateo 28, 18), pronuncia el inconfundible mandato misionero y la obligación apostólica de bautizar a los creyentes en nombre de la Trinidad. Su poder – todo – fue recibido al vencer la muerte, por el padecimiento de su muerte en Cruz. Por amor ofreció su vida por quienes, con el Padre y el Divino Espíritu, amó desde siempre. Me refiero a toda la humanidad, y a cada una de las personas que la integran, desde sus orígenes hasta el fin. De allí la universalidad de su poder y del mandato otorgado a sus discípulos. Únicamente Dios tiene “todo poder”; Cristo resucitado declara, de esa manera, su divinidad y la autoridad que obtiene.

En la Trinidad está la perfección del hombre. Dios es Uno y Tres Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es la simplicísima Unidad y la perfecta Comunión de Personas. De Dios, así conocido – gracias al testimonio revelador de Jesucristo – todo depende y obtiene su perfección. Particularmente el hombre, creado a imagen de la Trinidad, “varón y mujer”, para que el amor logre en ellos la perfección de Dios: “Sean perfecto como el Padre Celestial es perfecto”. ¡Qué distantes estamos de reflejar la perfección de Dios! El misterio de iniquidad, que constituye el pecado, se opone tenazmente a este plan divino sobre el hombre y la creación. Aunque Cristo ha vencido al pecado y a la muerte se necesita que – esa conmovedora victoria – se apodere de la humanidad. Pero, ¡cuántas personas rehúyen la gracia inestimable de esa victoria! Muchas, muchísimas… Es una situación que lastima a los corazones de los auténticos creyentes. La muy joven Teresa de Lisieux se siente choqueada ante una estampa en la que se representa el derramamiento de la Sangre de Jesús sobre la tierra. No soporta el pensamiento de ese desperdicio inexplicable. No es ingenuidad pensar como aquella joven, llegada a los altares con el nombre popular de Santa Teresita del Niño Jesús.

Los cristianos están en el mundo para ofrecer a Cristo. Es el momento de tomar en serio el mandato misionero de Jesús, el día de la Ascensión. La urgencia de la evangelización se acentúa notablemente ante el espectáculo dramático de esa preciosa Sangre desperdiciada. Los creyentes cristianos no pueden ocultarse y sepultar su fe en la tierra escabrosa de una sociedad que fue cristiana y ya no lo es. Gracias a Dios hay cristianos, muchos y buenos, que actuarán como “resto” – y fermento – en una masa que no sabe reconocer que lo necesita. Para llegar a ese mundo, cada cristiano debe recorrer el camino de la Encarnación y abajarse a los débiles reclamos de salvación. Así integrará una Iglesia cercana del mundo, no para mundanizarse sino para ofrecerle a Cristo como Verdad y Vida.+

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