Los benedictinos: ¿Orar y trabajar?

Los vínculos informales, directos o indirectos, con representantes política o económicamente influyentes, viabilizaron el éxito fundacional de los primeros monasterios benedictinos.
No tan alejados del mundo, tal como se define a un monje contemplativo en la soledad del claustro, los benedictinos provenientes de Europa desplegaron estrategias creativas en la formulación de sus relaciones sociales. Estas modalidades de sociabilidad que los ligaban con diferentes estratos, actores e instituciones de los espacios urbanos y rurales locales, jugaron un rol adaptativo relevante, en términos de inserción, y efectivo, con relación a la reproducción socio-religiosa de las comunidades pioneras. Hasta fines del siglo XIX, las únicas muestras estables de vida contemplativa fueron encaradas por mujeres en los monasterios de carmelitas, clarisas y dominicas1. No obstante, hacia el cierre de la centuria esta situación comenzó a cambiar. Del mismo modo en que lo habían hecho otras congregaciones, los monjes benedictinos probaron suerte en un territorio inhóspito y desconocido a los ojos expectantes de estos pioneros europeos. En esta venturosa incursión no resultaron insignificantes las relaciones con personajes influyentes que, a veces en el marco de esquemas sociales de reciprocidad de obligaciones y contra-obligaciones, contribuyeron al desarrollo del monasticismo benedictino. Procedentes de Francia y España, en 1899 y 1915, las misiones originales se instalaron en las provincias de Entre Ríos y Buenos Aires. Las condiciones de vida prevalecientes en sus abadías del Viejo Mundo poco se asimilaban a las que Argentina les deparaba. En este sentido, si bien cada una de las comunidades atravesó experiencias diversas también tuvieron puntos de similitud. Uno de ellos fue su vínculo con el establecimiento de escuelas agrícolas en contextos rurales. Asimismo, estos grupos desplegaron diferentes adhesiones a las costumbres vigentes en sus casas matrices. La exploración comunitaria en este terreno se mostró, con el pasar de los años, notablemente fructífera en el diseño de nuevos proyectos de vida consagrada. Sin embargo, los inicios constituyeron momentos de adaptación, crisis y reformulación de principios más organizativos que estrictamente religiosos.

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