Los apóstoles de la ciencia

La gloria no llega por carta ni por mail sino a través del cable –siempre enredado– del teléfono. Y directo desde Suecia. A algunos los puede interceptar en el medio de una reunión (como le sucedió a César Milstein en 1984), en la incomodidad de un vuelo (bien lo sabe el químico suizo Richard Ernst), en un bar con una cerveza de por medio (como le ocurrió al médico australiano Barry Marshall en 2005) o, en el caso del inmunólogo australiano Peter Doherty, en el tramo más húmedo de un sueño. “Vivíamos en Memphis, Tennessee, cuando el teléfono sonó a las 4.20 de la mañana en un día frío de octubre –recuerda con detalle este investigador en su libro The Beginner’s Guide to Winning the Nobel Prize: Advice for Young Scientists–. Mi esposa Penny atendió pensando que le había ocurrido algo a uno de sus padres en Australia. Pero la voz del otro lado de la línea no era australiana. ‘Hablo de la Fundación Nobel’, escuchó. Penny me pasó el teléfono. Ahí fue cuando una voz me dijo que ese año, 1996, yo iba a compartir el Nobel de Medicina con mi colega Rolf Zinkernagel por un descubrimiento que habíamos hecho hacía 20 años. Me advirtió que tenía diez minutos para llamar a mi familia antes de que hiciera el anuncio. El teléfono, me dijo, desde entonces no dejaría de sonar. Mi vida no fue normal desde aquel momento”.

Como si una llamada pudiera cambiar una vida. Y puede. A lo largo de 111 años, unos 551 científicos –191 físicos, 161 químicos, 199 médicos o biólogos– pueden contarlo: el premio más explosivo de la ciencia –aquel instaurado por el gran dinamitero de la historia, Alfred Nobel, “el vagabundo más rico del mundo” como lo bautizó Victor Hugo, para limpiar su conciencia– tiene un efecto más mágico que monetario y científico. Los Nobel de ciencia canonizan.

Mientras que el Nobel de literatura inyecta una especie de anestesia inversa en el torrente sanguíneo del mercado editorial impulsando los libros del galardonado a la cima de los rankings de ventas, los de medicina, física y química confieren a los elegidos un halo de santidad. Los inmortaliza. Los introduce a una dinastía, a una elite, al panteón de la ciencia para codearse con Albert Einstein, Niels Bohr, Max Planck y los esposos Curie.

Pese a la controversia que siempre disparan –los científicos olvidados (Dimitri Mendeleiev y Henri Poincaré), las injusticias y la desigualdad de género (Lise Meitner y Rosalind Franklin), el lobby y la política en un mundillo que se dice apolítico (aunque esté muy politizado)–, no hay mayor reconocimiento social en el mundo para un investigador que recibir la llamada mágica desde la tierra de ABBA, el Aquavit y Henning Mankell. Ser elegido en el más profundo secreto por un comité reducido de sólo cinco miembros de fallo incuestionable –que en privado, y a su modo, proclaman “Habemus Nobel”–, además de aportar reconocimiento, o sea, aquella zanahoria que no tan secretamente moviliza a la comunidad científica, transforma a estos individuos nobelizados en una figura casi divina, una voz autorizada para hablar de lo que sea, dentro y fuera de una actividad que, paradójicamente, reniega del argumento de autoridad.

“No se está muy lejos de una canonización en el sentido eclesiástico, donde las comisiones especializadas no dejan de investigar cada año la santidad de los candidatos, con la única diferencia de que los premiados deben estar vivos”, apuntaba el filósofo francés Jean-Jacques Salomon en su imprescindible Los científicos: entre poder y saber.

En cierta forma, el prestigio delegado reviste la palabra de los premiados ante los medios de una autoridad intocable similar a la de los grandes sabios de la Antigüedad. Los consagra como expertólogos, una nueva profesión que no los exime de caer en los más inesperados patinazos y desviaciones. El médico francés Charles Richet, por ejemplo, defendía públicamente la existencia de fantasmas. Pierre Curie consultaba a la médium italiana Eusapia Paladino. El químico Linus Pauling fundó la medicina ortomolecular y promovió suministrar altas dosis de vitamina C para curar el cáncer. El químico estadounidense Kary Mullis, por su parte, es un declarado negacionista del sida y del cambio climático, además de alimentar las teorías conspirativas y creer en abducciones alienígenas. El virólogo francés Luc Montaigner defiende aquella pseudociencia conocida como homeopatía y el timo de la “memoria del agua”, además de apoyar el movimiento medieval antivacunación. El físico Brian Josephson cree en los fenómenos paranormales. Y el codescubridor de la estructura del ADN, James Watson, desencadenó una controversia planetaria en 2007 al refregar mediáticamente su racismo interior y afirmar que los negros son menos inteligentes que los blancos (años después de haber declarado que una mujer debería poder abortar si los análisis preparto mostraban que su hijo iba a ser homosexual). Por algo la llaman “enfermedad Nobel”.

Un premio con telarañas

Desde el florecimiento de las Academias, siempre existieron los concursos y las recompensas científicas para promover la solución de problemas o reconocer un descubrimiento. La Royal Society de Inglaterra entregó la primera medalla Copley en 1731. En biología, la Medalla Darwin-Wallace se estableció en 1908. El premio Lenin, en 1925. En matemática, la Medalla Fields está desde 1936. En física, el Premio Enrico Fermi nació en 1956. Y el X Prize, 2004. Pero el Nobel siempre fue distinto, pese a no ser el premio que otorga más dinero (940 mil euros, comparados con los 2,4 millones que otorga el recientemente establecido premio Milner en física fundamental que este año fue a parar al físico teórico argentino Juan Martín Maldacena).

Lo que en su principio nació como una especie de beca científica –un alivio económico, un empujón para investigar sin preocuparse– terminó siendo lo que es hoy: un reconocimiento en vida por un descubrimiento lejano en el tiempo, una jubilación de privilegio por los servicios científicos prestados. “Un billete para la tumba”, decía T. S. Eliot.

Aunque lo más curioso no es eso sino esto: los Nobel son sobre todo un premio anacrónico. Con su parafernalia y protocolo que estalla en diciembre con una ceremonia con ribetes masónicos, dinásticos, celebran un modo antiguo, casi paleolítico de hacer ciencia. Al premiar a un investigador (o a lo sumo a tres en cada categoría), el Nobel le imprime su sello de aprobación al arquetipo vencido y plagado de telarañas del investigador aislado, el héroe, el arduo trabajador en pos del descubrimiento, el puro saber.

Intencionalmente o no, refuerza la imagen anticuada del sabio, del genio (lo cual explica por qué en 1980 se fundara en California el Repository for Germinal Choice, también conocido como el “Banco de semen de los Premios Nobel” que funcionó hasta 1999 con el fin de “salvar a la humanidad y repoblarla de seres más inteligentes” y que contó entre sus ofertantes de esperma a William Shockley, Premio Nobel de Física en 1956 y defensor de la eugenesia).

“El Premio Nobel se ha convertido en un símbolo exagerado de la excelencia científica”, señaló en su libro Scientific Elite la socióloga Harriet Zuckerman, madre de un Premio Nobel (pero de economía), Robert C. Merton. De una manera u otra, esta medalla (y su diploma) expone también la tensión entre la realidad y un ideal o imagen extinta del quehacer científico. Recuerdan una forma de hacer ciencia que ya no existe: el Nobel habla más del ayer que del hoy. Es una máquina del tiempo que, más que radiografiar el actual estado de la investigación científica en el mundo, rememoran una época romántica, anterior a que los científicos evolucionaran de amateurs a profesionales, de trabajar en solitario a hacerlo en grupo.

Por eso, quizá, no escasean los que sostienen que el siglo XXI requiere un nuevo Premio Nobel. Que se actualice a los actuales tiempos, a la época de la llamada Big science. O sea, un tiempo de proyectos colectivos, faraónicos, de presupuestos millonarios que despegaron en la segunda mitad del siglo XX, cuando los científicos fueron movilizados en masa para trabajar en pos de un objetivo del Estado, como lo fue el Proyecto Manhattan, el desarrollo de la primera bomba atómica.

Cuando llegue el momento de premiar la caza del bosón de Higgs o al Proyecto Genoma Humano, ¿a quién llamarán desde Suecia? ¿Al físico Peter Higgs que anticipó teóricamente esta partícula elusiva o a los cuatro mil físicos de 30 países que trabajaron en el LHC o mal llamada “máquina de dios”? ¿Craig Venter y Francis Collins viajarán a Estocolmo o lo harán las decenas de miles de biólogos e ingenieros moleculares que descifraron nuestro manual de instrucciones interior, nuestro genoma?

Además, otro asunto nada menor: producto de la hiperespecialización, los muros entre las disciplinas hace tiempo comenzaron a desplomarse. Las categorías de “medicina”, “física” y “química” son demasiado vagas, y le quedan muy grandes a ramas que nacen todos los días como la biología cuántica, la sociohidrología, la geofísica y la cada vez más mediática astrobiología. Ni hablar de la inteligencia artificial o la biología sintética.

Carrera a la fama

Los Premios Nobel no sólo desatan una carrera hacia la gloria: el recuento año tras año de los Nobel obtenidos por un país no es diferente del recuento de las medallas obtenidas en los Juegos Olímpicos (además, el Nobel no sólo se otorga, se gana, y, por ende, alguien pierde). También, como advertía Robert K. Merton (padre de Robert C. Merton y marido de Harriet Zuckerman), consagra la estratificación actual de las ciencias. A esto, el fundador de la sociología de la ciencia, bautizó el “efecto San Mateo”: el hecho de que los investigadores eminentes sean más reconocidos y gratificados que otros investigadores menos conocidos por contribuciones equivalentes. Como apuntaba Mario Bunge, el efecto San Mateo es uno de los mecanismos que intervienen en la estratificación de las comunidades científicas: bien arriba están aquellos que lograron bautizar una teoría, ley o método con su nombre. Un poco más abajo se encuentran los ganadores del Premio Nobel, seguidos por los “nobelizables”, o sea, tanto los eternos candidatos en lista de espera o los injustamente olvidados. Luego vienen los jefes de laboratorio y aquellos que cosechan la mayor cantidad de citas en papers. Y bien, pero bien abajo, casi en el subsuelo de la comunidad científica, el proletariado de la ciencia, los investigadores muchas veces invisibilizados, aquellos que hacen el trabajo de hormiga.

Los ganadores del Nobel son, así vistos, los caballeros de una nueva clase, una nueva aristocracia. Aquella que este año abrió sus puertas para recibir a sus nuevos miembros: el ex yudoka japonés Shinya Yamanaka y el inglés John B. Gurdon, cuya maestra de colegio le decía de chico que sus pretensiones científicas eran una pérdida de tiempo, ambos pioneros en el mundo de las células madre; el francés Serge Haroche y el estadounidense David Wineland por sus aportes en óptica cuántica, aquella rama de la física para muchos incomprensible que deparará un futuro no muy lejano de supercomputadoras . Y, también, a la dupla química norteamericana de Robert Lefkowitz y Brian Kobilka por sus trabajos fundamentales sobre los receptores, a través de los cuales las células del cuerpo advierten qué sucede en su entorno. Todos ellos nuevos integrantes que, seguramente, concordarán con las palabras políticamente correctas del inmunólogo estadounidense (y Premio Nobel) John Michael Bishop que alguna vez dijo: “Ganar premios no es a lo que apuntan los científicos; no es el objetivo de la mayoría de los investigadores. Hacemos nuestro trabajo porque nos encanta y buscamos desafiar los rompecabezas de la naturaleza porque no podemos pensar en algo que nos gustaría más hacer”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *