Los apóstoles de Jesucristo

Testigos y enviados de Jesús
El ministerio apostólico

Testigos y enviados de Jesús

Tomando la palabra, Pedro dijo: «Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué recompensa recibiremos?». Jesús les contestó: «Os aseguro que vosotros, los que me habéis seguido, cuando el Hijo del hombre se siente en su trono de gloria, os sentaréis también vosotros en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel» (Mateo 19,28).

Los Evangelios narran que Jesús eligió de entre sus seguidores a «doce», a los que introdujo en el círculo más íntimo de su vida, les hizo partícipes directos de sus enseñanzas y les confió la tarea de transmitir sus enseñanzas a todas las naciones de la tierra. Éste es el significado de la palabra apóstol: enviado, mensajero, portador autorizado de un mensaje, de acuerdo con el principio rabínico: «El enviado de una persona es como esa persona».

Los elegidos fueron: el pescador Simón, a quien más adelante Jesús le añadió el nombre de «Cefas» (Piedra, Pedro); su hermano, y también pescador, Andrés; los también pescadores Santiago (el Mayor) y su hermano Juan, hijos del Zebedeo, cuyo carácter impetuoso les valió que Jesús les calificara de Boanerges (hijos del trueno); Felipe de Betsaida, hombre al parecer bien relacionado con los paganos, pues un grupo de éstos solicitaron su intervención para conseguir una entrevista con el Maestro; Bartolomé (a quien a veces se identifica con Natanael); el recaudador de impuestos Mateo, hijo de Alfeo, también llamado Leví, probablemente originario de Cafarnaúm, autor al parecer de una colección de sentencias de Jesús en arameo (o hebreo) hoy perdidas; Tomás, llamado Dídimo (gemelo), célebre por su obstinada negativa a creer en la resurrección de Jesús; Santiago (el Menor), tal vez oriundo de Nazaret, a quien el Evangelio de Marcos llama «hermano del Señor» y que desempeñó en Jerusalén una importante labor mediadora entre los cristianos judaizantes y los helenistas; Pablo le menciona como «una de las columnas» de la comunidad jerosolimitana; se le atribuye la carta transmitida bajo su nombre; Santiago, hijo de Alfeo, a menudo erróneamente identificado con Santiago el Menor; Judas Tadeo; Simón el Zelota, así llamado por haber pertenecido a este grupo de nacionalistas militantes; finalmente, Judas Iscariote, el que traicionó a Jesús. A ellos debe añadirse Matías, elegido por «los once» para sustituir al traidor Judas.

Son escasos los datos seguros de las biografías de cada uno de ellos. El primero en morir fue Judas Iscariote. Arrepentido de su traición y desdeñosamente tratado por los sacerdotes, tomó la desesperada decisión de ahorcarse en las afueras de Jerusalén, en el «campo del alfarero» o «campo de la sangre». El siguiente fue Santiago el Mayor, ejecutado entre los años 41 y 44 por orden de Herodes Agripa. Simón Pedro ejerció su ministerio en Jerusalén, Antioquía, Asia Menor y Roma, donde murió crucificado, durante la persecución de Nerón, hacia el año 64 o 67. Figuran bajo su nombre dos cartas católicas, si bien la segunda es con seguridad pseudoepigráfica. Juan formó parte del grupo más íntimo de Jesús. Según una leyenda no comprobada, después del concilio de Jerusalén se trasladó a Éfeso con María. Esta misma leyenda le presenta desterrado por Domiciano a la isla de Patmos, donde escribió el Apocalipsis. Se le atribuye también el Evangelio de su nombre y tres cartas. Se ignora la fecha y el lugar de su muerte. Los datos sobre las actividades y el género de martirio de los restantes apóstoles proceden de leyendas y escritos tardíos de escaso rigor histórico.

Pablo constituye un caso excepcional. No formó parte de «los doce» pero él reclamó enérgicamente para sí este título. Nacido en Tarso de Cilicia, ciudadano romano por derecho de nacimiento y educado en el rigor del fariseísmo, tras su conversión llevó a cabo una enorme labor evangelizadora por toda la cuenca mediterránea. Escribió numerosas cartas que son la verdadera urdimbre de gran parte de la vida espiritual del cristianismo. Pudo afirmar con razón que «había trabajado más que ningún otro apóstol». Murió decapitado en Roma, hacia el año 64 o 67. La liturgia ha unido indisolublemente el nombre de este «apóstol de los gentiles» al de Pedro, «apóstol de los judíos».

El ministerio apostólico

La tarea principal de los apóstoles fue la oración y el anuncio de la «buena nueva» (del evangelio), es decir, la proclamación fiel del mensaje de Jesús. Los escritos sagrados les presentan como un grupo colegiado («los doce»), en el que se asigna a Pedro un papel especial: «Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» (Mateo 16,19). «He rogado por ti [Pedro] para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos» (Lucas 22,32).

Como oyentes y testigos directos de la doctrina de Jesús, se constituyen en garantes de su transmisión auténtica. Se saben asimismo revestidos de una especial autoridad en cuanto que han sido enviados por Jesús del mismo modo que Jesús ha sido enviado por el Padre. Han recibido el Espíritu Santo y el poder de «atar y desatar», de perdonar los pecados. Es esta conciencia de la autoridad recibida de Jesús la que les permite remitir a las comunidades de Antioquía, Siria y Cilicia las graves decisiones tomadas en el concilio de Jerusalén con esta solemne introducción: «Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…» (Hechos de los Apóstoles 15,28).

Para poder cumplir el mandato de anunciar la buena nueva a todas las naciones de la tierra «hasta el fin de los tiempos», eligieron sucesores a quienes confiaron, con igual autoridad, la prosecución del ministerio de la palabra. En ellos se inicia, pues, la sucesión apostólica. La cadena ininterrumpida de sus sucesores se convierte en criterio de la verdadera doctrina. A ellos ha de volver incesantemente su mirada la Iglesia para cerciorarse de que no se producen desviaciones doctrinales. La Iglesia es apostólica porque se mantiene fiel a la tradición recibida de los apóstoles (tradición apostólica).

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