Los Años de la Humanidad

Kudzi y Tongaï hacían comentarios burlones por lo bajo, removiendo el barro seco del suelo con sus pies desnudos. Papa Mubatsiri los miraba de reojo mientras partía un tronco en pequeños trozos a punta de machete. El objeto de su burla era Papa Tadika, el hombre más viejo de todo Kazungula y quizás de todo Zimbabwe. Papa Mubatsiri los dejó hacer un rato más, pero losadolescentes ha cían muecas y ruidos extraños, cloqueaban por lo bajo haciéndole creer a un casi ciego Papa Tadika que una gallina cruzaba por su camino. El viejo, afanoso, la buscaba con la punta de su nudoso bastón. Kudzi y Tongaï, que estaban en esa edad incierta en que ni se es niño pero tampoco se es lo suficientemente maduro, morían de risa ante los apuros del viejo Tadika. Papa Mubatsiri dejó su labor arrojando el machete a un lado, llegó hasta ellos y tomándolos de los hombros, los empujó con firmeza hacia dos tocones de árbol, donde los hizo sentarse.

—Papa Tadika merece más que risas de ustedes. ¿Alguien les ha referido cómo es que los seres humanos logramos vivir tanto tiempo?

—Hace años, el creador de todas las cosas se sentó en aquella piedra… por eso nuestra tierra se llama así, Dzimba dza mabwe, nuestra «casa de piedras». Había decidido fijar el tiempo que sus criaturas podían disfrutar su creación; el primero fue el hombre. “Veamos”, dijo, “eres el rey de la creación. Bien, gobernarás y caminarás lozano y hermoso sobre la tierra por veinte años”. El hombre, no muy complacido con el tiempo regalado, se hizo a un lado. El siguiente fue el burro: “Trabajarás sin descanso para tus amos por sesenta años”. El burro suplicó: “Sesenta años son demasiados para soportar tanta carga y malos tratos, déjame tan sólo vivir hasta los treinta”. “Sea”, dijo el creador. Luego llegó ante su presencia el perro: “Tu fidelidad y amor por la familia que te dará de comer verá la luz por treinta y cinco años”. El perro sacudió la cabeza: “No, Señor, demasiadas humillaciones y noches bajo el frío cielo. Sólo resistiré quince años”. Dios suspiró: “Bien, quince años”. Al final, se acercó el simio: “Causarás la risa de los hombres con tus muecas y andares por sesenta y cinco años”… El simio infló los labios: “Señor, ser el bufón de todos no es cosa placentera. Déjame cincuenta años de vida, con ellos bastará”.Dios sonrió: “Bien, que así sea”.

—Dios se levantó dispuesto a retirarse, pero el hombre, poco conforme con el tiempo de vida recibido suplicó: “Señor de las cosas y los seres. Poco tiempo es el que le has regalado a tu criatura favorita. Te pido para mí y para mi descendencia los treinta años que el burro noquiso, los veinte que el perro aborreció y los quince a los que el simio dijo no”. Dios miró a su criatura profundamente… “Bien, sea. Pero además de tus lozanos años, vivirás la vida de cada una de esas criaturas en tu proia vida…” y es así, jovencitos —remató Papa Mubatsiri—, que por eso somos lozanos y hermosos hasta los veinte años, luego tenemos que ganarnosel sustento trabajando como los burros de sol a sol para mantener una familia hasta los cincuenta, para seguir cuidándola como un perro por otros veinte años y terminar siendo objeto de sus burlas en el ocaso de nuestras vidas. Si tienen suerte, llegarán a laedad de Papa Tadika pero, me pregunto, ¿habrán logrado hacer la mitad de lo que él hizopor su familia y su aldea? Cuando tenía la lozana edad de la humanidad, se dio a la tarea de enseñar a otros a leer y escribir. Y en la edad en que el hombre se compara a los burros, trabajó duro para que el agua del río llegara hastala aldea. Ustedes no tienen que cargar el agua desde la ribera gracias a él… y cuando fue la guerra, el viejo Tadika defendió a sus padres, que todavía eran unos niños, de morir, exactamente como lo haría un perro con sus amos. Y si ustedes pisan este suelo es gracias a él… así que guarden sus burlas ahora que Tadika es un anciano contrahecho y sin fuerza.

Papa Mubatsiri se levantó y recogiendo el machete, volvió a su tarea de partir leña. Kudzi y Tongaï, avergonzados, caminaron hasta donde estaba Papa Tadika y, con respeto, le ofrecieron sus jóvenes y fuertes brazos para que se apoyara en ellos y conducirlo así hasta la puerta de su casa.

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