Los ángeles, signo de la presencia de Dios

Intervención del Papa durante el rezo del Ángelus, ante los miles de peregrinos congregados en la Plaza de San Pedro, en el I domingo de Cuaresma.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy el primer domingo de Cuaresma, y el Evangelio, con el estilo sobrio y conciso de san Marcos, nos introduce en el clima de este tiempo litúrgico: «El Espíritu empujó a Jesús al desierto, y permaneció en el desierto cuarenta días, siendo tentado por Satanás» (Mc 1,12). En Tierra Santa, al oeste del río Jordán y del oasis de Jericó, se encuentra el desierto de Judea, que por valles pedregosos, superando un desnivel de casi mil metros, sube hasta Jerusalén. Tras haber recibido el bautismo de Juan, Jesús se adentró en aquella soledad llevado por el mismo Espíritu Santo, que se había posado sobre Él consagrándolo y revelándolo como Hijo de Dios. En el desierto, lugar de la prueba, como muestra la experiencia del pueblo de Israel, aparece con viva dramaticidad la realidad de la kenosis, del vaciamiento de Cristo, que se ha despojado de la forma de Dios (cfr Fil 2,6-7). Él, que no ha pecado y no puede pecar, se somete a la prueba y por ello puede combatir nuestra enfermedad (cfr Hb 4,15). Se deja tentar por Satanás, el adversario, que desde el principio se opuso al designio salvífico de Dios en favor de los hombres.

Casi de pasada, en la brevedad del relato, frente a esta figura oscura y tenebrosa que se atreve a tentar al Señor, aparecen los ángeles, figuras luminosas y misteriosas. Los ángeles, dice el Evangelio, «servían» a Jesús (Mc 1,13); son el contrapunto de Satanás. «Ángel» quiere decir «enviado». En todo el Antiguo Testamento encontramos estas figuras que, en el nombre de Dios ayudan y guían a los hombres. Basta recordar el Libro de Tobías, en el que aparece la figura del ángel Rafael, que ayuda al protagonista en tantas vicisitudes. La presencia reafirmante del ángel del Señor acompaña al pueblo de Israel en todas sus circunstancias buenas y malas. En el umbral del Nuevo Testamento, Gabriel fue enviado a anunciar a Zacarías y a María los alegres acontecimientos que están al comienzo de nuestra salvación; y un ángel, del cual no se dice el nombre, advierte a José, orientándolo en aquel momento de inseguridad. Un coro de ángeles trajo a los pastores la buena noticia del nacimiento del Salvador; como también fueron los ángeles quienes anunciaron a las mujeres la noticia gozosa de su resurrección. Al final de los tiempos, los ángeles acompañarán a Jesús en su venida en la gloria (cfr Mt 25,31). Los ángeles sirven a Jesús, que es ciertamente superior a ellos, y esta dignidad suya es aquí, en el Evangelio, proclamada de modo claro, aunque discreto. De hecho aún en la situación de extrema pobreza y humildad, cuando es tentado por Satanás, Él sigue siendo el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor.

Queridos hermanos y hermanos, quitaríamos una parte notable del Evangelio si dejáramos aparte a estos seres enviados por Dios, que anunciaron su presencia entre nosotros y que son un signo de ella. Invoquémosles, a menudo, para que nos sostengan en el empeño de seguir a Jesús hasta identificarlos con Él. Pidámosles, especialmente hoy, que velen sobre mí y sobre los colaboradores de la Curia Romana que esta tarde, como cada año, comenzaremos la semana de Ejercicios espirituales. María, Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.

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