Lo que siempre está es la ausencia

Suena la campanilla de un teléfono que nadie atiende. Es la campanilla de un teléfono de los de antes, un ring ring ring infinito. No hay nadie o nadie quiere o tal vez nadie puede levantar el tubo y responder. Y ese sonido fatal, monocorde y sin emoción, como un latido, se va volviendo dramático, desesperado y desesperante. Es el sonido del video “La piedad”, obra clave de la muestra La reconvención, de Jorge Canale, que puede recorrerse estos días en la sala “J” del Centro Cultural Recoleta. Junto al video hay otra obra con el mismo título –un conjunto de cinco acrílicos sobre papel– que en alguna medida da origen al video. Es una secuencia de cinco escenas que representan a una mujer junto a su hijo en su lecho de muerte. Pero también esa obra que luego dará origen al video fue originalmente otra cosa. Los cinco acrílicos nacieron de un pedido que el hijo de Canale, dramaturgo, le hizo años atrás a su padre, vinculado no solo con el arte sino también con la publicidad y el diseño gráfico: un story-board para una obra de teatro en la que una madre decide desconectar a su hijo del respirador que lo mantiene artificialmente con vida. Esos cinco cartoncitos del story-board se convirtieron luego en las cinco pinturas, de las que luego nacieron las fotografías co las que se armó el video. Y esos cambios, esas transformaciones de una obra a lo largo del tiempo constituyen uno de los sentidos de la muestra y del título La reconvención.

Canale, cuyo padre fue abogado y juez, explica que, en términos jurídicos, reconvención es una demanda que se le hace a alguien a partir de sus dichos del pasado. Y que también los géneros y la obra misma se reconvienen. Así, sin diseño previo, lo que fue un story-board se convierte en cinco pinturas, que se convierten en decenas de fotos, que se convierten en video. Y que cambian de sentido. “Las obras están abiertas a que se les llame la atención en el futuro”, explica Canale, especialmente interesado en recrear permanentemente los contenidos de su obra y dejarla vivir con algo que podríamos llamar autonomía.

El artista tomó unas siete fotografías de cada uno de sus cinco acrílicos, detalles, planos más abiertos o cerrados, distintos ángulos. Luego montó en el video una secuencia de esas fotos, que van dejando lugar una a la otra con cada ring del teléfono. Las imágenes se suceden, van cambiando.

La mujer llora, hay un llamado (¿desde el más allá’), ¿la mujer lo escucha?, ¿es para ella, para nosotros?, la mujer deja su silla vacía junto a la cama, la mujer toma y abraza como en una Pietá ese cuerpo que le pertenecía y ya no le pertenece, lo lleva hacia quién sabe dónde, mientras el teléfono sigue sonando, insoportable, ring ring, y con cada ring, una nueva imagen. Suena el teléfono. Y no hay nada que decir. Murió. Eso es todo lo que hay para decir, y nadie lo dice.

Hay en la muestra otras reconvenciones. No es sólo esa obra que fue story-board y luego acrílicos y luego fotos y luego video la que es demandada y reconvenida. Casi fuera de la muestra, como una especie de prólogo antes de entrar en la sala propiamente dicha, hay un retrato fotográfico de un joven. Se llama “Bachiller” y es de autor anónimo. El retratado tiene nombre: es Jorge Canale recién recibido, en 1966. Una foto de graduación.

El joven, pura promesa, puro proyecto, de mirada a la vez orgullosa e insegura, es aquel Canale, se llama igual que este Canale, ya reconvenido tantas veces.

Lo mismo que la figura de “La ciénaga”, la escultura que abre la muestra, en la que el artista se representó a sí mismo en un futuro que paradójicamente parece estar fuera del tiempo. De una manera rara, como si estuviera a punto de levitar, el hombre yace sobre leca dentro de una caja pero en realidad parece no estar en ninguna parte y uno no sabe si ver en la escena a alguien que acaba de nacer o a alguien que está a punto de morir; si se trata de un cielo o de un infierno; si es alguien que se eleva o se hunde.

En todas las obras de la muestra está esa impronta de intemporalidad o, más bien, de cruce de tiempos, de pasados con futuros, determinado –otra vez– por la idea de reconvención, por esa especie de exigencia imposible de continuidad en el ser, por ese mandato irrealizable de inmanencia, de apego a un imposible presente eterno.

Se sabe, pocas cosas son permanentes. Una que suele serlo es la ausencia. Y con la ausencia, el duelo. En muchas obras de La reconvención esa ausencia y ese duelo están simbolizados por una silla vacía que Canale sitúa como un ícono frente a sus pinturas, operación con la que tiende a salir del plano, de la pared, y a convertir las pinturas en instalaciones. Son muchas las ausencias que se presentan en la muestra: las del niño y el joven que fue Canale, las de los Canale que no fue ni será, las de su madre y su padre, que esperaba de él no un artista sino un abogado.

Expectativa frustrada que Canale aborda en “La desobediencia”, donde un enano de jardín observa desde abajo una tela vacía en la que se apoya una escalera junto a las herramientas del pintor: un pincel y unos pomos de pintura.

La silla vacía vuelve a aparecer en “La ilusión”, la pintura de una novia –la mamá, suponemos–  que evoca las fotos de novias que durante décadas fueron infaltables sobre las cabeceras de las camas matrimoniales en las casas de clase media de la Argentina. Y, caída, frente a “El verano”, otra pintura que evoca las fotos también clásicas de la infancia, en la playa. Vuelve a aparecer la silla caída en “La partida”, fotos de sus padres que Canale tomó décadas atrás  con una vieja cámara Mamiya, flanqueando una pintura que es un autorretrato suyo de espaldas.  Hoy esas fotos son otra obra, tienen otro sentido.

Dice Canale en un texto que se lee en la entrada de la muestra: “La vida pareciera ser una sucesión de reconvenciones, como la historia en sus transformaciones ideológicas y el universo en su descubrimiento. También la obra, cuando cambia de contexto, reconvierte su significado y se expone al cargo que la mirada ejerce sobre ella; requerimiento que al concepto que la sustenta le dirige. Incubo el arte de verdad y mentira se dona a la reconvención de su sentido, hipótesis de su permanencia”.
Incansable, el teléfono sigue sonando en toda la sala.

 

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