Lo que Marx y Engels escribieron sobre América Latina

l 25 de octubre de 1917 comenzó la Revolución Rusa. Basándose en las teorías de Karl Marx, Vladimir Lenin encabezó en esta fecha la primera revolución comunista del siglo XX, instauró la dictadura del proletariado, adoptó como régimen político la República Federal Socialista y Soviética Rusa y expropió a los terratenientes de sus tierras y las repartió entre los campesinos. Las empresas pasaron a ser propiedad del estado, bajo el control de los mismos trabajadores. La Revolución de Octubre -el acontecimiento político, económico y social más importante del siglo XX- tuvo lugar el 7 de noviembre de 1917 de nuestro calendario, pero al momento de la revuelta, Rusia aún se regía por el calendario juliano, mientras que la mayoría de los países occidentales, inclusive la Argentina, se regían por el calendario gregoriano. Reproducimos a continuación un artículo aparecido en 1972 en La Opinión Cultural, que alude al pensamiento de Marx y Engels sobre América Latina.

Fuente: La Opinión Cultural, domingo 12 de noviembre de 1972, pág. 7
Contradicciones de un pensamiento acerca del problema nacional

Insertos en las luchas políticas de su época, y elaborando al mismo tiempo herramientas teóricas que permitieran provocar el cambio social, KarL Marx y Friedrich Engels no desdeñaron ocuparse del Nuevo Continente. Dentro de sus escritos teóricos y sus actividades en la Europa de la segunda mitad del siglo XIX, estas reflexiones sobre Norte y Sudamérica son periféricas, pero –no pocas veces– audaces. Sin embargo, resulta irrelevante criticar a los fundadores del materialismo histórico con ojos dogmáticos. Seres humanos al fin, productos también de la Historia, su marxismo no es infalible; y si en su afanosa elaboración de la realidad muchas veces erraron los cálculos, no por eso sus aciertos son menores.

Cuadernos de Pasado y Presente publicará próximamente en el país Materiales para la historia de América Latina de Karl Marx y Friedrich Engels, una laboriosa edición con notas críticas de todos los textos que los pensadores alemanes dedicaron a esta parte del continente, muchos de los cuales se editan en español por primera vez. En estas páginas se incluye un fragmento de la introducción al libro, a cargo de Pedro Scaron, y una interesante correspondencia de Engels que revela su conocimiento del movimiento obrero en Buenos Aires.

Introducción

América Latina rara vez fue objeto de atención preferente, o siquiera sostenida, por parte de Marx y Engels. Para la conciencia europea del siglo XIX esta región del mundo era casi una terra incognita, y sólo grandes acontecimientos (la lucha por la independencia hispanoamericana, la guerra de México, la intervención anglo-franco-española contra ese mismo país) obligaron a no pocos estudiosos y políticos del Viejo Mundo a recordar que el término “América” no siempre era un sinónimo exactamente intercambiable por la denominación “Estados Unidos”. Pese a su talento y sus intereses poco menos que enciclopédicos, Marx y Engels no fueron en ese aspecto una excepción. Los textos suyos referidos directa o indirectamente a América Latina, aunque más abundantes de lo que generalmente se supone, representan una parte muy pequeña de su obra total.

Estos Materiales para la historia de América Latina constituyen también, y en muy primer lugar, materiales para la historia del pensamiento marxista. En contra de teorías muy difundidas, según las cuales con la redacción del Manifiesto comunista quedarían trazadas, poco menos que definitivamente, las grandes líneas de la concepción que Marx se había formado del mundo, líneas que en los decenios sucesivos sólo conocerían una prolongación armoniosa, el análisis de estos textos contribuye a hacer patente que la evolución del pensamiento de Marx y Engels sobre la cuestión nacional es extremadamente compleja. Diríamos que accidentada, inclusive. La filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés, vale decir lo que Lenin llamó con acierto las “tres fuentes” o “tres partes integrantes del marxismo”, se fusionaron aquí menos felizmente, más conflictiva y trabajosamente que en otras esferas del ideario de Marx.

Es posible reconocer varias etapas en el desarrollo del pensamiento de Marx y Engels sobre el problema nacional, y en particular sobre la expansión de los grandes países del Occidente europeo a expensas del mundo extraeuropeo.

Una primera, con fecha de comienzo imprecisa pero no posterior a 1847, y que se cierra de Crimea (1856). Lo característico de este período es que Marx y Engels combinan el repudio moral a las atrocidades del colonialismo con la más o menos velada justificación teórica del mismo. Los famosos artículos sobre la dominación británica en la India enuncian notablemente esta posición, reseñada así por el propio Marx en una carta del 14 de junio de 1853 a Engels: “He proseguido esta guerra oculta (a favor de la centralización) en mi primer artículo sobre la India, en el que se presenta como revolucionaria la destrucción de la industria vernácula por Inglaterra. Esto les resultará muy shocking (a los editorialistas de The New York Daily Tribune, el periódico norteamericano en el que colaboraba Marx). Por lo demás, la administración británica en la India, en su conjunto, era cochina y sigue siéndolo hasta el presente”. A juicio de Marx y Engels el capitalismo desarrollado de países como Inglaterra ejercía una influencia “civilizadora” (en ocasiones ellos mismos ponían esta palabra entre comillas) sobre los “países bárbaros”, aún no capitalistas; los sacaba de su quietud (una quietud muy hegeliana, dicho sea entre paréntesis) para arrojarlos violentamente a la senda del progreso histórico. Las consecuencias devastadoras de la libre competencia a escala mundial eran tan positivas, en último análisis, como las que resultaban de aquélla en el interior de un país capitalista cualquiera. La libertad comercial aceleraba la revolución social. Era natural, entonces, que Marx, aun cuando “solamente en ese sentido revolucionario”, se pronunciara en esa época “a favor del libre cambio”. Todavía a fines del decenio de 1850 Marx se burla del proteccionista Carey porque éste, aunque consideraba “armónico” el aniquilamiento de la producción patriarcal por la industrial dentro de un país determinado, tenía por “inarmónico” el que la gran industria inglesa disolviera las formas “patriarcales o pequeñoburguesas” de la producción nacional de otros países. Carey relegaba al olvido “el contenido positivo de estos procesos de disolución (…) en su manifestación plena, correspondiente al mercado mundial”.

Dentro de la misma Europa, determinadas naciones eran para Marx y Engels las portadoras del progreso histórico, mientras que las demás no tenían otra misión que la de dejarse absorber por sus vecinos más poderosos. ¿Esta tesis, puede preguntarse el lector, no contradecía la exigencia internacionalista formulada en el Manifiesto, la consigna que demandaba la unidad de los proletarios de todos los países, excluyendo implícitamente las rivalidades nacionales entre ellos? Marx y Engels, muy posiblemente, habrían respondido que la pregunta estaba mal planteada: aquella consigna sólo podía tener validez para las relaciones entre países… donde hubiera proletarios. “En todos los países civilizados el movimiento democrático aspira en última instancia a la dominación política por el proletariado presupone, por ende, que exista un proletariado; que exista una burguesía dominante; que exista una industria que produzca al proletariado y que haya vuelto dominante a la burguesía. De todo esto no encontramos nada en Noruega ni en la Suiza de los primitivos cantones”. A fortiori, pretender aplicar a la guerra entre Estados Unidos y México, por ejemplo, los principios de lo que después se llamó internacionalismo proletario, habría sido visto por Marx y Engels como el colmo de la desubicación histórica.

Hacia 1856 se abre una nueva etapa en el pensamiento de Marx y Engels sobre el problema nacional y colonial, la cual dura, también aproximadamente, hasta la fundación de la Internacional (1864). Se trata de una fase de transición. Marx y Engels no revisan claramente sus concepciones teóricas sobre la relación entre las grandes potencias europeas y el mundo colonial o semicolonial, pero en sus escritos acerca del tema el aspecto que prevalece, en la mayor parte de los casos, es la denuncia de los atropellos de aquellas potencias y la reivindicación del derecho que asistía a chinos, indios, etc., de resistir contra los agresores u ocupantes extranjeros. Un hecho interesante es que la mayor parte de los trabajos de Marx y Engels sobre el colonialismo se ubican en esta etapa, que en cierta medida coincidió con la de su actividad periodística más intensa.

Los límites del tercer período se pueden fijar entre 1864 y la muerte de Marx. Si desde cierto punto de vista es exacto que Marx es uno de los principales fundadores de la Internacional, no menos cierto es que ésta contribuye, aunque no a fundar, sí a desarrollar el internacionalismo de Marx, a liberarlo de elementos contradictorios con ese internacionalismo. Es notable, con respecto a la cuestión irlandesa. Mientras que en 1848 Marx hacía suya la ambigua consigna cartista de “establecer una firme alianza entre los pueblos de Irlanda y Gran Bretaña”, en cartas de noviembre de 1867 le escribe a Engels: “Antes consideraba imposible la separación entre Irlanda e Inglaterra. Ahora lo considero inevitable, si bien después de la separación puede establecerse una federación”. “Lo que necesitan los irlandeses es: 1. Gobierno propio e independencia de Inglaterra, 2. Una revolución agraria (…) 3. Tarifas protectoras contra Inglaterra. La Unión (de 1801 entre Inglaterra e Irlanda), al dejar sin efecto las tarifas protectoras establecidas por el parlamento irlandés, destruyó toda vida industrial en Irlanda”. El librecambista (“seulement dans le sens révolutionnaire”) de 1848, en 1867 es un lúcido expositor de la necesidad de que países como Irlanda defiendan de la competencia británica, erigiendo barreras protectoras, sus incipientes industrias. No menos profunda es la evolución del pensamiento de Marx, durante el período, con respecto a la India. Aunque no generaliza sus hallazgos empíricos en este terreno, el auto de El Capital se aproxima a la noción del subdesarrollado. Estamos lejos de las tesis según la cual el capitalismo inglés, mefistofélicamente condenado a hacer el bien pese a su naturaleza maligna, engendraría la industria moderna en su inmensa colonia asiática. “Más que la historia de cualquier otro pueblo, la administración inglesa en la India ofrece una serie de experimentos económicos fallidos y realmente descabellados (en la práctica, infames). En Bengala crearon una caricatura de la gran propiedad rural inglesa; en la India Sudoriental, una caricatura de la propiedad parcelaria; en el Noroeste, en la medida en que les fue posible, transformaron la comunidad económica india, con su propiedad comunal de la tierra, en una caricatura de si misma”.

El apoyo de Marx a la rebelión de los indios ya no es, en esos años, de índole pura o fundamentalmente moral. Diversos textos sugieren a las claras que Marx se ha persuadido de la incapacidad de Inglaterra para cumplir, en la India, con la segunda fase de la “doble misión” que él le asignara en los artículos de 1853, id est, la de “sentar los fundamentos materiales de la sociedad occidental en Asia”.

A fines de este periodo, meses antes de la muerte de Marx, Engels realiza una importantísima contribución teórica al definir, respondiendo a consultas de Kautsky, la política que a su juicio debía mantener, en sus relaciones con el mundo colonial, el proletariado victorioso. Partiendo – al igual que en los Principios del comunismo, redactados por él 35 años atrás – de la tesis de que la revolución socialista sería llevada a cavo por la clase obrera de los países europeos más adelantados (y por la de los Estados Unidos), Engels establece lo siguiente: 1) el proletariado se hará cargo “provisionalmente” de las colonias pobladas de indígenas, a las que “habrá de conducir lo más rápidamente posible, a la independencia”; 2) “el proletariado que se libera a si mismo no puede librar guerras coloniales”; 3) “el proletariado victorioso no puede imponer a ningún pueblo felicidad alguna sin socavar con ellos su propia victoria”.

Antes de pasar a la etapa cuarta y final (esto es, al último período de la vida de Engels), señalemos un hecho significativo: a lo largo de los tres períodos descritos, la evolución del pensamiento de Marx y Engels es, en lo que respecta al problema nacional en el marco de Europa continental, muchísimo más lenta que en lo tocante a las relaciones entre Inglaterra e Irlanda o entre las grandes potencias europeas y el mundo extraeuropeo. En 1866, en una serie de artículos escrita a solicitud de Marx, Engels sigue negando a los “residuos de pueblos” (servios, checos, rumanos incluidos) el derecho a una existencia nacional independiente, a la que sí son acreedores los grandes pueblos dotados de “fuerza vital”, “viables”. En los años siguientes, la militancia en la Internacional y en el movimiento socialista europeo hace que pronunciamientos de este género se vuelvan cada vez menos publicables, por lo que se los relega a lo que Marx denominaba el “lenguaje brutal de las cartas”. Todavía en 1882, en correspondencia con Kautsky y Bernstein, Engels reitera con variantes no esenciales, su actitud de c1849 respecto a los esclavos de los Balcanes, “doscientos nobles pueblos de bandoleros”, “pintorescas nacioncitas” aliadas del zar y a las cuales únicamente después de la caída de éste se les podría conceder la independencia, aunque nunca, por ejemplo, el derecho de que impidieran “la extensión de la red ferroviaria europea hasta Constantinopla”.

La cuarta etapa, como hemos señalado, la constituyen los años que van de la muerte de Marx a la de Engels. Aunque en aspectos particulares éste desarrolla con acierto, durante el periodo, conceptos suyos o de Marx sobre le problema nacional, en general ésta una fase de estancamiento, cuando no de involución. El mundo que queda más allá de Europa y de los Estados Unidos despierta cada vez menos el interés del viejo militante, y su actitud ante los problemas europeos presenta notorias afinidades con la posición “patriótica” que, ante la primera de las guerras mundiales, adoptara la primera de las guerras mundiales, adoptara la socialdemocracia alemana. En 1891, cuando parece inminente el estallido de una contienda bélica entre Alemania, por un lado, y Rusia y Francia por el otro, Engels asegura a Bebel y otros dirigentes socialistas que si Alemania es atacada “todo medio de defensa es bueno”: ellos deben “lanzarse contra los rusos y sus aliados, sean quienes sean”. Podría ocurrir, incluso, sostiene Engels, que en ese caso “nosotros seamos el único partido belicista verdadero y decidido”.

¿Se ajusta la periodización anterior a los textos de Marx y Engels sobre América latina? En líneas generales, sí, y particularmente en lo tocante a las dos primeras etapas. Los clásicos del marxismo pasan de un respaldo categórico y entusiasta a la expansión norteamericana, en la etapa que tentativa y aproximadamente hemos fechado entre 1847 y 1856, a la crítica de la misma en el período que va, poco más o menos, de 1856 a 1864. en 1861 y años siguientes Marx se opone resueltamente a la intervención anglo-franco-española en México, pero no deja de ser significativo – y típico del período que nos ocupa – que el fundamento exclusivo de sus críticas a los intervencionistas sea algo tan poco “marxista”, o si se quiere tan poco específicamente “marxista”, como el viejo derecho de gentes. Los interesantes artículos de Marx en defensa de México podrían haber sido firmados por más de un burgués honesto, hostil a la política pirata de Palmerston y Napoleón III, y no resulta extraño, por ello, que se les utilizara en el parlamento británico para demostrar la insensatez e ilicitud de esa política.

Insuficientemente representada, en cambio, está la etapa que ubicamos entre la fundación de la Internacional y la muerte de Marx. Se echan de menos, en particular, análisis de la claridad y contundencia alcanzadas por algunos de los que en esa misma época Marx dedicara a Irlanda y a la India. Los textos “latinoamericanos” escritos por el viejo Engels en sus doce últimos años de vida, aunque interesantes, tampoco caracterizan suficientemente la evolución experimentada, en ese período, por sus ideas sobre el problema nacional.

Párrafo aparte merece el artículo sobre Bolívar, escrito por Marx en 1858. El más grande de los teóricos europeos del siglo XIX compone una biografía de la más relevante figura latinoamericana de esta centuria; si el resultado no fue todo lo importante que pudo ser, ello se debe, en parte, a algunos de los motivos que harto esquemáticamente hemos esbozado en páginas precedentes. Aunque por esa fecha Marx evolucionaba hacia posiciones diferentes, compartía aún el juicio monocordemente pesimista de su maestro Hegel sobre América latina. Otros elementos gravitaron también en él, y siempre en el mismo sentido negativo. La afición de Bolívar por la pompa, los arcos triunfales, las proclamas, así como el naciente culto a la personalidad del Libertador, pueden haber inducido a Marx a ver en aquél una especie de Napoleón III avant la lettre, esto es, alarmantes similitudes con un personaje que despertaba en Marx el más abismal y justificado de los desprecios. (No nos consta que alguna vez haya comparado a Luis Bonaparte con el general y político sudamericano, pero sabemos en cambio que los asimiló por separado al mismo tertium comparationis, el emperador haitiano Soulouque). Lo curioso es que Marx – cuya información sobre Bolívar era insuficiente, pero no tan pobre como suele creerse – en su ensayo biográfico pasó como sobre ascuas o sencillamente dejó de lado temas que, de no encontrarse tan entregado a la tarea de demoler la figura del Libertador, tendrían que haberle interesado vivamente. En las Memorias del general Millar, sin duda la mejor de las fuentes por él consultadas, aparecen escasas pero sugerentes referencias a la actitud de las clases sociales latinoamericanas ante la guerra independentista, a la situación de los indios y el alcance de la abolición bolivariana del pongo y de la mita, al proyecto de Bolívar de vender las minas del Bajo y el Alto Perí a capitalistas ingleses (proyecto resistido por las clases altas, partidarias, dicho sea de paso, de que las minas se cedieran gratuitamente). Pero de esos y otros temas, cuyo tratamiento por la pluma de Marx hubiese podido ser tan enjundioso, no encontramos huellas en la biografía de Bolívar, centrada en la historia militar y política. Con ello no queremos significar que ese extenso artículo carezca de relevancia. Más importante que como biografía bolivariana, sin embargo, el opúsculo de Marx tiene un valor propio como documento para el estudio de Marx.

Pedro Scaron

La Internacional Comunista y Buenos Aires

Aunque brevísimos, los textos siguientes contienen datos de interés sobre las relaciones entre Marx, Engels y la Internacional por una parte, y por otra el movimiento obrero bonaerense a comienzos del decenio de 1870.

No eran, por lo que sabemos, los primeros contactos de la gran asociación proletaria con organizaciones obreras latinoamericanas. En su informe a la conferencia de Londres (1865), los delegados franceses aseguran que “se han tomado medidas para entablar correspondencia con Río de Janeiro y con las colonias de Guadalupe y Martinica”.

La Sociedad Tipográfica Bonaerense, fundada en 1857, comenzó a enviar en 1870 al Consejo Federal de las secciones internacionalistas españolas su periódico, que es el mencionado por Engels en el texto primero.

Francisco Mora comunicó al Consejo General londinense ese hecho y le recomendó ponerse en contacto directo con Buenos Aires; los internacionalistas españoles, a su vez, harían todo lo posible por organizar secciones de la Internacional en América latina.

La derrota de la Comuna de París provocó la diáspora de muchos miles de sus defensores, y no pocos ex comuneros se refugiaron en países latinoamericanos, contribuyendo poderosamente a la difusión de las ideas socialistas (marxistas y anarquistas) en los medios obreros locales. Auguste Monnot, Emile Faesch y otros fundaron, el 28 de enero de 1872, la primera sección (francesa) de la Internacional en Argentina. Según una carta suya al Consejo General, fechada el 14 de abril de 1872, contaban entonces con 89 miembros; tres meses después los afiliados eran 273. Le Moussu, encargado por el Consejo General de las relaciones con América, les habían comunicado ya el 1° de julio la admisión oficial de la sección a las filas de la A.I.T. Poco después de la sección francesa, se fundaron en Buenos Aires otras dos: una italiana y otra española, tal como le escribía a Engels, el 25 de mayo de 1873, Jean Larocque.

En el Congreso de La Haya (setiembre de 1872) la sección francesa de Buenos Aires estuvo representada también por Raymond Vilmart, llamado también “Vilmot”. No parece prudente conceder demasiada importancia al carácter específicamente “bonaerense” de su representación: Vilmart, amigo personal de Lafargue y delegado también de secciones de la A.I.T. en Burdeos, muy posiblemente haya debido su credencial sudamericana a los esfuerzos que Engels realizara por asegurar a los partidarios de Marx una mayoría unida y segura en el congreso. Pero el año siguiente, Vilmart llega a la capital argentina; según Segall enviado por Marx “con la ayuda de Engels y amigos”. El 13 de mayo de 1873 acusa recibo de una carta de Marx (lamentablemente no conservada, al parecer) y de un paquete de impresos, y deplora que entre éstos no se cuenten La guerra civil en Francia, el Manifiesto y otras obras. Vilmart desempeñó un importante papel en el movimiento socialista argentino, y más tarde simpatizó con el anarcosindicalismo. Propagó que los socialistas extranjeros “debían abandonar su aislamiento por nacionalidades e integrarse a la clase obrera criolla”.

El descubrimiento de las cartas, hoy perdidas, escritas por Marx y Engels socialistas europeos residentes en Buenos Aires (y todavía se están hallando en Europa, donde la investigación es mucho más intensa, cartas de Marx de las que los expertos no tenían la menor noticia), contribuiría sin duda a un conocimiento mucho más afinado acerca de las secciones de la Internacional en nuestro continente.

Engels y Buenos Aires
De Engels al Consejo Federal Español de la Internacional

Londres, 13 de febrero de 1871

(…) Aún no tenemos sección alguna en Portugal; tal vez fuera más fácil para ustedes que para nosotros establecer relaciones con los obreros de ese país. si ellos es así, por favor escríbannos otra vez sobre el particular. Del mismo modo creemos que, cuando menos en los primeros tiempos, sería mejor si ustedes pudieran trabar relaciones con los tipógrafos de Buenos Aires; de todas maneras, convendría que nos informaran posteriormente sobre los resultados obtenidos. Entretanto podrían prestarnos un servicio grato y útil a la causa, enviándonos un número de los Anales de la Sociedad Tipogr(áfica) de B(uenos) A(ires) a título informativo.

Del informe Oficial el Consejo General de Londres

(…)Nos limitamos a consignar que desde el Congreso de Basilea y particularmente desde la conferencia de Londres, celebrada en setiembre de 1871, la Internacional ha ganado terreno entre los irlandeses en Inglaterra y en Irlanda misma, en Holanda, Dinamarca y Portugal, que se ha organizado firmemente en los Estados Unidos y que existen ramificaciones en Buenos Aires, Australia y Nueva Zelandia. (…)

Karl Marx y Friedrich Engels
(Leído ante el Congreso Internacional de la Hay el 5 de setiembre de 1872)

Pasquale Martignetti (1844-1920), traductor al italiano del Origen de la Familia, Trabajo asalariado y capital y otros escritos de Engels y Marx, había sido acusado (todo hace creer que falsamente) de cometer un desfalco en la oficina donde trabajaba. Antes del fallo judicial (el tribunal de apelaciones finalmente lo absolvió), Martignetti decidió empezar una nueva vida en Buenos Aires y pidió a Engels una carta de recomendación. El interés de la respuesta de Engels consiste en que la misma demuestra que su autor estaba al tanto de la existencia y actividades del club socialista Vorwärts, formado por alemanes radicados en Buenos Aires.

Se había fundado esta institución el 1° de enero de 1882 con el propósito de “cooperar a la realización de los principios y fines del socialismo, de acuerdo con el programa del Partido de la Democracia Social Alemana”. El club publicó durante diez años, a partir de 1886, el periódico socialista Vorwärts y estuvo representa, por intermedio de Wilhelm Liebknecht, en el congreso fundador de la II Internacional (1889). La barrera del idioma y la circunstancia de que la emigración alemana a la Argentina no fuera muy numerosa disminuyeron, sin duda, la influencia de la institución sobre el medio en que actuaba, pero la misma tuvo por momentos un contacto estrecho con los obreros argentinos, como lo demuestran las frecuentes reuniones sindicales que éstos efectuaron en la sede del Vorwärts. El club mismo participó activamente en la organización del primer mitín conmemorativo del 1° de mayo realizado en Argentina.

Ni en la carta a Martignetti ni en la recomendación se menciona por su nombre a ninguno de los socialistas alemanes residentes en Buenos Aires (Engels simplemente pide ayuda para Martignetti a los “compañeros alemanes” que aquél pueda encontrar), lo que permite suponer que el autor del Anti-Dühring no tenía por esa época contacto directo con corresponsales radicados en la Argentina. Tal impresión se robustece por una carta anterior (26 de enero de 1887) de Engels a su traductor: “La República Argentina sería quizás un terreno más favorables; existe allí una numerosa colonia italiana, y usted aprendería el español sin grandes dificultades. Pero está lejos, el viaje es caro y difícil el regreso. El país hace progresos, pero esto es todo lo que puedo decir al respecto”.

En la carta que sigue, Engels habla de un texto del socialista italiano Antonio Labriola (1843-1904), publicado fragmentariamente en la revista II Messaggero (15 de marzo de 1890) bajo el título de La terra a chi la lavora. Labriola proponía que se distribuyera tierra baldía de las colonias italianas a campesinos de la metrópoli; Martignetti, invitado por aquél a escribir sobre el tema, antes de hacerlo le solicitó a Engels su opinión, que incluimos aquí por su referencia final a las aspiraciones de los emigrantes italianos que se dirigían a las colonias o a Buenos Aires.

De Engels a Pasquale Martignetti
Londres, 13 de enero de 1890

Querido amigo.

He meditado sobre el asunto de la recomendación a Buenos Aires. No puedo engañar a los camaradas sobre lo ocurrido. En la medida en que gozo de confianza entre los obreros, ello se funda en la condición previa de que a todo trance les diré la verdad, y sólo la verdad.

Yo me inclinaría, en su lugar, por ir sin ninguna recomendación de ese tipo. No bien allá se entere uno de que usted ha sido condenado, se enterarán ciento, y precisamente gente que no leerá mi testimonio o a la cual nada le importará el mismo. Y en ese caso usted ya no se sentirá más como en su casa, la condena lo perseguirá por todas partes. Más vale una vida nueva con un nombre nuevo. Usted es joven y, a juzgar por su fotografía, fuerte: ¡ánimo, entonces!

Pero para tener en cuenta todos los casos, adjunto un escrito en el que digo a su favor todo lo que sin cargo de conciencia puedo y debo decir. Le vuelvo a aconsejar, sin embargo, que no haga uso del mismo. Tal vez esto vuelva más difícil su lucha en los primeros días. Pero seguramente, a la larga, una ruptura total con el pasado le facilitará las cosas.

Usted sabrá lo que tiene que hacer. Pero ojalá todo esto sea superfluo y la corte de casación le haga justicia.

Muy sinceramente suyo,

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