Lo que Galán ha unido..

Con Alejandro Agustín Lanusse al gobierno, Héctor Ricardo García al poder y Roberto Galán (1917-2000) al frente de la operación, el canillita chaqueño Héctor Ramón Sotelo y la interna de cotolengo Teresita María Sauret se casan en directo desde una iglesia del barrio de Pompeya el viernes 16 de junio de 1972. Los casa Teleonce. Los casa Galán. De algún modo, los casa la interminable Blackie (1912-1977). Los empiezan a casar, un mes antes de la boda, los prometedores 40 puntos de rating de su primer tête à tête en el exhortativo Yo me quiero casar, ¿y usted?

Y los terminan de casar los aplastantes 65 que alcanzó la transmisión de la ceremonia, marca escasamente superada por la televisión de aire de la Argentina, incluso, 40 años después. El enanismo en pantalla. Primera parte. Primera vez.

Teresita le tira copos de nieve a Héctor. Héctor sonríe. Invierno en Bariloche y una luna de miel producida. Una casa equipada ya espera en Corrientes capital: mesa y sillas a la altura de las circunstancias, modular pensado para el alcance de esas manos, cama matrimonial y silloncitos. Mientras parece nomás que vuelve el General, Héctor y Teresita miniaturizan la comunidad organizada. De novios repentinos a cónyuges involuntarios e ídolos nacionales, el devenir de los flamantes esposos simula confirmar, a baja y extendida escala, que el hombre jamás destruirá lo que Dios y la televisión han unido.

Pero el hombre, Dios, algunas mujeres y en el fondo, la televisión, logran destruir lo que Galán ha unido. Héctor y Teresita llegan a convertirse en el matrimonio más renombrado del país por un cruce de destinos que ilustra cómo funcionaba la estructura de producción en la que entre otros estaban Blackie (para pocos, Paloma Efrón, figura total de la radio, el teatro y la televisión desde fines de los años 30 hasta fines de los 70) e Inés “Galleta” Miguens, cantante inigualable de tangos reos, directora general de los programas de Galán, esposa del conductor por más de 18 años y madre de su única hija, Florencia. Blackie fue criticada por varios al asumir ese puesto temporario, que ensuciaría, decían, una trayectoria en general ligada al servicio de la improbable “televisión educativa”, y criticada también y casi tanto como cuando produjo otra genialidad, Titanes en el Ring , el programa de lucha de Martín Karadagian. Pero la producción del ciclo sólo reforzaba ideas que Galán imaginaba originalmente.

Yo me quiero casar, ¿y usted? debutó el lunes 15 de noviembre de 1971 a las 18:30 hs. por Teleonce, con 52 puntos de rating . Solución emocional en vivo para millones, y siempre a mitad de camino entre la insinuación sarcástica y la prestación real de servicios, el programa funda un tipo de desfiladero social que, como corresponde, sólo significará una reprobable “avivada” para quienes decididamente se sientan a salvo (afuera) de esos clasificados.

La camita de papá

Una tarde, Galán lee al aire la carta escrita por una monja de Tigre y muestra una foto: el documento alerta sobre el estado de Teresita, oriunda de Temperley, enana, laica y de 24 urgidos años. “Al programa de Galán anotaron a una enana”, le avisan a Héctor sus compañeros de balsa, con quienes a diario cruza el río Paraná para repartir, entre Corrientes y Resistencia, diarios y revistas.

Con 14 hermanos y padre y madre en Puerto Bermejo (Chaco), Héctor asegura que él, en ese momento, “estaba solo y soltero”. Y repite: “Solo y soltero. Y así estaba bien”. Pero uno de los balseros planea el engaño. Héctor no quiere saber nada con presentarse; sin embargo, quien urde la trampa logra sacarle una foto y de a poco, conocer al detalle sus datos personales para mandarlos al programa. En menos de una semana, Héctor afloja y se sube a un colectivo que lo lleva directo hasta el Hotel Savoy, en Congreso, y desde ahí, directo a la calle Matheu, en San Cristóbal. En el centro mismo de la peatonal de Corrientes, a 40 años de esa iniciación, es domingo por la noche, frío, y mientras Héctor despacha sobre todo revistas de crucigramas (en diez minutos, tres clientes piden sólo eso) su hijo mayor, Daniel, sentencia, con una pertinencia terminológica que no dejará de asomar durante varias horas de conversaciones: “Así le armaron la camita a papá”. La camita de Papá.

Novios a la hora, esposos en quince días y sagrada familia en apenas un mes: “Nos casamos prácticamente sin conocernos. Yo sin conocerla a ella y ella sin conocerme a mí” dice, adusto, Héctor, con la seguridad de quien juró no volver a confesar y es consciente de estar haciendo una dosificada excepción. La resignación reinante resume y clausura la historia jamás contada del pico de audiencia. Es que a Héctor, después de la primera unión, la producción lo dejó alojado un mes más en el Savoy, al ritmo de la “buena vida” porteña “a lo Galán”, cumpliendo, mareado y feliz, con todas las salidas programadas por las secretarias de Roberto (la confitería El Molino a la cabeza).

“Nos veíamos solamente de noche. Salíamos, y después volvíamos cada uno a nuestro lugar” asegura. En el lapso de esos treinta días, Héctor y Teresita también fueron trasladados hasta un Registro Civil de la calle Canning, y casi sin advertirlo, fueron unidos en matrimonio, mientras se aceleraban las pruebas del traje de novia a medida para ella y el jaquet diminuto para él.

Teresita estaba exultante, peinada por el inefable estilista Miguel Romano. Los padrinos de boda fueron la cantante Ramona Galarza, la novia del Paraná correntino, y el folclorista Roberto Rimoldi Fraga. Todo muy lindo, pero, de vuelta: “4 semanas no es mucho para conocer a alguien”. Con el rating ya normalizado, el matrimonio vuelve sin nada a Corrientes, “con una mano atrás y otra adelante”. Empatados en altura pero jamás en afinidad, para Teresita su esposo siempre fue un misterio. Y desde hace 25 años, Teresita es un misterio para todos.

“Quedó shockeada. Hizo el cable pelado y explotó”, dice Daniel (según él, el más bajo: “Para que te acuerdes fácil de los tres, yo soy el mayor y soy el más bajo y el menor es el más alto”, recomendará). El cable se pela, sigue, porque “una vez, mi vieja viene a la noche a la parada de diarios, agacha la cabeza y ve algo. Viene caminando, y cuando se acerca por uno de los costados de la plaza, enfila hacia la parte de atrás de la revistería y ve por un hueco. Sale corriendo en seguida, ya con un brote depresivo”. ¿Qué ve Teresita? Mitología litoraleña hecha realidad, o creer y reventar en lo que Galán no alcanzó a televisar, Teresita ve al “kurupí” Héctor dirigiendo su miembro hacia la cara de una señorita arodillada. “Es que es cierto que los enanos la tenemos más ancha” aclara Daniel.

Del secuestro a la posesión sexual, el humanoide conocido como Kurupí anda en cuatro pies por Corrientes, Misiones y Paraguay y tiene un miembro viril descomunal enrollado a la cintura con el que, según la leyenda, atrapa a mujeres, las viola y mata. Una forma de salvarse de él es cortándole el pene. Pero basta con tener la oportunidad de verlo de lejos para alcanzar el desquicio y deambular con temor y locura por el resto de la vida. En la selva, el Kurupí protege únicamente a los sementales. Casi caso de diccionario mitológico, Teresita –hoy incomunicada y semiperdida en las afueras de la ciudad, al leve cuidado de una mujer que se apiadó– hizo más brotes e internaciones.

Con Héctor fueron y vinieron durante mucho tiempo, aunque desde hace más de diez años dejaron de verse definitivamente. Si Teresita lo volvió a ver, en todo caso, fue para volver a brotar, aunque hizo el esfuerzo de acompañarlo a Buenos Aires a un programa homenaje a Roberto Galán que Canal 13 produjo en 1997: para todos, la tarde en la que los Sotelo volvieron a ser marido y mujer. La tarde en la que nadie contó ni una parte de la verdad.

La “altura” de Diego agota, para otros, la versión endemoniada de Héctor. De acuerdo: parece que muchas le prestan todavía hoy favores sexuales al canillita más popular de la ciudad. Y viceversa. La parada suele cambiar de empleadas, eso es cierto. Pero también parece que Teresita alguna vez se confundió entre los 14 hermanos de Héctor y prefirió no dar marcha atrás. De allí que el menor sea, extrañamente, no tan menor. Pero Diego, que tiene otra parada en otra esquina de la capital correntina, desmiente la “infamia”. Su madre sufrió en serio y saberlo a Héctor tan caro a la actualización incesante del mito del Kurupí, nunca la ayudó. “Acordate, si lo llega a ver, se desvanece y se ataca”.

Quienes trataron a Teresita en el hospital y la clínica, prefieren otra versión, que es la de su diagnóstico: hipersexualidad. Ninfomanía. Diego no lo discute. Y es que ya lo postulaba Galán: las sociedades modernas, decía, deberán entregar un carnet para habilitar diez matrimonios. Menos, enferma. Menos, es mentir.

“No atendía muy bien a sus hijos cuando eran chiquitos. Yo no sé por qué se enojó, pero no tendría que haberlos abandonado. Yo solito me hice cargo”. Héctor se va. Al teléfono, Daniel, Gustavo y Diego coinciden en el milagro de su autocrianza y de los tres, lo único que se escucha finalmente, es la minuciosa recapitulación que los lleva a recordar que así, con la prisa torpe de un equipo de producción interpelado por la certeza de un acontecimiento histórico y un récord garantizado, nadie se quiere casar. ¿Y usted?

De la literatura fantástica al circo, del Lilliput de Jonathan Swift a la pista de Showmatch , el recurso del enanismo invierte su sentido original. En la desmesura del espectáculo alevoso y en los códigos empobrecidos de la pantalla, el enano es capaz de tapar la fuga de otras responsabilidades. Hay excesos menos visibles y una economía desviada del mal gusto reinante allí donde la estrategia aumentativa o la variable diminuta disimulan la angustia que experimenta el everydayman , consciente ya de su falsa enormidad. Para el creador del ciclo y artífice de esta unión, las críticas al oportunismo televisado tenían una sola respuesta: Galán solía cancelar cualquier atisbo de polémica con una máxima conmovedora: “Estos son programas de pueblo, estos son programas de uso corriente”.

Cuando a fines de 1971, el diario Crónica anuncia el lanzamiento del nuevo ciclo de Roberto Galán, el título elegido es “¡Galán será Cupido!” 30 años después, cuando en 2001 hago por primera vez el programa de televisión Cupido –la idea más persistente de Gastón Duprat y Mariano Cohn, responsables de una forma y un estilo de producción tan sencillo como disruptivo– soy el heredero de Galán. Ahora, en Corrientes, me interceptan inesperadamente Héctor y Teresita, cuatro décadas más tarde, justo ahora que Cupido volvió a la televisión. Justo ahora que además de “heredero” de Galán, soy definitivamente Cupido.

Antes del abrazo, dice el hijo Daniel: “¿No querés llevarme? Si tenés alguna como yo, llevame nomás al programa que estoy soltero y solo”. ¿La historia, tragedia primero y comedia después, en forma de qué se repetiría esta vez? Ahí están, en las fotos, minutos antes de la nigromancia de López Rega. Se los ve muy contentos a Héctor y Teresita, parados en el jardín de una República nunca antes tan lindante con el encantamiento.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *