Líderes políticos: entre el amor y el desencanto

¿Qué es un líder? Esta es una pregunta que recorre la historia de la política y que pone en debate a la figura que suele ser entendida como la de quien reemplaza la acción de los sujetos o bien la de quien empondera al pueblo, lo potencia, le otorga confianza en su propia acción y actúa como alguien que propicia el protagonismo de los sujetos. La muerte de un líder como Hugo Chávez, la elección del Papa, entre otros casos, nos lleva a discutir las características de los liderazgos en la región y en el mundo.

Alain Badiou piensa su filosofía a partir de esas explosiones de singularidades que se sostienen en la inconsistencia, en las múltiples voces que despiertan los conflictos sociales. Para el autor francés el líder entraría en el espacio del Uno, de la representación, del momento donde la tensión entre todas las formas posibles de abordar un conflicto se comprime en una expresión comunicable que se inscribe fácilmente en un diálogo con el poder. Pero también se puede forzar y entrar con brusquedad en su teoría y preguntarle si acaso el amor al líder no podría incluirse dentro del acontecimiento amoroso, de una de esas cuatro instancias en las que Badiou considera posible que el acontecimiento tenga lugar. Si así fuera, si ocurre ese momento fugaz, azaroso pero buscado donde los sujetos se reconocen frente a la instancia de lo nuevo, de lo que no tiene nombre pero merece la invención de un pensamiento que pueda dar cuenta de su existencia, entonces el líder se convertiría en la expresión de un múltiple, en una figura capaz de contener a la diversidad de un pueblo.

El líder no es, necesariamente, un reflejo del individualismo, rasgo que se utiliza para desmerecer esta cualidad, sino que es alguien que contiene el aliento de lo histórico y que habla de las posibilidades de los sujetos. El líder podrá ser alguien excepcional pero también recupera esa singularidad oculta en cada persona. Si bien han existido experiencias históricas donde los líderes han provocado un efecto de masificación en el pueblo, su rol siempre resguarda una portentosa eficacia para interpelar a la ciudadanía y despertar sus capacidades.

Richard Sennett diferenciaba entre un político como intermediario donde el texto, el libreto que debía actuar dominaba a su intérprete o como un virtuoso que va más allá del proscenio y se convierte en el dueño, en el creador de una experiencia inmanente. El es su propio texto, se ubica por encima de cualquier partitura y tiene un protagonismo tan contundente que suprime al público.

Esta caracterización de histrión autoritario y totalizador, que lo abarca todo y canaliza la acción política hasta el límite de reemplazar la participación del pueblo, expulsó al líder del espacio democrático, diseminó enormes sombras de sospecha ante cada una de sus apariciones, llevó a comparar su imagen con la de un monarca, lo identificó como una encarnación de la soberanía y ubicó en su lugar el predomino de las instituciones como una forma más técnica, menos apasionada y personalista.

De este cuestionamiento se alimenta tanto la crítica liberal, con su predica en el republicanismo, como la izquierda con un discurso más complejo y bifurcado donde se busca que desde lo institucional no pase nada del orden de lo épico y que la política se desplace al territorio, a los movimientos sociales, a aquellos espacios “donde las víctimas se pronuncian”. Una bella frase de Badiou.

Es así como el filósofo italiano Roberto Esposito comienza a hablar de una democracia silente “La verdad de la democracia reside actualmente en la salvación de lo impolítico frente a cualquier pretensión de anexión, incorporación o traducción política. Por ello la democracia debe seguir siendo técnica. Definirse forma, método, procedimiento. Resistir a cualquier intención de valor.” Esposito habla de una alteridad que la salva de su integral realización. No se trata de un retorno a la comunidad sino de su ausencia. La comunidad en una democracia hace presión en los márgenes y en el interior hasta constituirse como presencia de lo impresentable, lo impolítico. Para Esposito la democracia se preserva si logra salvar a lo impolítico de cualquier intento de traducción a la política. “No ilusiona ni consuela”.

Dialoga claramente con Badiou cuando sostiene que el verdadero acontecimiento político debe ocurrir por fuera del estado y que los sujetos, en la instancia de la presentación, deben forzar al gobierno de turno a realizar las políticas que, de otra manera, le serían ajenas. “La democracia no debe abrir espacios cada vez más amplios de comunicación sino defender las últimas zonas de incomunicación. Bajar la voz, generar silencio”, sostiene Esposito. Es que la palabra es un elemento central del liderazgo. La flecha que sacude el corazón de un pueblo. Los discursos de los nuevos líderes latinoamericanos suelen ser muy extensos y funcionan como un equilibrio entre los altos niveles de emotividad y una forma racional que tiene una marcada impronta pedagógica. Con su palabra, el líder intenta pensar todo de nuevo, poner en discusión lo establecido y confrontar con otras formas de poder. Necesita que sus argumentos, que su arma de batalla intelectual sea lo suficientemente clara para la mayoría de la sociedad a la que intenta convencer, modificar en sus viejas creencias.

El afecto y el héroe

Los pueblos reconocen a un líder porque lo observan como el protagonista necesario, casi imprescindible para transitar determinado momento político. Suelen ser actores que aceleran las resoluciones en tiempos de crisis y se presentan como referentes que agitan la participación política y la militancia. Los movimientos de indignados europeos ayudan a la descripción de una manifestación de la presencia. Esta acción política parece consumirse, asfixiarse al dispersar sus reclamos ya que carece del momento de síntesis materializado en el líder.

Para Ernesto Laclau, sin la intervención del líder no se concretaría una inscripción de los sectores marginales en la política, por eso su tarea es fuertemente democrática. El líder es el encargado de trascender la particularidad de la demanda, de añadir algo al interés de los representados, se convierte en un productor de símbolos y modifica al pueblo que se constituye como tal en el momento de identificación con este significante vacío que representa una cadena de equivalencias. Es la instancia de unidad de lo múltiple. Para que esa heterogeneidad exista tiene que haber algo que esté por fuera, que sea lo Uno. Allí se produce la tensión entre la función hegemónica del significante vacío y las equivalencias de las demandas particulares. En ese espacio de tensión se constituye el pueblo. El afecto hacia el líder se convierte en una cualidad imprescindible para volver inteligible la política.

Esposito prefiere hablar de héroes. Es la muerte la que permite esta mutación de líder a héroe pero también hace falta una resistencia en el plano de lo histórico, la posibilidad de volver a ajustar un personaje del pasado en la escritura del presente. El héroe es una figura que surge de la tragedia y que en su versión más clásica crea una acción con sentido. En una instancia de su vida debe elegir entre renunciar al sentido de su acción y vivir o preservar el valor de su hazaña y morir. Para Elías Canetti sólo una persona capaz de soportar este dolor tiene verdadera vocación para la política.

Los efectos que puede provocar un sujeto instalado como líder, tal vez, se perciban de un modo más sorprendente en la designación de Jorge Bergoglio como Papa. Una persona que formaba parte de la vida política y eclesiástica de la Argentina pero que no tenía un notable nivel de protagonismo masivo, pasó a encarnar un sentido que permitió que ese apagado espíritu religioso soltara algunas chispas de vitalidad. Cuando Bergoglio salió al ruedo político no generó los niveles de adhesión que obtuvo al convertirse en un personaje que puede trascender su acción cotidiana. Bergoglio devenido en Francisco es otra cosa, un componente mítico que se enlaza a múltiples deseos y discursos.

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