Lejos de la frontera

Hubo un tiempo en que en América los seres humanos eran objetos, simples “piezas” descartables. Así los consideraban y así los llamaban. “Piezas”.

El español Diego de Almagro se lamentaba en su correspondencia con la Corona española por las “piezas” muertas durante el trágico pasaje a través de la cordillera que afrontó durante su expedición de 1536 a la Puna “chilena” y argentina. El término se repitió durante la conquista de los Valles Calchaquíes y prosiguió hasta buena parte del siglo XX. Después de la conquista del desierto, en 1880, a los araucanos derrotados los obligaron a servir como peones de estancias y, más tarde, ya en Buenos Aires, a servir como servicio doméstico. Un número pequeño llegó hasta el Museo de la Plata como informantes de la división de etnografía. Cuando morían, sus esqueletos se guardaban en la división de antropología. No importaban sus nombres. Allí, cada uno tenía asignado un número y una colección. Eran –otra vez– simples piezas. Esta vez, piezas de museos.

En 1989 el cacique Inacayal solicitó al museo platense la restitución de los restos para darles una sepultura digna en el valle patagónico. Hubo investigadores y profesores que se opusieron al pedido, porque temían que acarreara un precedente en cuanto a otras solicitudes de restitución de piezas.

En ese contexto y tres años después, en 1992 se publicó la primera edición de Nuestros paisanos los indios, del antropólogo Carlos Martínez Sarasola, cuyo flamante prólogo a la décima edición (Del Nuevo Extremo) –corregida y aumentada– reflexiona sobre esta historia centenaria de piezas y paisanos.

Nuestros paisanos… reproduce con un tono aséptico la historia de los pueblos originarios en el territorio que hoy conforma la Argentina, desde su establecimiento hasta su exterminio. Es un long-séller de divulgación histórica que colaboró para la consideración igualitaria que ganaron los primeros dueños de esta tierra en las últimas dos décadas.

Las cosas están mucho mejor que hace 20 años, pero no están resueltas. “Hay problemas que el Estado argentino tiene que resolver: la salud, la educación, la educación bilingüe en las comunidades (que ya existe pero que hay que fomentar), la inserción laboral, la no discriminación”, asegura en su casa de Las Cañitas. Sin embargo todos esos reclamos pendientes son deudas del siglo XX. “La nueva agenda –explica Martínez Sarasola– es el tema vinculado con lo espiritual, el respeto de los sitios sagrados, que incluye la restitución de los restos que están en los museos. Toda una secuencia de nuevas reivindicaciones que parecen menores pero son muy importantes, son tan importantes como las otras, porque hacen a la esencia de lo que ellos son”.

Martínez Sarasola sabe de lo que habla. Ha participado de numerosos ritos con distintas comunidades. Todavía lo hace, pero se niega a entrar en detalle porque conoce la sensibilidad indígena. “Son mucho más sabios de lo que nosotros pensamos. Todas sus mitologías, sus cosmovisiones, anuncian este momento terminal del mundo, que está embarcado en una crisis que nos envuelve a todos. Los indígenas la están contemplando, pero por otro lado saben que estamos todos arriba del mismo barco”, insiste.

Ellos y nosotros, indios, aborígenes, indígenas, pueblos originarios. A Martínez Sarasola le da igual. El respeto, el entendimiento y la consideración por esos pueblos que profesa trasciende el ámbito lingüístico. “No le he dado mayor importancia a esta discusión, porque todos sabemos lo que queremos decir cuando hablamos de esto –señala–. El término que más utilizo es ‘indígenas’, porque es el que más se utiliza en América, igual que aborígenes. Son todos correctos. El más correcto últimamente es ‘pueblos originarios’, que se ve mucho en la Argentina, no en otros lugares, es muy acertado como definición. El término ‘indio’ se sigue usando –incluso entre las comunidades– pero no públicamente. Ahora son los mismos pueblos los que se quieren designar con su nombre de origen, que dicen ‘soy wichí, qom’, etcétera. Hay que recuperar las autodenominaciones originarias para que no haya generalizaciones”.

Martínez Sarasola tiene una opinión sobre por qué las diferentes comunidades originarias han sobrellevado pacíficamente la violencia del Estado y del hombre blanco. “Ellos quieren preservar sus identidades pero saben que no pueden dejar de interactuar con el hombre blanco. Esto es irreversiblemente así. Las reivindicaciones apuntan a convivir. Ellos conviven con nosotros hace mucho tiempo. No están aislados, conviven con el pueblo cercano que está ahí, van al pueblo, usan el centro de salud. Mal o bien, tienen una iniciación laboral. Estamos a las puertas de un proceso de convergencia. Por primera vez en la historia vamos hacia un encuentro entre indígenas y occidentales, por llamarlo de alguna manera”.

Nuestros paisanos… y buena parte de la obra y el pensamiento de Martínez Sarasola excede la historia de los pueblos originarios. Es también la historia de una posibilidad trunca, la de la convivencia pacífica entre los pueblos originarios y los criollos, justo en el límite poroso, en la frontera; donde lejos de no haber ley había normas tácitas de convivencia pacífica.

“Ahí había una clave sobre lo que podría haber sido la Argentina. La frontera, como todas las fronteras, son zonas de pasaje. Quisieron separar el mundo blanco del mundo indio, se quiso hacer con el Salado primero y con la Zanja de Alsina después. Ellos y nosotros. Esa es la idea que triunfó en general lamentablemente. Pero del otro lado no existía esa idea. Los habitantes de la frontera eran habitantes de tránsito: los puesteros, los gauchos, los comerciantes, los mismos estancieros que estaban ahí convivían en paz”, recuerda Martínez.

Y entonces cita el caso de Francisco Ramos Mejía, un hombre que era amigo de los indígenas, que permitía que los indios pernoctaran en su estancia, que trabajaran, hasta que lo traicionaron y murió confinado en una cárcel. “Esa es parte de nuestra historia desconocida. La frontera representó durante décadas una línea divisoria, pero simbolizó también una posibilidad de algo diferente, la construcción de una sociedad entre todos que para mí era altamente posible”, sentencia. Pero la Conquista del Desierto y Julio Argentino Roca corrieron la frontera, desaparecieron al indio, al gaucho, al afro.

Hoy, lejos de la frontera, las comunidades de los pueblos originarios conviven con los mestizos y criollos en las ciudades. “Actualmente viven en toda América más indígenas en las ciudades que en las comunidades, es un hecho comprobado”, celebra Martínez Sarasola. También guarda críticas para con la Academia, donde el tema del genocidio hace punta, pero adonde todavía no se estudia “el chamanismo”, con el rigor que para este antropólogo merece. “Es importante que los propios indígenas empiecen a escribir libros, a decir su palabra. Eso ya sucede en otras partes del continente”.

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