Lecciones aprendidas

HONGOS

En Días de radio, el padre de quien suponemos una suerte de álter ego de Woody Allen, le oculta su profesión al hijo y al fin nos enteramos de que era taxista y de que se avergonzaba de su oficio. Lo suponía un deshonor social. En mis recuerdos, en mi familia, fue exactamente al revés. Mi hermana y yo –pero seguro yo particularmente– nos avergonzábamos de que nuestro padre fuera taxista y si nos llevaba al colegio, por ejemplo, nos agachábamos en el asiento de atrás y bajábamos como bólidos.

Por otro lado, mi padre era un misterio y era un héroe y era alguien de temer. Era un misterio porque se llamaba a la vez Miguel Angel –nombres que figuraban en los documentos y así lo llamaría el padre– y también Gustavo Adolfo –nombres aparentemente de bautismo y tal como lo conocía la familia de la madre y casi todo el mundo–. Desde ya, madre y padre estaban separados y mi Gustavo es la realización de lo que anteriormente no pudo ser en forma plena. Era un misterio porque proveniente de una familia rica de Córdoba –su padre, mi abuelo, fue estanciero y también lo era su abuelo materno– se había escapado descolgándose de una ventana de un colegio de pupilos de Rosario a los quince años (esto es en el año 30) y había llevado una vida de vagabundeo, trashumante y, para nosotros, completamente oscura hasta que en el año 41 se fue de voluntario a la Segunda Guerra Mundial. De esos años, sabíamos que fue camionero, hachero por el Chaco y muy poco más. De sus años de la guerra, sus años de héroe, nos fuimos enterando poco a poco bastante más. Aunque mi padre era reacio a largos relatos abarcadores sino que se centraba en anécdotas, en circunstancias. Creo que fue el único argentino que sin tener origen inglés, ni francés, ni judío se presentó como voluntario para luchar junto a los Aliados.

Supimos que viajó en un barco inglés hasta Freetown porque su idea primera era unirse a los ingleses. Sin embargo, éstos lo rechazaron y terminó uniéndose a las Fuerzas Francesas Libres que comandaba el general Leclerc luego del “appel de De Gaulle”. Así, viajó a Brazzaville, donde hizo su formación como suboficial a cargo de un cañón antitanque. Los soldados eran negros, negros completamente sometidos (en una anécdota un negrito rompía un vaso y lloraba porque mi padre no lo castigaba; al fin le dio con el cinto). Antes de esto, había sido destinado a la Armada sólo que enfermó de paludismo y no pudo partir en el último buque de guerra francés que quedaba en puerto y que fue hundido por los alemanes a poco que zarpó. Ya con el ejército francés, subió por el río Congo hasta la actual República Centroafricana, luego a Fort Lamy, antigua capital del Chad. Atravesó el Sahara a pesar de su hipercalciuria, que yo he heredado. Combatió en Libia contra italianos y alemanes, hizo más de un año de campaña en Africa presentándose como voluntario a toda misión que implicase riesgo (luego, sus camaradas de armas lo llamarían Tombuctú, quizá porque en sus andanzas no había nadie que fuera tan lejos, quizá porque realmente había estado en ese lugar que para el hombre blanco de la época era una leyenda). También había atesorado un arcón con riquezas del continente que debe haber obtenido mediante trapicheos que sólo podían hacerse en medio del caos de la guerra y que le fue robado en Alejandría. Entró a Europa por Italia, aunque allí no combatió. Fue enviado con su batallón a Marsella para “evitar posibles levantamientos comunistas”. Allí se alistó como voluntario para liberar a España del franquismo, sólo que los norteamericanos negociaron sus bases. Actuó durante algunos meses en el servicio secreto francés, que luego lo sacaría del país, de Argentina, cuando fue descubierto el fragote del general Menéndez en 1951. Mi padre, ya de regreso, había entrenado en la provincia de Santa Fe comandos civiles para el derrocamiento del que era para él –había sido convencido apenas llegó al país, al que en realidad ya conocía poco– un fascistoide general, Perón. Los servicios franceses engañaron a la policía argentina y embarcaron sus valijas en un buque en Buenos Aires –al cual fueron a detenerlo– y mi padre embarcó en otro en Bahía Blanca. Ambos buques se juntaron en alta mar y mi padre se juntó con sus pertenencias. Así volvió a Francia a fines de 1951. Luego de muerto, por una carta de rechazo nos enteramos de que se había presentado como voluntario para ir a la guerra de Corea en 1954. Durante la guerra de Malvinas, ante el abierto apoyo a los ingleses de sus camaradas de armas en el club francés de excombatientes, furioso porque él había combatido por la libertad de Francia más que unos cuantos de los que estaban ahí, tomó el mantel y arrastró por el piso platos y cubiertos y copas de más de cuarenta comensales.

He aquí al héroe.

Pero de todo esto, que aquí pude apenas sintetizar, nos íbamos enterando fragmentariamente con el transcurso de los años. ¿Quién era mi padre en realidad? Porque nosotros conocíamos a un taxista que le tenía un miedo pavoroso a los asuntos menores de la vida, capaz de armar un aquelarre por un paquete de galletitas. Porque el héroe era también un hombre de temer y estallaba o parecía estar a punto de estallar como una granada. Con los años, mi hermana y yo, adolescentes nosotros, la familia, nos íbamos conformando como una suerte de anomalía en su vida y él vivía aislado en su cuarto, casi sin tratarnos. Recuerdo las pocas veces que entraba yo –su único contacto con la familia– al dormitorio, su figura recortándose apenas en la oscuridad alcohólica, inmóvil por horas, sentado en la cama con un brazo apoyado en un antiguo tocador. Yo temía que al final se decidiera a terminar con la anomalía y durante unos años, mientras iba al colegio secundario, trataba de no dormir para vigilar al héroe, que podía venir con su arma. Fui el guardián pero no entre el centeno sino en la ratonera de mi cuarto. De estas vigilias nació el escritor. Escribir en realidad para escuchar, para no caer dormido. Birome y cuaderno en ristre, resistía hasta casi las tres de la mañana.

Y sí, al fin, compró un arma. Pero debe haber juzgado que el anómalo era él y se apuntó a la cabeza. Luchamos por varios minutos con un arma que tenía el seguro corrido y estaba lista para disparar. Sí que era un héroe y sí que era un hombre de temer.

Y sí que fue un misterio ese taxista de Buenos Aires, que en el año 83 votó al peronismo por rabia malvinera. Un misterio que uno admiraba y que en su incomprensibilidad deseaba lejos. Sí que era un misterio con su temeridad y su cobardía conviviendo como en un extenso ser que iba desde Miguel Angel hasta Gustavo Adolfo. Un misterio que vive en mí, el que llegó a ser un definitivo Gustavo y seguramente también un dudoso Miguel Angel. Un misterio que busco como sólo se busca la locura de una estirpe, porque en esa locura también habitan, al menos para mí, tanto el abuelo Ricardo como los hermanos de mi padre, Caro, que se suicidó y Memo, que terminó de peón mecánico perdido en medio de las sierras casi sin un diente en la boca. La genealogía de un misterio que ya no puede estar más que en mí mismo, como prueba de que ese pasado no ha muerto y que ni siquiera ha pasado –como decía Faulkner– y que debe habitar cómoda, displicentemente mi literatura. Un misterio que se destila a pesar de mí, creo, cada vez que escribo, que se vierte de las glándulas atiborradas con él y de las que dimanan los humores con los que, como araña, tejo y tejo en textos que brotan y brotan. Textos que surgen de un exceso de líquidos vitales. Un misterio que se me impone de la misma manera que a nosotros, los sapiens, se nos imponen todos aquellos ancestros que negamos –todos aquellos homos que miramos no queriendo ver. Un misterio que mis lectores deben oscuramente intuir.

En mi padre, en mi querido Miguel Gustavo Angel Adolfo, el misterio se diluyó en sus últimos años con la química del antidepresivo y del ansiolítico. A través de la prepotencia de la ciencia, como decía Marx, hasta lo más sólido, que es justamente lo incomprensible, se difuma en el aire. Sólo que…  Sólo que… Con el tiempo me fui haciendo lector fanático de Céline. Se sabe de su antisemitismo, de su apoyo al gobierno de Vichy, de su huida con él a Alemania cuando Francia fue liberada. Céline lo cuenta en un libro que se llama De castillo en castillo. Cuenta de su permanente temor y casi repugnancia a ser detenido por los senegaleses (por los negros) del general Leclerc. Todo el libro está atravesado por esta obsesión.

Céline, que también fue un misterio de sordideces y de amor desenfrenados (el párrafo aquel que Ferdinand le escribe desde Francia a Molly en el Viaje al fin de la noche: “Bueno, admirable Molly, quiero, si ella es capaz todavía de leerme, en cualquier sitio que yo no conozco, sepa que no he cambiado en lo que a ella respecta, que la quiero todavía y siempre, a mi modo, y que puede venir aquí, cuando quiera, a compartir mi pan y mi incierto destino. Si ya no es hermosa, ¡qué le vamos a hacer! Nos arreglaremos. Guardo tanta belleza de ella dentro de mí, tan viva, tan cálida, que tengo de sobras para los dos y para al menos veinte años, el tiempo necesario para acabar…”). Un ser tan extenso, Céline, como un continente que no puede recorrerse jamás por entero y que entonces no puede comprenderse.

Y yo he imaginado algo que no ocurrió porque mi padre no participó de la invasión a Alemania (recordemos que quedó en Marsella para “aplacar” a los comunistas). Imaginé lo siguiente: mi padre, al mando de sus soldados negros –cameruneses en realidad–, entrando en un cuarto desvencijado del más desvencijado de los viejos castillos alemanes para apuntarle a Céline al pecho y decirle: “Queda detenido”. ¿Y por qué podría detenerlo mi padre sino en nombre de lo incomprensible?

No ocurrió, pero podría haber ocurrido. El castillo, el cuarto descascarado. Mi padre –ese argentino confuso–, los negros, Céline y el gato Bébert. No podría imaginar seres más violentamente inanes y perplejos perdidos en medio de la Historia.

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