Las traiciones de la historia

En Montmartre, al costado de la basílica del Sacré-Coeur en París, en una plazoleta más larga que ancha llamada Nadar, con cerco de ligustrina, dos filas de acacias y un portoncito verde, está –en un extremo, de espaldas a la calle– el monumento de bronce dedicado al chevalier de La Barre. En 1786, un muchacho picardo de diecinueve años llamado Jean François Lefebvre fue acusado de burlarse de una procesión (no arrodillándose ni persignándose ni sacándose el sombrero y cantando, para colmo, aires libertinos), torturado y decapitado y, junto con el Diccionario filosófico, arrojado a una hoguera (L’affaire du chevalier de La Barre, Voltaire). La tragedia de aquel joven podría haber sido española; la historia de su monumento sólo francesa.

El monumento dedicado al chevalier de La Barre tiene su historia. La estatua original se la encargó el Consejo Municipal de París al escultor Armand Bloch, amigo del escritor Emile Zola, y miles de manifestantes la inauguraron en 1905, en vísperas de un Congreso Internacional de Librepensadores y de la sanción de la ley que permitiría al Estado sacudirse la Iglesia, todas las iglesias de encima.

Importa, en este asunto, recordar que el Sacré-Coeur, que venía construyéndose con parsimonia desde 1873 (a fin de salvar a Francia, según decía la orden monárquica, del castigo de Dios a causa del espíritu revolucionario que había alentado en el mundo durante la Comuna, en 1871, en ese mismo barrio de Montmartre), se había terminado al cabo del siglo y los republicanos fantaseaban con transformarla en un templo a la Razón o, al menos, con ponerle delante una “ statue colossale à la liberté ”. Por un tiempo, en parte, lo consiguieron.

El monumento se puso al pie de la escalinata. Pero, porque “ofendía” a los peregrinos, en 1926 fue desplazado más abajo y colocado de perfil a la basílica, entre los árboles de la plazoleta Nadar. En 1941, bajo el gobierno de Vichy, la estatua fue desmontada y fundida –también muchas de Voltaire, Rousseau, Condorcet, Victor Hugo, Diderot, Marat, Gambetta, Fourier, Lavoisier, Maria Deraismes, entre otros, pero no de monarcas, vírgenes y santos– para surtir de bronce al ejército ocupante.

Y en 2001 apareció, sobre el pedestal vacío desde entonces, un chevalier sonriente con las manos en los bolsillos y el sombrero puesto, en una versión “primaveral” de aquella historia. Dos asociaciones en París (existe otra en el lugar de la tragedia, Abbeville, Picardía, a gusto con su propio monumento) llevan hoy el nombre del muchacho mortificado –le arrancaron la lengua y le cortaron la mano derecha– y asesinado hace dos siglos y medio: una aplaudió la estatua y otra en absoluto.

La Association Le Chevalier de La Barre fue la que, por suscripción, financió un monumento nuevo, que el ministro del Interior y el intendente del distrito XVIII inauguraron en septiembre de 2001 pidiendo de paso la unión de los dos grupos. Porque, por su parte, la Association Internationale du Chevalier de La Barre denunciaba desde hacía tiempo que esa estatua aludía de modo “divertido” y ahistórico a aquel episodio atroz, en vez de representar al caballero La Barre atado al palo de la hoguera y con el Dictionnaire philosophique de Voltaire a sus pies (como ocurrió y aparecía en la escultura de Armand Bloch, que había sido tan dreyfusista como Zola). Exigieron que los poderes públicos financiaran la reposición de esa pieza del patrimonio republicano perdida en la guerra, tal como fue en su origen, o lo más acorde posible con su sentido ideológico.

Pero la única “estatua” que divisé, una mañana lluviosa, al salir del funicular, fue la de un hombre corpulento con la cara y el cuello pintados de blanco, una sábana recortada y colgada como túnica, inmóvil y solo entre dos columbarios negros de madera. Los turistas y eventuales peregrinos no se desvían hasta acá: entran y salen de la basílica, dan vueltas por callecitas empinadas y se paran, algunos, a tomar vino caliente con canela y jengibre en unos kioscos rodantes de hojalata color bordó.

Con mochilas y vasitos de plástico humeantes de vino perfumado, una pareja muy joven viene bajando por la vereda que costea la plaza. Muy abrigados, empujan la puertita, se paran y leen, en voz alta: AU / CHEVALIER / DE LA BARRE / SUPLICIÉ A L´ÂGE DE 19 ANS / LE 1er. JUILLET 1786 / POUR N´AVOIR PAS SALUE / UNE / PROCESSION.

Tienen un par de años más que el homenajeado, son de Lyon, estudian ciencias políticas, han leído el librito de Voltaire, conocen incluso la existencia de las dos asociaciones en pugna. Son críticos con el estilo de la escultura pero, dice él, tampoco está mal que lo representado sea el desparpajo, el momento antes de la acometida del clero, los jueces y la monarquía: el momento de libertad mental en que quizá estaba cantando la Oda a Príapode Piron, mientras pasaba la cruz. “Si uno sabe bien qué ocurrió, ok; si no, tienen razón los otros: es un objeto frívolo y posmoderno”, dice la chica.

Ignoro si esta escena mínima pero contenedora de una herencia republicana admirable podría haberme provocado la misma emoción en el caso de que hubiera arribado a la placita Nadar desde la Argentina (donde no vivo desde hace mucho), pero llegando de España el efecto es demoledor. Sobre todo ahora, a medida que en este Estado debilitado por la crisis el poder clerical –ajeno a las dolores de la hacienda pública– reconquista viejo territorio español y añade otros (televisión, radio, diarios, enseñanza, finanzas).

Pero, ¿no podría haberse presentido que, en los pliegues de la transición, el franquismo y su iglesia se mantendrían acoplados y fecundos, mecidos en un calorcito opaco y enviando a sus proles a las escuelas internacionales de economía, aquellas más virtuosas en la destrucción de lo público?

Fecundáronse y prosperaron a sus anchas y ahora mandan. En cambio, en la vereda de enfrente, el laicismo (y otras, no pocas trincheras) fue arrumbado con despreocupación, como si en vez de un derecho conquistado de modo bastante amargo fuera (la laicidad) un don natural imperdible, insignificante.

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