Las tormentas reales de Saer

Alberto Díaz, editor histórico de Juan José Saer, cuenta los pormenores de la publicación de “Papeles de trabajo”, primer tomo de una serie de cuatro volúmenes que reúne textos no publicados del autor de El entenado. Anécdotas y análisis de un escritor realista hasta en la meteorología.

“Yo que lo conocía mucho a Saer creía que tenía pocos materiales inéditos, porque todo lo que él terminó, lo publicó”, reflexiona Alberto Díaz, el editor que desde 1984 publicó la obra de Juan José Saer, primero en Alianza y luego en Seix Barral. La desmentida a su creencia se convirtió ahora en “Papeles de trabajo. Borradores inéditos” primero de cuatro volúmenes que reúne manuscritos del autor santafesino. “Muerto Saer, yo voy a su estudio en París, y encuentro un placar en el que estaban muchos de estos cuadernos, otros estaban en Santa Fe, en la casa de su hermana Mabel”, recuerda Díaz sobre el inicio, la gestación, de esta obra póstuma.

Son muchas las historias que puede contar Díaz de este autor decisivo, al que ya había leído completo el día que lo vio por primera vez. “Yo lo conocí a Juani en el año 84. Cuando volví del exilio, me lo encontré un día en la vieja librería Gandhi, y me presenté. El estaba terminando Glosa y yo estaba trabajando en Alianza”. Allí nació una relación que se mantendría hasta la muerte del escritor.

¿Cómo lo convenció de publicar toda su obra?

Hasta El limonero, Saer era un autor itinerante, tenía doce libros publicados en 10 editoriales distintas y de distintos países. En Argentina había publicado sus primeros libros en Santa Fe, luego en Buenos Aires, con Jorge Alvarez, también en Caracas, México y Barcelona. Sus libros casi no se conseguían. Cuando lo empiezo a publicar en Alianza, y luego cuando me paso a Seix Barral en el 94, llevo toda la obra.

Pero esa es historia vieja. A 8 años de su muerte, Saer vuelve a ser novedad. Díaz avisa de la importancia de estos dos primeros volúmenes, que aportan una selección de textos en los que hay desde manuscritos truncos a ficciones literarias terminadas pero inéditas. Opiniones políticas, un pasado marxista, Evita, haikus (poemas breves)… pero sobre todo un recorrido por las profundidades de su proyecto creativo.

En el primer tomo hay cuatro comienzos diferentes de El limonero real. “Los escribió a principios en 1964, son inicios de cinco páginas, de una novela que recién publicará diez años después”, analiza Díaz. Y cuenta que esa era la manera de crear del autor de La Grande, trabajando los temas de sus libros durante 10 o 15 años. “Cuando tenía la historia redondeada, con un principio y un final, se sentaba y la escribía de un tirón”, explica. Y agrega más impresiones sobre la construcción de ese universo literario. “En La Grande, último libro que yo le publico, digo que compone como los poetas”, sigue Díaz. ¿Cómo es eso? Va tomando nota en cuadernos con sus ocurrencias, por ejemplo notas de viaje. Así lo hizo siempre, con sus obras publicadas y no publicadas. Luego las pasaba a máquina, en los últimos años en la computadora. “Lo que iba escribiendo al correr de la pluma luego tenía muy pocas correcciones, eran casi textuales esas transcripciones que enviaba como original definitivo a la editorial para su publicación”, recuerda el editor de Saer, que ahora describe cómo continuará esta serie de cuatro volúmenes.

Tras el libro 1 y 2, que tienen este tono, vendrán dos corpus bien compactos. El volumen 3, será solo de poesía. Aquí Díaz celebra la novedad, teniendo en cuenta que Saer escribió sólo un libro de poesía, El arte de narrar. “Son anotaciones listas para publicar, pero que nunca presentó”, avisa. Y el número 4, estará completamente dedicado a su obra ensayística. Al final, siempre hay una descripción topográfica de los cuadernos. Allí se da cuenta de que en tal cuaderno está, por ejemplo, el texto de Cicatrices. “Obviamente no vamos a republicar Cicatrices, pero sí notas relacionadas, argumentos, ideas, aforismos y hasta traducciones”, se anticipa Díaz, y se da pie para contar algo más sobre Saer traductor.

“El traduce del inglés básicamente, y ciertos autores cuyo estilo le interesaba poder canibalizar”, analiza Díaz. Y recuerda otra anécdota: “Su viuda Laurence, me envió una traducción de Spoon River Antology, un texto de Edgar Lee Masters de 1915, que fue famoso en su época y que reconstruye la historia del pueblo a partir de epitafios. Son 244 epitafios de tumbas, extensos, muchos ficticios, que le sirven para contar la historia del pueblo”.  Díaz estima que Saer habrá traducido unos 30, con la intención de captar un ritmo, algo de ese autor que hoy está olvidado.

¿Qué más podemos descubrir de su escritura, de su manera de trabajar espiando en sus papeles?

Recuerdo que cuando estaba escribiendo Las nubes, acordamos presentarlo en octubre y que el viajara para la presentación del libro. Se atrasaba. Y me llamó para preguntarme si terminándolo en junio tendríamos tiempo de tenerlo listo. Y yo le dije, un poco en broma: Juani, terminalo, meté una tormenta, si vos en todo metés tus tormentas. Me respondió: Ojo Alberto, las tormentas mías son reales. Luego me di cuenta, las tormentas que hay enLas nubes o en El entenado correspondieron a tormentas reales, tormentas que el observó y anotó. No creo que ese material vaya a aparecer acá, pero era una forma de trabajar de él, en la que el detalle, tiene un peso.

¿Cómo ocurrió esa revelación?

Buscando materiales para La Grande abrí un cuaderno y vi citas de este estilo, que ahora invento. Son las 17:00 y estoy sentado frente al Paraná, acá en Rincón. El sol se pone por el lado derecho con un cielo rosado. Ahora hay relámpagos que se hacen más continuos, con truenos que vienen de tal lugar, comienza a gotear, la lluvia se hace más torrencial… Descripciones que no son literarias, son meteorológicas. El decía que sus novelas eran muy poco complejas en el sentido de desarrollo de historias, y por eso cada detalle tenía que tener una fuerza material.

Y hay más ejemplos….

En La Grande hay 5 páginas en las que describe cómo se enhebra una aguja. Decía que tenía que ser minucioso, por lo contrario, las historias se le caían. “Soy un escritor realista”, decía él, pero no hay que confundirlo con la corriente realista, que no es realista. Balzac puede contarnos en 500 páginas las historia de una familia de 100 años, mientras que sus relatos pueden abarcar una caminata por 21 cuadras de la avenida San Martín, con flashbacks, o La Grande, que transcurre en una semana, El limonero real que son menos de 48 horas (ver). “No quiero ser Balzac, que sus novelas son novelas de una nación”, decía.

¿Cuánto tuvo que ver Ricardo Piglia en la canonización de Saer? El hizo mucho por su obra…

Con Saer, al principio la estrategia de prensa fue un primer gran reportaje que hace Silvia Hopenhayn para El cronista y los junta a los dos, a Piglia y a él, dialogando. Pero el importante era Piglia. En cambio para Piglia el importante siempre fue Saer. Saer vivía encerrado, escribiendo, y si salía lo hacía con amigos no literarios a comer y chupar que era lo que le gustaba. Tenía una cultura rara para los escritores, leyó todo Freud, Lacan, autores que no eran muy frecuentados por otros escritores.

Habrá influido su vida parisina, aunque allí había muchos argentinos. ¿Cuál era su relación con Bianciotti por ejemplo?

No lo quería. Porque abandonó la lengua. Saer en Francia casi no se veía con escritores franceses. No se preocupaba por difundir su obra allá, aunque está todo publicado y por grandes editoriales. El no escribió nada en francés, por supuesto que lo hablaba y lo escribía, pero su mayor preocupación era que no hubiera galicismos. Yo jamás le corregí ningún libro, sí mirábamos las comas, dudas que se presentaban, pero su preocupación era esa, que no hubiera galicismos. Y cuando venía a la Argentina, lo único literario que conversabas con él se relacionaba a ciertas palabras. ¿Alberto se sigue diciendo turulato? El se definía como escritor argentino. “Ni latinoamericano ni escritor de la lengua, escribo en argentino”, decía.

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