Las revelaciones de un perverso conocido

Seguramente para el escritor californiano William C. Gordon este no ha sido un libro más. Guardada en un baúl, otra novela con este mismo personaje lo atormentó durante años sin saber por qué. Pero cuando Gordon descubrió el secreto, escribió como un rayo El enano, (editorial Debolsillo) una policial más para su saga protagonizada por el periodista Samuel Hamilton, pero con un trasfondo autobiográfico que el mismo autor revela en esta entrevista. “Ese personaje es mi padre”, dice sin eufemismos Gordon. Habla de Dusty Schwartz, el enano, el principal sospechoso de un asesinato escabroso, un personaje perverso. La historia transcurre en las calles de San Francisco, en los años 60, y está ambientada en las comunidades beatnik y gay. Allí el enano, un inmigrante mexicano y pastor de una iglesia, da rienda suelta a sus perversiones en sociedad con la dominatriz, una bruja sádica y ambiciosa. Así el autor libera toda su bronca contra su padre, un navegante australiano que recaló en California, que como él era escritor y hasta se había inventado una religión.

 

Gordon, conocido por ser desde hace 25 años el marido de Isabel Allende, se reconoce como un escritor tardío. Impulsado por su mujer, publicó su primera novela a los 60 años, pero ahora no puede parar. Ya tiene dos nuevos libros sobre el investigador Samuel Hamilton, que verán la luz en 2013. Y hasta piensa cambiar de género. Amante de la cultura latina, el escritor visita varias veces al año la Argentina y México, y escribe en defensa de los inmigrantes que alguna vez defendió como abogado hace años en el país del norte. Habla bien de Obama, a quien considera el “salvador de la clase media” y sufre los carteles que vio en bares de Arizona, prohibiendo la entrada a “perros y mexicanos”. Vistiendo su típico sombrero negro, acosado por los llamados telefónicos de Allende, que ahora mismo está del otro lado de la cordillera, Gordon despunta su español aprendido en un gueto mexicano. Y no se guarda nada.

¿Por eligió a un periodista como protagonista de su saga?

Yo empecé a escribir tarde, a los 60 años. Y estaba encantado con Dashiell Hammett, y también con Humphrey Bogart. Crecí con ellos. Pero me cansé del protagonista hipermacho que abría las puertas a patadas. Yo quería un personaje que siempre necesitara de los otros, que se apoyara en otras personas, que también pudiera desarrollar en mis novelas. Que le dan fuerza. El libro policíaco en un sentido está limitado a la mirada del protagonista. Yo no busco eso, quiero una red de protagonistas.

Claro, y allí está Melba, la dueña del bar, que es un personaje real.

Sí, no le he cambiado ni un pelo de la cabeza. Ella fue mi socia durante 15 años, y allí está, en mis libros. Quería cambiar el estilo del detective. Que no fuera policía, que no usará teléfonos celulares, ni tuviera chance de hacer un ADN. Así voy paso a paso, soy muy oldfashion.

¿Por qué elige enfocarse en la comunidad gay, en la beatnik de los 60, mundos que hoy pueden ser vistos de una manera muy diferente? ¿Qué queda de ese mundo?

Sigue floreciendo. Manejan casi la ciudad. Hace unos días invitaron a Isabel a encender las luces del árbol de navidad, y el que la presentó era un travesti en tacos altos. Eso ocurre en San Francisco, quizá en Buenos Aires, pero no en muchos lugares más. Escribo desde la nostalgia.

¿Con añoranza?

Ahora mismo están planeando hacer un metro en Chinatown. Lo va a fregar todo. Por eso en mis libros cuento como estaba Chinatown hasta ahora, porque lo van a tumbar.

Para usted, ¿es importante esconder al asesino hasta el final?

Es clave. «Make them laugh, make them cry, but most of all, make them wait.» (Hazlos reír, hazlos llorar, pero sobre todo, hazlos esperar) decía Dickens. Y yo suscribo. Allí está el enigma. Cualquier novela de suspense lo necesita.

Y qué hay de las motivaciones, hay muchos autores de policiales que anteponen el trabajo sobre las motivaciones de un crimen por sobre el autor del mismo.

(Niega con la cabeza) Bueno, ahora yo voy a escribir uno de esos libros, pero es de amor. Es otra de las historias que tenía en el baúl. Nunca supe cómo contarla. Y aquí sí voy a trabajar la motivación, porque de inmediato sabrán quién es el malo. Voy a tomar el riesgo de cambiar el tono.

El trasfondo de la novela está atravesado por la tragedia de la inmigración latina en los Estados Unidos, con una mirada crítica sobre el trato de los gringos a los mexicanos, por ejemplo, ¿se identifica tanto con la población latina?

Es mi gente. Hablo de mi gente. Yo crecí junto a los mexicanos. En lo bueno y en lo malo, porque la dominatriz, (en la novela es la asistente y socia del enano) era la socia de mi papá, una bruja de mierda que también era mexicana. Son todas conexiones reales, muy autobiográficas.

Como protagonista, además de su investigador, el periodista Samuel Hamilton, tenemos al enano Dusty. He leído que ya había escrito sobre él, pero recién ahora se anima a publicarlo. ¿Por qué?

Hay una razón por la que lo rescaté del baúl. Ese enano, finalmente es mi padre. El físicamente, carismáticamente era un gigante, pero emocionalmente era un enano. Mi padre era un mujeriego y un borracho, un verdadero desastre. Por eso no podía soltarlo. Tenía que hablar del enano, matarlo al fin para librarme de él.

 

¿Tuvo un costo emocional trabajar este personaje perverso que le remitía a su padre?

Cuando empecé a escribir yo no sabía que era mi padre. En un momento decidí que iba a ser predicador, y allí descubrí por qué nunca había podido soltar a este personaje. Era mi padre. Recién ahí lo entendí.

¿Y fue esa una revelación liberadora para usted?

Sí, totalmente. Escribirlo me sirvió para deshacerme de él. Pude sacarlo del baúl.

Isabel le sugirió que lo mantuviera bajo llave, ¿por qué?

Porque ella no lo sabía. Pero después, cuando lo supo, y vio que iba a escribir el libro, empezó ella a hablar de la cosa en público.

¿Se siente más contento con su vida de escritor que con la  de abogado?

Mucho. Y además me siento completo, en el sentido de que yo siempre supe que iba a ser escritor, desde que tengo 5 años. Veía a mi padre sentado en la máquina de escribir y ya lo sabía. Luego Isabel me ayudó muchísimo. Y ahora lo soy.

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