Las mujeres indígenas

Los testamentos de mujeres comprendían una proporción bastante significativa del total relativos a indígenas que se hacían en cada ciudad. En Santafé de Bogotá eran el 70%, en Cuenca (Ecuador) el 50%, en Santiago de Chile el 45%, en México el 35%. En el caso de Santiago, el menor porcentaje obedece a que entre los migrantes incas al Reino de Chile el número era acentuadamente masculino. Y en el caso de México, como ya dijimos, la muestra publicada toma en cuenta más a los indígenas del campo que a los de la ciudad. Con todo, estas cifras muestran un hecho incontrastable, la fuerte presencia femenina en las ciudades y en el proceso de formación de la nueva sociedad. Las ciudades hispanoamericanas tuvieron una mayoría de población femenina durante los siglos XVI y XVII. En el siglo XVIII esa diferencia se redujo, sin llegar a igualarse. Con cierta razón alguien dijo que esas eran «ciudades de mujeres». La explicación de este particular hecho es el de que las ciudades hispánicas absorbieron preferentemente fuerza de trabajo femenina de su entorno destinado al servicio doméstico. Pero también porque éstas en principio no estaban obligadas a pagar tributo.

La ciudad ofrecía a las mujeres indígenas atractivas posibilidades de conseguir numerario y alcanzar una independencia que no tenían en los pueblos. Por eso las actividades en las que las mujeres indígenas sobresalieron fueron las del comercio. En todas las ciudades el comercio informal y la venta de alimentos estaban en manos de las mujeres indígenas. Conocidas como «gateras» o «regatonas», en todas las ciudades eran las que vendían frutas, fritos, dulces y panes en forma ambulante. También vendían hierbas medicinales y aromáticas, velas, leña y chicha. Las más prósperas dejaban de andar las calles y abrían una tienda. Estas vendedoras llegaron a ser una fastidiosa competencia para los tenderos organizados, que se quejaban de ellas por que por no pagar impuestos ofrecían los productos a menor precio. En los barrios indígenas casi en cada dos casas había una pequeña tienda. He dicho que otras indígenas abrían sus mesones a manera de restaurantes. Y otras más emprendedoras aun, efectuaban un comercio regional llevando sus productos, incluyendo textiles, a las regiones mineras. A saber por los testamentos, muchas mujeres participaban también en el crédito financiero, prestando pequeñas sumas de dinero a indígenas, mestizos y blancos. Finalmente, en Cuenca, Ecuador, parece que las indígenas destinaban sus ahorros a adquirir predios tanto urbanos como rurales, pues su participación en el mercado inmobiliario es sorprendente. Entre un 28% y un 40% de las compras-ventas de terrenos del siglo XVIII fueron realizados por ellas18.

Pero, era verdaderamente nueva esta presencia de las mujeres en las actividades mercantiles, o se trataba de una continuidad prehispánica?19 Distintos códices prehispánicos nos enseñan a las mujeres mexicas con sus ventas en los tianguis. Y Fray Bernardino de Sahagún, observador como ninguno de las costumbres de los indígenas mexicas, describió los multiples oficios que desempeñaban. En el tianguis vendían tejidos, mantas guisos, tamales, tortillas, chocolate, plantas medicinales y aromáticas. Y también hacían el llamativo baño de shampoo y masaje que aplicaban al cabello de hombres y mujeres. Sin embargo, aunque parecían dominar el tianguis, es decir, el mercado local, no nos es clara su participación en el comercio en gran escala.

La actitud de las mujeres indígenas como propietarias de predios y solares llega a ser sorprendente. No son pocas las que nombraban haber recibido de sus amos el lote en el que residían. Algunas reconocían haber tenido prole con ellos. Lo importante a resaltar es la conciencia que parecían tener estas mujeres del valor de la propiedad privada en la sociedad en que vivían. Y la intuición de que sus títulos de propiedad eran el más preciado patrimonio ante la adversidad y la pobreza. Es eso lo que parecerían revelar las fuertes cláusulas que ponían a sus legados testamentales para impedir que sus hijos los vendieran. Especialmente con los hijos «calaveras», los que habían caído en el alcohol o en el juego. Así, decían dejarles el bohío o el solar para que vivieran en él, sin que jamás pudieran venderlo, porque era lo único que les quedaba!

Los testamentos enseñan la adopción del modelo familiar introducido por los religiosos. El matrimonio católico se había difundido ampliamente entre los indígenas y las líneas de sucesión de primogenitura se habían consolidado. Por ejemplo, la mayoría de las mujeres que dejaron testamento eran viudas, pero todas se habían casado por lo católico (aunque también tuvieron hijos naturales antes de sus nupcias o en su viudez). Algunas como he dicho tuvieron hijos de españoles. Las solteras fueron un grupo menor, que tampoco estaban eximidas de haber procreado con españoles o indígenas. La familia indígena que nos presentan los testamentos es sumamente compleja, difícil de precisar. De manera preliminar podríamos decir que es una familia que vivía una fractura, un desgarramiento, que no alcanzamos a conocer en toda su extensión. Las familias separadas, los ancestros perdidos, la reducción del parentesco, la alta mortalidad, especialmente infantil, limitaban ostensiblemente su vida familiar. La unión conyugal era precaria, aunque en algunos casos demostraba una fortaleza singular; como en el caso de una indígena de Bogotá que se dedicaba a comerciar en tierra caliente para sostener la familia ya que su marido era tributario, o la que amasando pan mantenía la casa debido a la enfermedad de su esposo.

A pesar de todo, los hogares indígenas eran el colchón que amortiguaba los quebrantos que vivía la sociedad colonial. Muchos testadores confesaron haber criado niños abandonados o huérfanos, casi como hijos propios. Sorprende además que, en ocasiones, esos niños fueran blancos. Cada testamento descubre un tejido de relaciones de solidaridad, de ayuda, de caridad, sumamente importante. Fue gracias a este tejido que pudieron sobrevivir, cierto es penosamente, muchas viudas, ancianos, o niños sin padre. En los testamentos abundan los encargos dirigidos a familiares o a vecinos para velar por los que ya no se podrá proteger, especialmente hijos descarriados (bebedores, jugadores o enfermos). También están ahí las constancias de gratitud para los que en momentos críticos del ciclo vital brindaron auxilio y ayuda, en ellas se revelan en forma intensa los vínculos cambiantes que tempranamente establecieron los indígenas con los negros y mulatos. De ser sus amos, en ocasiones, tornaron a ser sus vecinos y parientes. En la base de esa vida familiar, de esas redes de solidaridad, es bueno decirlo, se encontraban mujeres sumamente activas y concientes del momento histórico que vivían.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *