Las mentes y el poder

En “Los intelectuales y la política en la Argentina”, Héctor Pavón reconstruye esta trama de relaciones desde Alfonsín hasta Cristina.

Un caballo noble y perezoso que a causa de su gran tamaño necesita de un tábano para mantenerlo despierto: la imagen socrática bien puede resumir la relación ideal entre el político y el intelectual, ese tábano que con sus ideas incomoda, perturba, “despierta” conciencias. En Los intelectuales y la política en la Argentina. El combate por las ideas (1983-2012) Héctor Pavón analiza, a través de innumerables fuentes, la labor de los intelectuales que desde distintas tradiciones han auscultado los sucesivos gobiernos democráticos.

El autor traza un perfil de cada presidente en relación a su vínculo con los intelectuales desde Ricardo Alfonsín y el “Grupo Esmeralda” (con referentes como Juan Carlos Portantiero y Emilio De Ipola) que tuvo gran influencia y visibilidad, por ejemplo, en el discurso de Parque Norte. Sin embargo, al propio De Ipola le quedó la sensación de que el grupo sólo logró instalar algunos temas (como las modalidades que puede asumir la democracia) y llevar una pequeña contraofensiva contra la derecha y la ultraizquierda anacrónica. No mucho más.

Carlos Menem gobernó, en principio, sin intelectuales. Se respaldó en los llamados “expertos”, en especial de la economía. “Se había menemizado el aire, la cuenta bancaria, la derecha y la izquierda, también el intelectual firmante de libros o luchando por su bestsellerato (…) Remitió a una asfixia en el marco de las ideologías neoliberales de lo inexorable, que comenzó a invadir pesimistamente el campo cultural”, escribía Nicolás Casullo.

Ocaso y resurgimiento

Fue el proyecto político de Carlos “Chacho” Alvarez y Graciela Fernández Meijide el que volvió a convocar a intelectuales como Carlos Altamirano a sus filas, pero en el gobierno de la Alianza quedarían eclipsados. Pavón es muy agudo en su análisis del grupo de influencia de Fernando De la Rúa, que sobre todo escuchaba a sus hijos Aíto y Antonio, quienes conformarían el “Grupo Sushi”, una supuesta usina generadora de ideas. Resumiendo: si Portantiero y De Ipola escribían los discursos para Alfonsín, a De la Rúa los suyos se los corregía su hijo Antonito, que se alejó de la política cuando conoció a Shakira.

Los intelectuales tuvieron un resurgimiento tras los episodios de 2001. La renuncia de De la Rúa, los cacerolazos, el “que se vayan todos”, fueron una usina de ideas renovadoras para figuras de las ciencias sociales como Horacio González, Maristella Svampa, Emilio Cafassi o Nicolás Casullo.
Poco después de convertirse en presidente, Néstor Kirchner comenzó a entrevistarse con intelectuales –entre ellos José Pablo Feinmann, José Nun, Mario Wainfeld, Miguel Bonasso– pero con Nun como secretario de Cultura, rompió con esa rutina. Cuando los retratos de Videla y Bignone fueron retirados del Colegio Militar, las miradas se dirigieron a un sólo inspirador: Horacio Verbitsky. Pavón analiza claramente las distintas etapas del gobierno de Kirchner, desde las primeras ideas de transversalidad y apertura hasta su abroquelamiento en el aparato peronista, en el cual los intelectuales fueron perdiendo peso.

En la presidencia de Cristina Fernández de Kirchner la intelectualidad volvió a decir “presente” con el “conflicto del campo” que dio lugar al colectivo Carta Abierta, con pensadores afines a las políticas del gobierno cuyo principal referente es Horacio González, director de la Biblioteca Nacional, a quien Pavón identifica como un símbolo del kirchnerismo hecho teoría, que a su vez es capaz de señalar sus diferencias cuando la coyuntura no lo satisface. Por otro lado, el autor resalta a Beatriz Sarlo como la intelectual destacada de esta época, representante de un pensamiento crítico capaz de arrojar misiles precisos al kirchnerismo.

Cada gobierno ha tenido diferentes vínculos con la intelectualidad, desde los “adictos” encolumnados acríticamente, que precisamente por su falta de actitud reflexiva pierden su pretendido estatuto (los aduladores no son intelectuales), hasta los que de modo más o menos orgánico sumaron ideas a los distintos proyectos políticos, pero siempre desde el ámbito del debate, de la discusión, del análisis.

El matrimonio infeliz entre vida intelectual y política es extensamente retratado por Pavón con enjundia y sagacidad. Aunque para entender por qué la vida intelectual resultó y resulta tan vivaz y la política tan alicaída –y emparejar un poco las cosas– tal vez haga falta, más que buenos libros, una terapia de pareja.

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