Las lunas de Roca

Sin embargo, lo anterior no le resta importancia al trabajo a todas luces honesto del bardo antioqueño. El mismo Roca reconoce la subjetividad de su exploración al mencionar en las líneas liminares del capítulo Los espejos fragmentados, el ineludible acento personal de cada sentencia: No todos los espejos nos devuelven la misma mirada. En una galería de ellos siempre hay una luz distinta. Antes de comentar la imagen devuelta por la luna de esas páginas, menciono la valía del testimonio dado por los protagonistas de la historia –en el fondo la obra glosada no es cosa distinta a una bitácora de lectura, a las memorias codificadas del autor–, pues si bien carece del pulso taxidérmico de la academia revela caracteres sólo visibles para los artistas. Cualquiera provisto de mediana sensatez le prestará atención a la conversación sostenida sobre cine por Truffaut y Hitchcock; también se la dará, desde luego, a las opiniones de uno de los nombres significativos de la lírica latinoamericana vigente, así estas, lo repito, no pasen de ser impresiones cimentadas en la intuición, verbigracia la creencia de que a pesar de su condición de operas primas Suenan timbres y Los poemas de la ofensa hacen palidecer el resto de la producción de Vidales y Jaramillo Escobar. No hay sorpresas, salvo quizá el lugar marginal otorgado a la obra de William Ospina, ni sobresaltos, en la revista de Roca; tampoco, omisiones mayúsculas ni inclusiones polémicas. El saldo de decapitaciones es bajo, apenas dos: Guillermo Valencia y Gonzalo Arango. El primero encarna la antítesis de la buena poesía mientras el autoproclamado profeta del nadaísmo es puesto en la frontera del chispeante prosista y del versificador nadista –perdonen el roqueano juego de palabras–. A última hora recibe indulto Eduardo Carranza al trocar las muchachas suspirantes de Canciones para iniciar una fiesta por la cofradía de fantasmas de Epístola mortal. Los aplausos son ofrendados, en orden de intensidad y duración, a Aurelio Arturo, Héctor Rojas Herazo, Álvaro Mutis, Luis Vidales, Luis Carlos López, de quien se nos informa que la desviación de un ojo y no su ausencia fue el padecimiento ocular del cartagenero; Jorge Gaitán Durán y Fernando Charry Lara. Lo dicho: ni sorpresas ni sobresaltos. Un lector informado habría delineado un croquis similar, aunque difícilmente con semejante destreza.

Algunos pasajes del libro en comento, con leves variaciones, hacen parte de Cartógrafa memoria (2003), publicado por el Fondo Editorial de la Universidad Eafit – concretamente los dedicados a José Asunción Silva, Aurelio Arturo, Luis Vidales y el ensayo final sobre la incidencia de la confrontación armada en la ars poética colombiana–. En diversos momentos, el autor señala con acierto que la suya es una de las tantas historias de la poesía colombiana de la centuria pasada. Diestro poeta, novelista de cortos alcances, ensayista ajeno a la querella, ingenioso hacedor de travesuras verbales –quien haya asistido a una de sus conferencias atesora varias–, cuentista prescindible y periodista de ocasión, Roca conquistó un sitio nada despreciable en el actual horizonte de las letras hispanas. Con el paso de los años aumenta el número de voces que lo incluyen en las quinielas del Nobel de Literatura. A fin de cuentas, eso no importa. Perteneciente a la generación desencantada –propone el término inxilio para llamar a los líricos aparecidos una vez el incendio del nadaísmo perdió altivez–, califica la creación poética a partir de su consciente alejamiento de la gravedad de opereta y de la manía de encontrar en todo lado, incluso en la amada vulva, un jardín.

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