Las emociones marcan el sentido del tiempo

La celeridad con la que pasa el tiempo varía según nuestras emociones. Aumenta durante una comida festiva o en un momento de ternura con un hijo o un ser querido. En dichas ocasiones transcurre tan rápido que nos gustaría retenerlo, convertir esos instantes en eternos. En cambio, en situaciones desagradables, como una discusión con un amigo o cuando sufrimos, el tiempo parece dilatarse, incluso paralizarse.
Durante años, los psicólogos relegaron el estudio de las emociones a un segundo plano. Para ellos, las emociones, foco de los males del cuerpo y del espíritu, se hallaban disociadas del pensamiento racional. En la actualidad, por el contrario, se sabe que los factores emocionales son indisociables de la cognición. Los razonamientos, la toma de decisiones o la forma de enfrentase al mundo dependen de las emociones, las cuales resultan un modo eficaz de adaptarse al medio. Además, los estudios sobre la percepción del tiempo muestran que el ritmo del reloj interno varía según el estado emocional: dependiendo de si se acelera o ralentiza nos indica si debemos darnos prisa o, por el contrario, tomárnoslo con calma.
Con el fin de investigar la relación entre emoción y percepción temporal, los científicos se han centrado, sobre todo, en el miedo. Diversos experimentos les han servido de herramienta: desde una plataforma rodante que lleva al probando hacia un precipicio, pasando por saltos en paracaídas, hasta la presencia de una araña de gran tamaño ante personas con aracnofobia. En nuestro laboratorio nos hemos contentado con someter a los voluntarios a sonidos desagradables. Con todo, cualesquiera que sea el procedimiento experimental utilizado, los resultados confirman que el ser humano sobrestima el tiempo que pasa cuando siente miedo o se encuentra estresado.

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