Las buenas compañías

Ahora que el mundo no colapsó como predijeron algunos intérpretes de las profecías mayas, o digamos que no colapsó todo junto y para siempre sino que se siguen produciendo pequeños colapsos cotidianos, es hora de pensar en qué universo literario vamos a sumergir nuestra cabeza en estas vacaciones.
Porque aunque una tiende a manotear el último libro que compramos, el del autor que fue bendecido por la crítica o los gordos volúmenes de literatura erótica que tienen contentos a tantos novios y maridos, hay que recordar que esa elección puede influir en cómo estará nuestro ánimo en esos días de descanso, en los que siempre –calculamos con optimismo– vamos a dedicarle muchas horas a la lectura.

Porque hay libros que te dejan respirar y libros que te asfixian. Libros que te dejan con la sensación de haber leído algo bello (y no estoy diciendo algo feliz sino algo bello) y libros que destilan un sabor amargo.

Recuerdo unas vacaciones que pasé en el sur de Brasil. Todo estaba perfecto: la playa, el clima, la compañía. Pero no puedo pensar en ese hotel sin revivir la sensación de opresión que me dejó la novela que estaba leyendo: un caso de relaciones sombrías, de personajes sórdidos y sin salida.

Como contrapartida, una de las vacaciones más lindas de mi infancia la pasé con mis padres y hermanos en un pueblito de Córdoba, donde no había casi nada que pudiera divertir a una chica: una iglesia, un almacén de ramos generales –de la familia de Dalmacio Vélez Sarsfield, el redactor del Código Civil– y unas ruinas jesuíticas. Sin embargo, todas la noches mi papá tomaba un viejo libro y nos leía un cuento de Las mil y una noches. No sé si se trataba de una versión infantil o podaba las escenas entre el sultán y Scherezade, pero los personajes de esos cuentos fueron los mejores amigos de viaje que puedo recordar. El pueblo, teñido de sepia y detenido en el tiempo, no tenía nada fantástico, según comprobé años después. Como en las profecías incumplidas, lo fantástico estaba en el relato.

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