Las aventuras de Robin Wood, el padre de Nippur de Lagash

La constatación fascina porque muchas veces se pensó que ese nombre era una etiqueta detrás de la cual se ocultaban numerosos guionistas. Es que con casi medio centenar de personajes nacidos de su pluma –algunos con casi 30 años de presencia continua en el mundo de la historieta – y una producción que llegó a alcanzar entre 15 y 20 guiones semanales, resulta difícil creer que un solo hombre sea capaz de semejante obra. Pero ese hombre existe. Y se llama Robin Wood de verdad. Curiosamente, su nombre real suena menos verosímil que los de Mateo Fussari, Robert O’Neill, Noel Mc Leod, Roberto Monti, Joe Trigger, Carlos Ruiz, Rubén Amézaga y Cristina Rudlinger, los seudónimos a los cuales tuvo que recurrir para no copar los índices de las revistas de Editorial Columba.

Robin Wood, el de carne y hueso, fue homenajeado el sábado por el ministerio de Cultura del Gobierno porteño en el Museo del Humor.

El ministro Hernán Lombardi, tras las palabras de rigor, le hizo entrega de un diploma y luego el actor Juan Acosta le hizo una entrevista pública. En realidad, Acosta –que había preparado prolijamente un cuestionario– no tuvo necesidad –ni oportunidad– de preguntar demasiado, porque Wood se despachó con una hora casi ininterrumpida de anécdotas, desgranadas con histrionismo.

La biografía de Robin Wood es digna de su oficio. Nació en Paraguay en 1944, en el seno de una colonia de inmigrantes irlandeses y escoceses que llegaron a Sudamérica desde Australia y fundaron una colonia “socialista” en medio de la selva. “El tipo que dirigía la expedición declaró dos leyes: nada de alcohol ni de relaciones con las nativas. Imagínense quinientos irlandeses en la tierra de la caña de azúcar… no se habían sacado los zapatos que ya estaban destilando. De ellos, además, trescientos cincuenta eran hombres… bueno, todo esto trajo algunos desajustes”, cuenta Wood y el público ríe a carcajadas.

De chico, nunca tuvo contacto con la historieta. “Dejé la escuela en quinto grado, viví en un orfanato y trabajé en un obraje despachando troncos por el río Paraná. Eso sí: a los ocho años ya devoraba la obra de Shakespeare, Simone de Beauvoir y Hemingway y antes de los 20, había ganado dos concursos literarios. Uno de ellos, un análisis sobre la cultura y el arte en Francia.” Robin Wood, el autodidacta, se define a sí mismo como “un lector enfermizo”.

Cuando llegó a Buenos Aires, fue obrero durante diez años, viviendo en condiciones poco menos que miserables. Su primer contacto con el mundo de las viñetas fue a través del gran dibujante Lucho Olivera, con quien compartía la fascinación por la historia de Sumeria y la antigua Mesopotamia. Wood quería dibujar, pero carecía de talento. Olivera, por su parte, se quejaba de la calidad de los guiones. Olivera le propuso entonces que escribiera y así fue como Wood, el dibujante frustrado, le hizo llegar tres propuestas. No se enteraría de su suerte hasta verlas publicadas.

“Ese mismo día me presenté en Columba. Había llegado tarde al trabajo, una fábrica en la zona de Martínez, y no me dejaron entrar, llovía… todo era deprimente, casi de película, y me fui a la editorial, que quedaba por Corrientes y Callao”. Entre su nombre inverosímil y su aspecto harapiento, Wood tuvo que dar muchas explicaciones, pero salió de allí con su primer cheque y un compromiso de trabajo. “Me pagaron los tres guiones y me prometieron comprar todo lo que les enviara”.

Desde entonces, Robin Wood, el prolífico, integra con Héctor Oesterheld y Ray Collins el podio de los guionistas de historieta argentinos. Junto a Olivera, fueron responsables de momento cumbres de la historieta nacional como Nippur de Lagash y Gilgamesh, el Inmortal.

Trabajó con otros grandes dibujantes, como Falugi, Pedrazzini y Mandrafina. “Los mejores”, según Wood, que agrega risueño: “mi relación con ellos no es de ‘amor-odio’ sino de ‘odio-odio’. Los personajes, una vez dibujados, casi nunca se parecen a como yo los había imaginado”.

En la década del ‘70, Wood muchas veces fue atacado por “reaccionario”, por escribir para una editorial católica como Columba. “Yo fui obrero y los que me atacaban nunca habían salido de la universidad. Mis personajes inspiran el sentido del honor y los sueños en los adolescentes”, dice ahora.

A los 68 años, Wood sigue trabajando a pleno, viajando por el mundo, escribiendo a mano y “de un tirón” sus guiones en cuadernos escolares para siete dibujantes distintos y anuncia la filmación de una película basada en Nippur, quizás su personaje más célebre.

Uno de sus editores, Diego Accorsi, acaba de poner en marcha un muy recomendable sitio web (www.robinwoodcomics.org), una ventana adecuada para acercarse a la obra de Robin Wood, el incansable.

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