La vitalidad del chavismo

“Il n’est pas tombé, il est mort!” Esta frase, atribuida tradicionalmente –creo- a Jean-Antoine Carrel, uno de los primeros escaladores del Monte Cervino, me viene a la mente con una conmoción que hasta a mí me resulta nueva –pienso en la desaparición de Hugo Chávez. Tampoco él cayó, resistió con firmeza hasta la muerte, haciendo de su resistencia a la enfermedad un emblema de su lucha política por el ideal de una América Latina “bolivariana”. Para mí, como para muchos otros occidentales con mi formación, Chávez tenía todas las cualidades para ser mirado con desconfianza: militar, “golpista” al menos en los inicios de su aventura política, populista, “caudillo”, etcétera, etcétera.

Prejuicios que continúan inspirando a buena parte de la opinión “democrática” predominante. Que no solamente se burla de las sospechas (no probadas, pero absolutamente verosímiles conociendo a la C.I.A. y las empresas petroleras) sobre su presunto envenenamiento por parte de sus enemigos de siempre, sino que olvida la esencia de su enorme acción de liberación de su país y de toda Sudamérica. Chávez retomó, dándole una realidad corpórea, aquélla que ya es una suerte de mito: la herencia de Castro y del Che. Conociendo directamente –en el transcurso de reiteradas estadías, hasta la última, en ocasión de su reelección por enésima vez en noviembre pasado- la realidad de Venezuela, era difícil no darse cuenta de la verdad que con demasiada frecuencia los medios occidentales nos escondían: es decir, que después de recuperar los ingresos de la industria petrolífera, Chávez puso en marcha y en gran parte llevó a cabo una transformación emancipadora trascendental de su país: escuelas que incluso en las zonas amazónicas más remotas redujeron drásticamente el analfabetismo, asistencia sanitaria gratuita y de calidad, programas sociales que eliminaron la pobreza extrema en la que el país, entre los más ricos en recursos naturales, caía bajo los regímenes “democráticos” de impronta neocolonialista.

Fue impresionante todo el plan de las “misiones”: una especie de sistema de grupos de intervención voluntarios de los ciudadanos, que secundan a la administración pública en sectores particularmente importantes. Siendo grupos voluntarios, es obvio que quienes participan en ellos son “chavistas”, dando motivo a las objeciones de que se trata de algo del régimen. Sin embargo, no están cerrados a nadie, basta tomar la decisión de participar en ellos. Se difundió así una vitalidad democrática “de base” que en nuestras democracias “maduras” no se puede imaginar siquiera. Las misiones y la política social son lo que impactó a muchos intelectuales occidentales, el primero Noam Chomsky, o a cineastas como Michael Moore y Oliver Stone. Ellos, como cualquier visitante, cuando llegan a Caracas preguntan qué diarios leer, y constatan que los medios de comunicación son todos, salvo la televisión estatal, anti-Chávez. ¿Sería, acaso, un país donde no hay libertad de pensamiento, de información, de prensa?

Pero la fuerza del ejemplo de Chávez se ve también y sobre todo a través de lo que sucedió en muchos países latinoamericanos en los últimos años. Así como Chávez sería impensable sin Castro, de la misma manera Evo Morales, Correa, Mujica, y los propios Lula y Cristina Kirchner son impensables sin Chávez. Todos juntos constituyen probablemente la única gran novedad de la política mundial de estos decenios, mucho más que el desarrollo neocapitalista de China e India. Un modelo de democracia de base que Europa debería mirar con más atención.

 

Traducción de Cristina Sardoy

© La Stampa, Gianni Vattimo y Clarín, 2013

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