LA VERDAD SOBRE EL PADRE ALEJANDRO IWASZEWICZ

LA VERDAD SOBRE EL PADRE ALEJANDRO IWASZEWICZ

 

Lamentablemente las cosas para el Padre Alejandro están bastante peores de lo que se podría inferir leyendo su carta a los feligreses o la descripción de la visita a la cárcel de Pablo Colaágelo. Él se muestra como un valiente y quiere mantener tranquila a la familia (a su esposa e hijos más que nada, pues mis padres ya han visto en que condiciones está). Lo trataban mejor en el primer penal de destino «transitorio» en Montevideo, que alberga a los acusados de delitos económicos. Allí, donde le corresponde estar, no se encontraba, como ahora, rodeado de drogadictos, asesinos y toda clase de malandras de vida sucia. ¿Por qué lo cambiaron a esta otra cárcel a 20 kilómetros de la capital uruguaya? No lo sé. ¿Fue a propósito? Puede ser…

 

O sea que su carta a los feligreses y lo que le conto a los muchachos que fueron a visitarlo, era para tranquilizar.

 

Ha llegado el momento de hacer una reseña del caso, para que la gente sepa la verdad.

 

Todo comenzó hace una decena de años.

 

Como la mayoría de ustedes saben, los curas ortodoxos en todo el mundo, y en particular los rusos, necesitan trabajar para solventar no sólo su vida personal, sino también su trabajo pastoral, ya que nuestras comunidades por lo general no poseen grandes recursos, ni están acostumbradas al diezmo, con lo cual los curas se ven imposibilitados a dedicarse exclusivamente al sacerdocio.

 

El padre Alejandro, como muchos rusos de la Argentina, comenzó a llevar adelante trabajos de traducción para diferentes empresarios de Rusia en la época de los años ’90, cuando éstos comenzaron a realizar viajes a la Argentina en busca de nuevos negocios.

 

En tal contexto, uno de tales empresarios le ofreció al padre una posición algo más estable, si bien no permanente, para que le ayude a adquirir una propiedad en el país, radicarse y desarrollar sus negocios, que consistían fundamentalmente en la exportación de materias primas a Rusia y otros destinos. Antes de aceptar la tarea, el Padre Alejandro le preguntó al arzobispo Mark de Berlín, con quien por aquella época tenia una buena relación, si podía hacerlo. Y este le contestó que le daba su bendición para ello.

 

En Rusia, este empresario, Vasily Kuznetzov, junto a su familia, se dedicaba a actividades de extracción minera y química. Como la mayoría de los empresarios rusos actuales, había sido directivo de las empresas publicas durante la época soviética y luego, al «privatizarse» todo el sector, estos funcionarios pasaron a ser sus dueños. (Inclusive capitanes de barcos pesqueros vendían sus buques a inversores Argentinos pues consideraban que el buque ya era de ellos. Eso paso, por ejemplo con el buque-factoría «Samanta»). La plata la repartían entre la tripulación y encima se quedaban trabajando allí pues nadie sabia como operar el buque. ¡Doble lotería!

 

Este empresario estaba interesado en las curtiembres argentinas, bien para procesar los cueros, o para vender sus productos químicos como insumos.

 

Sin embargo, al comenzar la crisis en el país, decidió terminar con sus actividades y marcharse. El padre Alejandro le ayudó a desprenderse de sus activos, incluso tras la partida del empresario del país, que seguía enviándole instrucciones desde Rusia.

 

Posteriormente esta persona ofreció un trabajo más estable al padre. Había establecido una compañía en la República Oriental del Uruguay, dedicada a la compra de materias primas. El padre Alejandro le ayudó a establecerla, figurando a la vez como director en el aspecto formal, si bien en la práctica no ejercía tal cargo, ni percibía honorarios correspondientes a un director. Los ingresos sólo le permitían mantener a su familia y solventar sus viajes pastorales al interior.

 

En una oportunidad, realizaron una transferencia de fondos para adquirir no sé exactamente que activos. El padre Alejandro recibió la transferencia electrónica y firmó para depositar esos fondos en la cuenta de Uruguay.

 

Al poco tiempo de ese hecho, Uruguay comenzó a llevar adelante una política más exigente en materia financiera, en particular, adoptó normas más estrictas tendientes a no permitir actividades de lavado de dinero, con lo cual empezaron una especie de “cacería de brujas”. Comenzaron a perseguir a mucha gente, poniendo en duda sus operaciones, y el padre Alejandro quedó expuesto en una situación de vulnerabilidad, debido a que la compañía era pequeña, y carecía de respaldo político alguno.

 

El padre se presentó a declarar 6 veces frente al juzgado uruguayo, presentando toda clase de documentación. Sus abogados de Argentina y Uruguay le recomendaron no presentarse, pues tenían entendido que el fiscal tenía intenciones de encarcelarlo para indagar más a fondo, declarándolo sospechoso de culpa, ya que en Uruguay se asume la culpa antes de demostrarse la inocencia, y para la indagación hace falta que la persona esté detenida.

 

Por un breve tiempo la causa pasó a la Argentina, y se sabía que Uruguay iba a pedir la extradición del padre. El juzgado argentino declaró que no existían pruebas para ello, apelando el fiscal representante de Uruguay a la Corte Suprema, donde 4 jueces votaron a favor de la extradición (sin adentrarse en el tema de si era culpable o no) y 3 en contra o en blanco. Al padre Alejandro sus abogados le dijeron que no se hiciera problema, pues no sería extraditado, ya que tenía pendiente en la Argentina otra causa (juicio de la calle Carlos Calvo – propiedad de rentas), y era necesario primero terminar tal causa en el país, de acuerdo a la ley, antes de poder ser sujeto de una extradición.

 

Sin embargo al padre, lo vinieron a buscar y se lo llevaron a Uruguay. Sus abogados le decían que no se hiciera problemas, ya que regresaría en seguida, no habiendo una causa real. Sin embargo, al presentarse el padre Alejandro, se encontró con que se pusieron en su boca frases que nunca dijo, cambiando a la vez el sentido de otras.

 

EL juzgado no acepta la documentación presentada por el ente recaudador impositivo ruso, pues, pese a estar legalizada, exige que sea enviada en forma directa por el ministerio ruso, cosa que no podrá darse, pues el envío ya fue realizado, y a quien lo había solicitado. Tal documentación establece que la compañía rusa es una compañía establecida legítimamente, y que no se dedica a actividades ilegales.

 

Y allí, ahora, está el padre Alejandro, en una cárcel de máxima seguridad, en un clima peligroso y violento. En realidad debería estar en el Penal Central de Montevideo, que es donde se encuentran los acusados de delitos financieros, si bien el padre Alejandro aún no ha sido declarado culpable.

 

Recemos para que se de el primer paso para su libertad, o sea, que el Padre Alejandro sea trasladado nuevamente al Penal Central de Montevideo, donde estaría en condiciones menos peligrosas.

 

Padre Pablo Iwaszewicz

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