La verdad se defenderá sola

Para las leyes de la vida común no hacen falta los grandes sistemas. Ni traer a colación la ética como hacen los (¿neo?) realistas Una afirmación de Richard Rorty que nunca me había parecido tan actual dice: “Cuiden la libertad, la verdad se defenderá sola”. Justamente, en el gran discurso del realismo, viejo y nuevo, que se hace en estos últimos tiempos lo que hay probablemente es un exceso de “cuidado” de la verdad o, mejor dicho, de la “realidad” –una diferencia de expresión que quizá merezca más atención. Intente reemplazar, por ejemplo, “verdad” por “realidad” en la frase evangélica “la verdad os hará libres”. ¿Somos realmente tanto más libres siendo más “realistas”, o no será casualmente justo lo contrario, dado que con mucha frecuencia el realista es el que no se hace ilusión, acepta las cosas como son y deja quizá de luchar por el evidente equilibrio de fuerzas con respecto al mundo? Se recordará que Kant fundaba, postulaba incluso, la existencia de Dios sobre la base de la constatación de que en la realidad del mundo generalmente son los malos los que ganan y los buenos pierden; pero si fuese verdaderamente sólo así justamente nuestra vida real y nuestra moral dejarían de tener sentido, por lo tanto debemos postular que hay Alguien que, al final, hace coincidir virtud y felicidad.

Los neorrealistas que hoy se alborotan tanto no quieren, por cierto, reivindicar un mundo de guerra de todos contra todos; al contrario, se presentan como los auténticos defensores de la moral. ¿En verdad, la “realidad” necesita ser defendida? ¿De qué y de quién? Según dicen, de Nietzsche, aquel peligroso revolucionario, para el cual “no existen hechos sólo interpretaciones”. ¿Pero quién le teme a la interpretación? Y una vez más: intente sustituir la palabra verdad por la palabra realidad en muchas expresiones de las que no podemos prescindir. “A decir realidad…”. O: “En realidad os digo”. O también: “Estoy dispuesto a morir por la realidad…”. Si reflexionamos, toda la diferencia reside en el hecho de que la verdad siempre es dicha, mientras que la realidad está ahí delante y basta. Y aquí vuelven a escena Kant y la interpretación; para ser dicha, la verdad necesita de un sujeto que la diga. ¿Quién dice la verdad, empero, y quién describe “las cosas como son”, por ende la realidad como tal, cierto? Se sabe que un mapa totalmente idéntico al territorio no sirve para nada, coincidiría con el territorio mismo. Para ser útil, debe elegir una escala, un punto de vista, un tipo de cosas que muestra (por ejemplo, la altimetría o las diferencias climáticas). ¿No se podrá, en ese caso, hablar de interpretación? Está bien, es la respuesta, pero las cosas que muestra con preferencia a otras “están”, no se las inventa. De acuerdo, pero ¿que “estén” puede considerarse un “hecho” fuera de toda interpretación? Cierto, ¿pero quién podría decirlo, si no en nombre de otra interpretación? Que haya un mapa “no interpretativo” al cual hacer referencia ¿no será un “hecho” aceptado convencionalmente para no ir hasta el infinito? Para el metro, se toma como referencia el que se conserva en París, y para los husos horarios el meridiano de Greenwich, etc. ¿Es escandaloso y preocupante? ¿Realmente no deberíamos confiar en las medidas métricas ni en la longitud y la latitud sólo porque están fundadas en bases convencionales? Que estas convenciones funcionen, parece significar que están “fundadas en la realidad”. Y por ende, ¿que realmente que ahí afuera existe el meridiano cero? Nosotros decimos que esas medidas son fundadas sólo porque funcionan, igual que cualquier discípulo hermenéutico malo de Nietzsche tomará normalmente trenes, aviones y ascensores sin dudar de las ciencias y las tecnologías que los construyen. La pregunta es: ¿por qué insisten tanto en querer hacerme decir que si tomo aviones y trenes debo creer que la ciencia dice la verdad, es decir, que refleja la “realidad” tal como es?

Volvamos a la cuestión sobre quiénes y por qué le tienen miedo a la interpretación y sienten la necesidad de defender la verdad-realidad. Una sospecha no infundada es que Rorty tiene razón, y por ende que bajo la (no solicitada) defensa de la verdad-realidad hay un miedo a la libertad. Señora mía, la religión se acabó, diría a esta altura Arbasino. Si no podemos hacer referencia a un fundamento cierto e inquebrantable todo estaría permitido, como temía Dostoievsky en el caso de que Dios no existiera. Parecería que sin el fundamento de una verdad última “objetiva” (independientemente de lo que eso signifique), que todos deben o deberían admitir, no puede haber verdadera moral ni verdadera lucha contra la mentira de la propaganda o de la superstición. Y sin embargo, cualquier hermenéutico obstinado, así como toma trenes y aviones, también tiene medios suficientes para distinguir las mentiras de la verdad, sin tener necesidad de metros absolutos, o sea, sin tener necesidad de tocar siempre con la mano lo que se dice. Le bastan el metro de París, el meridiano de Greenwich, al menos hasta que alguno no pretenda hacerle pagar un impuesto inmobiliario sobre la base de otro criterio de medición. Cuando ocurre algo así, cuando somos tocados (no sólo en términos de dinero) por una medida errada es cuando buscamos la referencia a un criterio más cierto y fundamental. Incluso y sobre todo en el caso de las leyes del vivir común.

Pues bien, ¿necesitamos realmente referirnos al derecho natural, a la esencia del hombre, para no cruzar con el semáforo en rojo? Por supuesto que no. Nos planteamos el problema del fundamento cuando se trata de fecundación asistida, derechos sociales, en general, de ética. En estos terrenos, pretender regularnos sobre la base de una verdad-realidad no tiene sentido, o podría tener sólo el sentido de obligarnos a aceptar “con realismo” las cosas como están. La sospecha de que la agitación del (¿neo?) realismo que hay en el aire hoy es en el fondo una llamada al orden, una suerte de exhortación a los técnicos a salir de la confusión del debate democrático y sus lentitudes no es, además, tan peregrina. Alguien sugiere recuperar la vieja distinción de origen kantiano entre ciencias de la naturaleza, es decir “la ciencia”, y ciencias del espíritu (ética, política, religión, etc.) dejando a las primeras el dominio de la verdad “verdadera”, experimental y relegando a las segundas a la interpretación. Buena idea (viene bien Kant justamente) si no fuera porque hasta ahora nadie respondió todavía a la pregunta: ¿quién debería establecer la división de los dos campos?

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