La universidad como laboratorio

HONGOS

Qué significó estudiar en la Universidad pública durante el auge del neoliberalismo y la crisis de 2001? Para responder a este interrogante, punto de partida de su último libro El Estudiante universitario (Siglo XXI), Sandra Carli puso el foco en la experiencia concreta de los estudiantes que pasaron por las aulas universitarias a fines del siglo XX y principios del XXI. Aquí, la autora analiza las vivencias de los estudiantes ‘anónimos’: sus dinámicas de sociabilidad, sus acercamientos al saber y al conocimiento y la conformación de sus identidades sociales y políticas configurando un exhaustivo mapa de la universidad pública como observatorio y laboratorio del presente.

Usted afirma que el acceso y la permanencia en la Universidad pública, sobre todo a fines de los 90 y durante la crisis de 2001, no daba cuenta de una movilidad sino de una inversión dramática, ¿Cómo está esa situación hoy?
Bueno, si bien los índices pueden haber mejorado por la situación socio-económica y de las propias universidades, sigue siendo una cuestión problemática la deserción universitaria, o en términos más precisos, el desgranamiento. Es un tema que sigue estando en estudio y en la agenda de las políticas públicas universitarias porque es un fenómeno que se manifiesta tanto en las instituciones públicas como en las privadas y a nivel mundial.

No sólo analiza al militante sino al estudiante “anónimo”…
La idea fue un poco esa. En general los trabajos sobre estudiantes han estado centrados, sobre todo en la Argentina, en la historia del movimiento estudiantil. Es una línea de trabajo muy importante en América Latina y sigue teniendo mucha vigencia. Pero a mí me interesaba en particular intentar un acercamiento más global a la vida cotidiana estudiantil y ver esa heterogeneidad de itinerarios, experiencias, historias. Me resultaba atractivo indagar en la experiencia de ese estudiante anónimo que pasa muchos años por la universidad y que la vive y transita de distintas maneras.

Aun estos estudiantes anónimos decían en las entrevistas que la universidad les había abierto la cabeza. Con esa expresión hay un reconocimiento de que el paso por la universidad pública implica nuevos modos de pensar, nuevas formas de ver el mundo por el contacto con el conocimiento. Pero también implica para los estudiantes, que proceden en muchos casos de escuelas secundarias privadas, un aprendizaje de lo que significa participar y formarse en una institución educativa de carácter publico. La experiencia de compartir los estudios universitarios con jóvenes de distintos sectores sociales, que vivían en distintos barrios, que tenían historias familiares muy diferentes, en términos generales es muy valorada, no sólo como experiencia juvenil, sino como tránsito hacia la adultez.

Otro de los datos del estudio es que la crisis proletarizó o popularizó la universidad: en esos años coexistían chicos en situación de calle con vendedores ambulantes y desocupados…
Ese es un rasgo de las universidades públicas que son ámbitos de puertas abiertas, que en facultades de ciencias sociales y humanas como las que he indagado en particular, se combina con cierta resistencia a controles de seguridad externos, sin derecho de admisión como puede funcionar en ámbitos privados. Uno puede recordar en esos años la presencia de trabajadores desempleados o de movimientos piqueteros o de otros actores sociales, que encontraban en la universidad un lugar donde expresar sus demandas y buscar apoyo en los estudiantes.

En relación a la militancia política dentro de la universidad ,¿qué rescatan de los jóvenes reformistas del 18?
Creo que se rescata la defensa del co-gobierno estudiantil y de la autonomía universitaria aunque en torno a ello hay un debate en curso: si esta última debe ser pensada en los términos del pasado o si debe ser revisada en base a una mayor articulación con las políticas de Estado. Este debate, un poco clásico del siglo XX, es interesante hoy en un momento donde hay políticas científicas activas, de promoción de un desarrollo productivo y todo esto invariablemente revierte en una discusión sobre los significados y alcances de la autonomía.

Su caracterización de universidad plebeya diferencia a la Argentina de países como Chile donde los estudiantes tienen que endeudarse para poder estudiar…
Yo tomo la figura de lo plebeyo como otros autores. Es una expresión trabajada por los historiadores ingleses que permite mirar el alcance social de las universidades públicas argentinas por las políticas de ingreso irrestricto que se han instalado con el retorno a la democracia y también por las políticas de gratuidad. Esa apertura de la universidad le ha dado una impronta particular, con antecedentes en las medidas del peronismo de fines de los años 40 y principios de los 50 cuando se establece la supresión de los aranceles y de los exámenes de ingreso, y en las luchas estudiantiles en los años 60 y 70 contra las medidas de limitaciones de los gobiernos militares. Esto transforma a las universidades públicas en instituciones asentadas en un principio de igualdad de oportunidades que permite la presencia de jóvenes de distintos sectores sociales, de hijos de trabajadores, y un horizonte de inclusión interesante, no exento de problemas como la deserción o la formación desigual de los jóvenes que ingresan, cuestiones que deben atenderse si hablamos de una democratización real.

Me parece que los rasgos plebeyos de la universidad argentina se perciben en particular al compararla con experiencias universitarias de otros países, como el caso de Brasil donde los exámenes de ingreso seleccionan estrictamente a aquellos jóvenes que tienen mayores competencias adquiridas en el secundario, procedentes de medias y altas, o como en el caso de Chile donde el carácter arancelado de los estudios también opera seleccionando la población estudiantil y lo que es peor, endeudando a las familias.

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