La unión matrimonial

El matrimonio era “un contrato legal y social entre dos familias para la promoción del estatus de cada una, la producción de una descendencia legítima, y la preservación y transferencia apropiada de propiedades a la siguiente generación”[7]. No era una opción libre y madura de la pareja, particularmente por parte de la mujer. No existía una etapa previa que conocemos como enamoramiento. Ella se casaba porque era el deber de todo padre honorable procurarle un marido adecuado a su hija, y buscaba las ventajas familiares. El varón se casaba fundamentalmente para tener hijos –no tenerlos era una deshonra-.

Los novios generalmente provenían de familias que se conocían, y no pocas veces de alguna manera emparentadas, dentro del mismo núcleo familiar o clan[8], y de la misma región. Eso significa que, a diferencia de nuestra sociedad y costumbre de casarse sin relación alguna entre las familias, antaño ambos venían de mundos que ya compartían, de historias que les eran cercanas. Hoy vienen generalmente de mundos, familias, costumbres, idiosincrasias, posiciones o estatus, escuelas, ocupaciones, muy diferentes.

Puesto que el matrimonio era fundamentalmente un contrato social, la armonía de la pareja no estaba garantizada por motivos afectivos, sino por exigencias sociales –por los deberes que se impone cumplir-. Un componente fundamental era el honor. Esa unión, nos recuerdan Malina-Rohrbaugh, era entendida, dentro de su mentalidad determinista, como designio de Dios: “así como es Dios quien determina quiénes son los padres de uno, es Dios quien ‘une’ en matrimonio”[9], de allí la cláusula “lo que Dios unió” (Mc 10,9). La prioridad del honor sobre el amor se refleja en la ley en Dt 22,28s, que regía hasta tiempos de Jesús: “Cuando algún hombre halle a una joven virgen que no ha sido desposada, la toma y se acuesta con ella, y son descubiertos, el hombre que se acostó con ella dará al padre de la joven cincuenta piezas de plata; ella será su mujer, por cuanto la humilló, y no la podrá despedir en toda su vida”.

No había una ceremonia matrimonial como conocemos hoy, por un juramento público o un acta firmada. Tampoco existía tal cosa como un matrimonio religioso. Era un pacto de honor. El matrimonio se afirmaba en el momento –a menudo ceremonial (cf. parábola de las 10 vírgenes)- en el que el novio llevaba a la novia de la casa paterna para introducirla a su casa, y se sellaba en el lecho conyugal[10]. Llevarla a la casa equivalía a afirmar “se casó con…”. Por eso se dice que “son una sola carne”.

La relación de esposos en el mundo mediterráneo era según el modelo de la relación patrón-siervo. Ella está sujeta al hombre. El patronazgo asegura protección y proporciona honor al siervo/esposa; a cambio ella se somete, es dócil y obediente al patrón, y por cierto le es absolutamente fiel. Una falla en esto, es suficiente causa para el divorcio. Ello contrasta con el acento en la independencia, la autoestima y la libertad, en nuestro mundo. Aplaudimos a la persona “que se para en sus propios pies”, no se deja dominar ni es títere de otros.

Todo lo dicho debe alertarnos a las diferencias culturales, pero también a la presunción de que vocablos para designar a las personas y sus relaciones significaban lo mismo que hoy. Esposa, matrimonio, divorcio, son términos que no tenían antaño el mismo significado que tienen en el Occidente moderno.

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