La Tierra no está enojada

La Tierra no está enojada con Japón
Tomoko Aikawa
Para LA NACION
Lunes 14 de marzo de 2011 | Publicado en edición impresa

En la época de Edo, hace 200 años, cuando ocurría un terremoto en Japón se decía que el Namazu se estaba agitando y sacudiendo dentro de la Tierra. Hoy, en pleno siglo XXI, muchos oceanógrafos, sismólogos y biólogos tratan aún de investigar científicamente por qué ocurren estas catástrofes.

En Japón, los pueblos son ordenados y disciplinados. Todo está basado en el pensamiento sintoísta, la creencia más antigua del país, que hoy convive con el budismo. Se trata de un sistema de creencias que tiene su origen en el Sur y se extendió por todo el territorio antes del siglo VII, cuando comenzaron a ingresar desde China y otros países asiáticos las corrientes identificadas con Buda.

Según estudios de 2009, hay en Japón unos 107 millones de sintoístas, además de 98 millones de budistas, tres millones de cristianos y otros diez millones de otras creencias. Ese total supera la población de 130 millones de personas del país. Aunque parezca contradictorio, eso refleja la acentuada convivencia entre sintoístas y budistas. Los japoneses son japoneses y, a su vez, son budistas.

Muchos investigadores sostienen que el sintoísmo no es una religión en sentido estricto, ya que no hay doctrinas ni oraciones específicas.

El sintoísmo se expresa hoy en distintas ramas. Para muchos se centra en la adoración a la naturaleza, cuyos elementos se consideran divinidades. De carácter politeísta, se estima que hay unos ocho millones de dioses y los principales son las expresiones más antiguas, como las rocas, las montañas, los árboles milenarios. En esa concepción puede verse, tal vez, el origen de un espíritu tolerante hacia otras expresiones de fe.

Los japoneses aprendieron mucho de esos 20 segundos interminables que duró el terremoto de Kobe, el martes 17 de enero de 1995, en la parte sur de la Prefectura de Hyougo. El temblor tuvo una magnitud de 7,2 grados en la escala Richter y provocó 6434 muertos. A pesar del dolor por la nueva catástrofe que sufrió el país el viernes, casi nadie en Japón atribuyó el terremoto a un castigo de la naturaleza. La naturaleza no está enojada. Así lo reflejaron los testimonios transmitidos en TV y en las redes sociales, como Twitter.

Los japoneses jamás pensarían que esto se debe a la fuerza de la naturaleza, que habría querido provocar un daño a los seres humanos, como si fuera un castigo más propio del pensamiento cristiano. Siempre convivimos con la naturaleza.

En los tiempos antiguos, el espíritu del sintoísmo era la diversidad. El país debía unificarse y cada uno tenía una misión que cumplir en la sociedad. Se buscaba la armonía. Posteriormente, fruto de esa armonía, ese comportamiento se unificó, todos pasaron a comportarse de manera uniforme. La diversidad que derivaba en esa armonía pasó a ser un círculo, símbolo de la unificación. La consigna fue tratar de copiar lo mejor. Ser japonés es ser igual que los otros. No sobresalir.

Ese círculo, sin comienzo ni final, se puede traducir como solidaridad. Esa armonía en Japón se llama Wa. Es, en cierta forma, un punto de contacto con el cristianismo, en el que la premisa es ayudar al prójimo. Frente a la nueva tragedia, ahora todos tenemos que ser ruedas de la sociedad japonesa para mejorar y salir adelante.

La autora, oriunda de Hiroshima, es profesora de literatura y mitología japonesas.

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