La situación actual de la vida consagrada, ¿tiene comprometido su futuro?

Una situación de crisis generalizada
Nos encontramos en una encrucijada entre un pasado que se va agotando y un futuro incierto. Es obvia la situación de nuestra sociedad en todos los ámbitos y niveles: crisis de sociedad, crisis de familia, crisis de empresas… y crisis de Iglesia y de las instituciones religiosas.
Pero el final de un mundo no es el final del mundo, así como el final de un modelo de Iglesia o de institución religiosa no tiene por qué ser el final de la Iglesia o de la institución religiosa. Y Lluís Duch añade: “Parece evidente que somos los «últimos cristianos» de una época que se está despidiendo con más pena que gloria, y por lo mismo, nos encontramos en una curiosa y, al mismo tiempo, peligrosa situación de entremedio: por un lado, un pasado que nos parece más lejano cada día, y por otro, un futuro que no acaba de llegar y que resulta problemático y muy difícil de imaginar… Somos cristianos de la transición”1.
Aunque sea evidente la situación de crisis de nuestra sociedad, sin embargo, las crisis en sí consideradas no son nada negativo. Las crisis, según Erik Erikson, son “períodos cruciales de acrecentada vulnerabilidad y elevado potencial”. Representan ruptura del equilibrio y del orden habitual; período de transformación, clima de excitación y de tensión nerviosa y acaso revelan una situación de enfermedad en la estructura social.
Las crisis pueden ser positivas o negativas, según cómo nos situemos en y ante ellas. Pueden tener efectos de crecimiento y superación, o bien de entorpecimiento y de demolición.

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