La sinagoga y el culto

Para satisfacer las necesidades de la comunidad
La arquitectura sinagogal
La liturgia sinagogal

Para satisfacer las necesidades de la comunidad

La sinagoga ha sido, durante siglos, la asamblea de los creyentes, el hogar, punto de encuentro, centro de reunión y de oración, tanto como la patria del pueblo judío en el destierro.

El término griego «sinagoga» (compuesto de la partícula syn, con, y el verbo ago, actuar) traduce el concepto hebreo de beit ha knesset o «casa de la reunión» e incluye las acepciones de asamblea religiosa y edificio donde ésta se celebra. Las sinagogas, además de lugares de oración y culto, sirven también, según la tradición rabínica, «para satisfacer todas las necesidades de la comunidad».

Aunque no se conocen con exactitud sus orígenes históricos, es opinión unánime entre los estudiosos que pueden situarse, en términos generales, al menos como lugar de culto organizado, en la época del exilio de Babilonia, donde ejercieron el papel de templo sin el ritual de los sacrificios.

Hay testimonios escritos de la existencia de sinagogas ya desde la época de Esdras (siglo IV antes de nuestra era) y puede asumirse que se consolidaron como institución firme de uso consagrado bajo los gobernantes asmoneos (siglos II-I antes de nuestra era), con la decidida colaboración de los fariseos. En tiempos de Jesús existían sinagogas en numerosas poblaciones de Palestina, a las que acudían regularmente los fieles los sábados.

La arquitectura sinagogal

En el aspecto arquitectónico, es probable que en sus inicios las sinagogas apenas se diferenciaran de los edificios comunes. Con el paso del tiempo, fueron adquiriendo características que facilitaban el cumplimiento de sus objetivos como centros religiosos. En términos generales, el estilo arquitectónico de las sinagogas se adaptaba al predominante en sus respectivas regiones. La decoración podía consistir en relieves en piedra con motivos geométricos (pentagramas, hexagramas) y vegetales (granadas), aunque no faltan los motivos zoomorfos y antropoformos. Así lo testifica el descubrimiento de las espléndidas pinturas murales del siglo III a.C. en la sinagoga de Dura-Europos, en la orilla occidental del curso medio del Éufrates, con treinta frescos divididos en tres hileras sobre temas bíblicos. Las sinagogas de Toledo y Córdoba muestran la influencia del arte árabe español.

La disposición del espacio interior se subordina a su función de centro de oración y enseñanza. La construcción se orienta hacia Jerusalén, es decir, para las comunidades judías de Europa, hacia el este. En la pared oriental se abre un nicho en el que se instala el «arca» o armario donde se depositan los rollos de la Ley. Este espacio, llamado «santo», está separado por un velo del resto del edificio. En un lugar algo elevado, junto al «santo», se coloca el pupitre (bema) para el lector y un sitial honorífico («cátedra de Moisés») para el presidente de la asamblea. A lo largo de las paredes laterales se colocan bancos para los fieles. En los servicios sinagogales actuales ha desaparecido la asignación de dos espacios distintos para hombres y mujeres.

La liturgia sinagogal

La liturgia sinagogal se inicia con la recitación de la semá («escucha…») y de algunas oraciones, seguida de la lectura de algunos pasajes de la Ley y los Profetas. Este servicio de lectura tiene un cierto sello democrático. Puede ejercerlo cualquier persona capacitada para hacerlo según las reglas establecidas. Acabada la lectura, sigue su exposición, generalmente bajo la forma de exhortación piadosa. La asamblea finaliza con la fórmula de bendición: «Que Yahvé te bendiga y te guarde; que ilumine Yahvé su rostro sobre ti y te sea propicio; que Yahvé te muestre su rostro y te conceda la paz», tomada del capítulo sexto del Libro de los Números.

Como consecuencia de la destrucción del primer Templo de Jerusalén (587 a.C.), con la consiguiente desaparición de los sacrificios y de las funciones sacerdotales, la liturgia judía se concentró en la lectura e interpretación de los libros sagrados. De aquí se siguió, necesariamente, una revalorización de la Palabra, la doctrina y los «doctores», en detrimento del sacrificio y el sacerdocio. La situación se afianzó aún más durante los largos siglos de diáspora tras la destrucción del segundo Templo (70 d.C.). El culto se desarrolló en las sinagogas. Una de las preocupaciones básicas de las comunidades judías de la diáspora era construir en sus lugares de residencia una sinagoga donde poder congregarse para los servicios del culto. Puede afirmarse que sin sinagogas estas comunidades no hubieran podido conservar su identidad -religiosa y nacional- en el mar de los pueblos circundantes. De ellas puede decirse, en sentido estricto, que fueron, durante milenios, la patria de los judíos errantes. Contribuyó poderosamente a la eficacia de esta función de preservación de su conciencia de pueblo singular el hecho de que la administración de las sinagogas estuvo siempre, incluso bajo los gobernantes cristianos o musulmanes, en manos de las autoridades judías. Ser expulsado de la sinagoga equivalía en la práctica a un edicto de destierro del judaísmo.

Además de esta función de hogar cálido de la cultura y la espiritualidad judías, las sinagogas fueron el centro de irradiación del monoteísmo hacia el exterior mediante una labor de captación de prosélitos. La homilía que seguía a la lectura de los textos sagrados puso en manos de los apóstoles de Jesús una oportunidad y un instrumento de valor incalculable para difundir, a través de las sinagogas, el mensaje del cristianismo.

En la actualidad, las sinagogas están por lo general orientadas en dirección a Jerusalén. Al fondo del local se encuentra el tabernáculo, el arca santa que contiene los rollos de la Ley. Delante del tabernáculo pende una lamparilla constantemente encendida, en recuerdo de la luz perpetua que brillaba en el templo de Jerusalén. Un candelabro de lámparas en línea recuerda el candelabro de siete brazos que con frecuencia constituye el símbolo del judaísmo. El ministro oficiante se coloca frente a una mesa elevada sobre una plataforma que equivale al altar en otras confesiones religiosas. El culto es presidido por un rabino y cantado por un ministro oficiante. Un comité de notables de la comunidad se hace cargo de la administración de la sinagoga.

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