LA SALUD MENTAL

LA SALUD MENTAL EN TIEMPO
DE INVIERNO Y CENIZAS

Entrevista a Virginia Clark, médica especialista en Psiquiatría. Depresiones estacionales y manifestaciones psicológicas tras la caída de cenizas. Ser víctima o damnificado. Manejo de la información por parte de las autoridades.

¿Cómo incide habitualmente en el ánimo la estación invernal?

Lo que ocurre durante los inviernos en estas latitudes se corresponde con lo que se ve en el hemisferio Norte: las depresiones estacionales. En Argentina entre un 5 a un 10% de la población sufre de depresión estacional. Uno ve una mayor cantidad de gente que se deprime porque disminuye el tiempo de exposición lumínica, y esto determina en ciertas personas la aparición de síntomas de tipo depresivo.

¿La gente establece una relación entre el clima y su estado de ánimo?

Totalmente. El ánimo empieza a opacarse a medida que se van acortando los días y el ciclo de la luz solar. No es «estar adentro» lo que determina el cambio, porque en general la gente sale a trabajar de acuerdo a sus hábitos. Lo que se siente es un agobio progresivo ante la ausencia del sol, tal como se presenta el clima invernal en esta latitud. La neuroquímica se altera en función del acortamiento de los ciclos de luz. Es un fenómeno fisiológico. El tratamiento más antiguo para combatir la depresión estacional fue inventado por los nórdicos y consistía simplemente en la exposición solar. Ponían a los pacientes en camillas expuestos a la luz solar en los períodos de mayor longitud de rayos, entre las 11 de la mañana y las dos de la tarde. Se verificaba que la gente se recuperaba, mejorando su calidad de vida. Esta experiencia se extrapola y años después empiezan los tratamientos de luminoterapia con unas lámparas que proyectan un haz de luz muy potente, al que se exponen los pacientes en forma secuenciada.

¿Has visto depresión estacional en tu práctica profesional acá, en San Martín?

Mucho más que lo descripto por otros colegas en diferentes puntos del país. Acá uno advierte que en esta época, muchas personas tienen entonada la posibilidad de deprimirse. Acá nunca se ha implementado tratamiento con luminoterapia, pese a que tiene un bajísimo costo. Lo que queda es la psicoterapia y el tratamiento con químicos que apuntan a reconstruir la serotonina, que es el principal neurotransmisor involucrado. Pero lo que estoy viendo ahora es una mayor incidencia de estados de ansiedad, que en algunos casos llega al pánico, cuadros de angustia frente a la incertidumbre y también preocupaciones somáticas, trastornos del sueño. Mucha vulnerabilidad frente a la angustia o la soledad, necesidad de tramitar simbólicamente esta condición enunciada como desastre y vinculada a la erupción volcánica.

Este es, además un invierno raro. Las cenizas nos han afectado ambientalmente y además determinan incertidumbre en cuanto a lo económico. Hasta donde puedas saberlo, ¿cuánto de esto se está traduciendo en el estado de ánimo de la gente?

Esto ha generado lo que yo llamo «un cambio de coordenadas». No es fácil metabolizar este fenómeno porque es nuevo, no tenemos experiencia. Además somos en gran medida una población inmigrante cuyos lugares de origen están bien lejos de estas posibilidades naturales. Entonces hay que trazar estas nuevas coordenadas y hacerlo cuesta tiempo. Para nosotros, hablo de los que trabajamos en el área de salud mental, hubiese sido muy útil tener interlocutores chilenos o poder conocer la experiencia de Chubut tras el fenómeno del Chaitén. Gente que nos permitiera entender cómo ir manejando cada una de las fases que se van presentando. Este no es un fenómeno agudo, sino que ya se ha extendido por un mes y por eso también está generando fenómenos psicológicos de desgaste.

En el ámbito de la salud mental no existe una red que prevea qué hacer en caso de una catástrofe.

Mi área de trabajo es el ámbito privado y desde hace muchos años me he vinculado con gente de la UBA que tiene un diseño de trabajo para emergencias y catástrofes. El programa se llama IBIS y nuclea profesionales de la salud mental que pertenecen a tres países con gran experiencia en catástrofes ambientales, terroristas y sociales. Los países son Argentina, Canadá e Israel. Este grupo, conformado después del famoso corralito, tiene un programa ajustado a cada posibilidad del orden de lo catastrófico. Uno de los puntos más interesantes es ver cómo interviene un profesional en una situación que impide la neutralidad, el estar afuera de lo que acontece. Uno se encuentra inmerso en el mismo marco que engloba a otros.

¿En qué consiste el abordaje de una catástrofe?

Apunta a neutralizar los aspectos de traumatogenicidad. Hay gente que tiene más vulnerabilidad y menos capacidad de adaptarse a una situación excepcional. Es importante distinguir a una víctima de un damnificado. La víctima queda atrapada en una determinada situación, frizzada emocionalmente en el hecho, y necesita asistencia externa especializada para salir adelante. El damnificado ha sufrido un daño, total o parcial, pero no queda inerme. Los servicios de salud mental deben asistir a los afectados no como víctimas, sino como damnificados, y deberían implementar programas ya diseñados de prevención en salud mental tanto individual como colectiva. Este es un tema político que conllevaría grandes beneficios sociales y económicos.

Otros lugares, no el nuestro, están viendo negro el futuro a partir de lo ocurrido. Localidades como La Angostura y Traful, zonas rurales muy afectadas. ¿Qué se puede hacer, que no se esté haciendo?

Mientras hablo estoy mirando por la ventaba a alguien que barre cenizas en un plano real lo que hay que hacer. Limpiar, no dejarse ganar por la inclemencia. En un sentido metafórico, nuestra función es ayudar a que la gente exprese lo esto le genera, tratar de simbolizar, de producir algo con este evento. Hablar es una parte, pero además hay que compartir y solidarizarse. Hay que trazar propuestas y brindar auxilio a la gente que queda más expuesta. La que tiene incertidumbre sobre su trabajo o la que conforma grupos de mayor vulnerabilidad social, de más riesgo. La llegada de la nieve es siempre auspiciosa. Las cenizas irrumpen de otro modo, a la manera de una traba, acentuando el temor y la incertidumbre. Y no podemos hacer un gran festival de arena y cenizas. Hay que trabajar sobre la realidad, con información veraz y concreta. Cuando eso no está presente, estresa y desanima y potencialmente daña.

Hablemos de la realidad. ¿Te parece que la información es unificada?

Creo que el poder debe ser usado para ordenar un conocimiento que para todos es novedad. Una de las consignas más importantes de los trabajos que he leído, es que los encargados de brindar información respeten los lineamientos comunicacionales que han trazado. Respetar la palabra en cuanto a la frecuencia de partes hace a la presencia, la contención, el respeto. Se sabe que el volcán sigue en erupción y mientras esto ocurra, la información creo que tiene que ser habilitada desde el ámbito oficial programáticamente como se prometió. Es un trabajo a largo plazo. Ayudaría que el COEM estuviera mucho más presente a nivel comunicacional. De manera más clara, eficaz y contenedora. Y más acreditada. Me llama la atención que no se haya convocado a gente de afuera con experiencia.

Tal vez estén en La Angostura.

Estamos muy cerca. Especialistas de la UBA me dijeron que no habían sido convocados a venir, aunque sí estuvieron en La Angostura y podrían haberse acercado. Esto no es una emergencia, sino una catástrofe porque se trata de un evento que ha interferido en nuestra cotidianeidad de manera inesperada. Y que incide en la posibilidad de darle de comer al pueblo. Ahora estamos muy preocupados por el cerro, pero pensar hacia delante es tener previsto también qué pasara con el mercado estival, la afectación en la pesca, y para eso hay que estudiar, formarse. No llegar tarde con desmentidas y negaciones.

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